¿A quién beneficia el antifeminismo de la extrema derecha?
Pastori Filigrana
Abogada y defensora de Derechos Humanos
El feminismo se ha convertido en un paraguas aglutinador de malestares y dolores reales y diferentes; desde el miedo de una joven a andar sola por la noche, hasta la precariedad de una trabajadora doméstica sin papeles; desde el desamparo ante el maltrato de una pareja, hasta la impotencia de la discriminación laboral por ser mujer; todo encuentra amparo en la lucha feminista.
El movimiento feminista está teniendo la capacidad de organizar la rabia frente a desigualdades estructurales del sistema socioeconómico. El movimiento se ha masificado y radicalizado. No solo ha aumentado el número de personas que se declaran feministas y han tomado las calles y la visibilidad pública, sino que las reivindicaciones y las propuestas cada vez han ido más a la raíz. En 2019, el manifiesto 'Huelga del 8M', en el Estado español, incluía la regularización de personas migrantes y el cierre de los Centros de Internamiento para Extranjeros como parte de sus reivindicaciones.
El movimiento feminista asumía la crítica a la ordenación económica en base a la raza y el género, de manera que las mujeres y las personas no-blancas y no-occidentales han ocupado los lugares más bajos de la jerarquía humana. De nada sirve salvar a unas pocas mujeres occidentales y blancas si la explotación continúa en el resto de mujeres del mundo. Se radicalizó, fue a la raíz, e invocó a un “todas” más amplio.
El antifeminismo hay que leerlo en este contexto donde la popularidad del feminismo y su capacidad de impugnación general se han ampliado. La extrema derecha en el mundo occidental se coloca a la cabeza del discurso antifeminista, con diferentes argumentos dependiendo de los lugares y momentos, pero con una pretensión última de criminalizar el feminismo a ojos de la opinión pública.
El poder político y económico a lo largo de la historia siempre ha perseguido y criminalizado aquellos discursos o prácticas vitales y políticas que atentaban el status quo, el orden vigente que les otorgaba el poder. Los feminicidios al inicio de la edad moderna europea, la criminalización de la personas LGTBI, o la persecución histórica al pueblo gitano son ejemplos de cómo las formas de vidas que atentan contra pilares básicos de la ordenación económica, como son la familia y el trabajo asalariado, son perseguidas y aniquiladas.
El feminismo, como discurso y práctica política que atenta contra pilares básicos de la injusta ordenación social, corre la misma suerte de criminalización y persecución. Sin embargo, la masividad de sus apoyos y la legitimidad social alcanzada en la actualidad hace que el poder económico y político no pueda enfrentar abiertamente las propuestas feministas y se vea obligado a asumir parte de sus planteamientos.
El brazo “políticamente incorrecto” del status quo es la extrema derecha y esta es la que se permite situarse abiertamente en el antifeminismo. Así, la retórica de la “ideología de género”, la reivindicación de la violencia intra-familiar en lugar de la violencia machista, los ataques a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, o la apelación a la individualidad de cada mujer que no debe ser colectivizada bajo el feminismo, se convierte en el discurso antifeminista de la extrema derecha.
La extrema derecha le hace el trabajo sucio al status quo y aquello que no se puede decir desde otras posiciones lo asumen ellos. Lo que mantengo es que el orden económico neoliberal tiene una gran connivencia con el discurso antifeminista que enarbola la extrema derecha, aunque no se diga. Y esto debe tenerse en cuenta a la hora de plantar cara a estos ataques antifeministas para no equivocarnos en las alianzas.
Desde posiciones neoliberales difícilmente se va articular una auténtica defensa del feminismo. Pues el feminismo es un cuestionamiento integral del orden económico neoliberal, que abarata las vidas de las mujeres, colocándolas en un nivel de sub-humanidad frente a los hombres a escala global. Pondré dos ejemplos de esta connivencia:
El paquete de medidas que el neoliberalismo trae bajo el brazo para afrontar la crisis económica actual son los recortes en servicios públicos, como sanidad, educación o pensiones. Como ya aprendimos en crisis anteriores estos recortes sociales afectan principalmente a las mujeres. Cuando se cierran comedores escolares, guarderías públicas o se recortan en leyes de dependencias, son mayoritariamente las mujeres las que suplen estos trabajos en el ámbito doméstico, sobre todo en aquellos hogares donde no pueden comprarse en el mercado. Cuando una mujer se queda en casa cuidando o cocinando almuerzos, su trabajo en el mercado se abarata y se ve abocada a la precariedad, la parcialidad y la temporalidad laboral. Los discursos de la extrema derecha que apelan a la familia y a la feminidad están buscando ganar el sentido común a su favor y convencer de que el hogar y la familia es un lugar natural para las mujeres. Estos discursos abonan el camino a las medidas neoliberales, que en un contexto de crisis recortan en servicios públicos y mandan a casa a las mujeres.
Otro ejemplo a nivel internacional son los discursos de la extrema derecha contra los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. El “no al aborto y sí a la vida”. El orden económico mundial carga sobre los cuerpos de las mujeres, que habitan el Sur Global (territorios no occidentales), los trabajos de mayor explotación, principalmente los trabajos de producción industrial como la textil, pero también la agricultura o la minería.
Una forma de abaratar aún más las vidas y el trabajo de estas mujeres, que ocupan la base de la economía-mundo, es privándolas de derechos reproductivos plenos. Una mujer que no tiene el control de su cuerpo y su natalidad es una mujer que trabajará más por menos, pues su situación vital será más precaria. Las dificultades que tienen las mujeres en los países del Sur Global para ejercer plenamente sus derechos sexuales y reproductivos tiene una relación directa con el destino económico y laboral que le impone las reglas del juego neoliberal.
Ante este panorama global, el movimiento feminista internacional se erige como un importante contrapoder, no solo frente a la extrema derecha, sino frente a un orden económico injusto que sigue poniendo los beneficios del capital por encima de la vida digna de todas y todos. La capacidad impugnatoria del feminismo seguirá en pie mientras el movimiento siga siendo un gran aglutinador de malestares diversos y organice la rabia y el dolor en respuestas políticas en muchos frentes; mientras ponga en el centro de su lucha acabar con el desigual reparto de las riquezas y el trabajo que realiza la economía-mundo a partir de los cuerpos y territorios que habitamos.
Frente al neoliberalismo y la extrema derecha se levanta un movimiento feminista de clase y antirracista.