Antifeminismo y extrema derecha: similitudes y diferencias entre Francia y España
Guillermo Fernández Vázquez
Breve entrevista a Guillermo Fernández-Vázquez, investigador de la Universidad Complutense y autor del libro, '¿Qué hacer con la extrema derecha en Europa? El caso del Frente Nacional', editorial Lengua de Trapo.
1. De acuerdo con las últimas encuestas Marine Le Pen acorta las distancias con Macron para las presidenciales de 2022, ¿cómo explicas el éxito del liderazgo de Marine Le Pen, una década después de haber tomado el mando de su partido?
Es un fenómeno realmente sorprendente porque hasta hace apenas unos meses la figura pública de Marine Le Pen estaba en franca decadencia y se rumoreaba que podía ser reemplazada por su sobrina, Marion Maréchal. Hay que tener en cuenta que en los meses posteriores a las elecciones presidenciales de 2017 y durante los años 2018 y 2019, el liderazgo de Marine Le Pen se vio cuestionado por una cierta desorientación estratégica, por la falta de visibilidad de su labor de oposición en la Asamblea Nacional francesa y por la tremenda decepción que supuso su debate con Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales. Nadie daba un duro por ella y el congreso de marzo de 2018, donde el Frente Nacional se cambia el nombre por Reagrupamiento Nacional, se desarrolló en un ambiente muy tenso y me atrevería a decir que triste.
Sin embargo, paradójicamente, en la actualidad Marine Le Pen sobresale por encima del resto, no tanto porque haya convencido a muchos nuevos votantes, sino sobre todo por el fuerte deterioro que sufren sus rivales, y especialmente Emmanuel Macron. Es decir, no es tanto que Marine Le Pen convenza ahora mucho más que antes ni a mucha más gente que antes, sino que el resto de candidatos convencen mucho menos. Hay un hastío generalizado y, en ese ambiente de cinismo general, Marine Le Pen y el Rassemblement National sobreviven con el 25% de intención de voto. Esto es algo que me parece relevante: en una situación de “cansancio pandémico” y de disgusto general con la política, sólo la extrema derecha mantiene sus apoyos. En el naufragio general, sólo la extrema derecha se conserva a flote. Y se salva porque, sin ganar ni un voto más, mantiene los que tenía.
2. ¿Cuáles son las similitudes y las diferencias entre el Frente Nacional y Vox? ¿Hay similitudes entre el discurso de Ayuso y de Le Pen?
El partido de Marine Le Pen y Vox se asemejan mucho más de lo que se diferencian. Esto no es algo sorprendente, porque los dos partidos pertenecen a la misma familia política: la derecha radical europea. Se parecen tanto como se puedan parecer, por ejemplo, el Podemos actual y La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon. O la derecha francesa de Les Républicains y el Partido Popular español. Pero justamente también por eso se pueden encontrar diferencias notables entre unos y otros. En particular, en el caso de la relación entre la derecha radical francesa y la derecha radical española, yo encuentro que el Reagrupamiento Nacional despliega una retórica llamativamente distinta a la de Vox en lo concerniente sobre todo a feminismo y ecología. Y, en menor medida, también en lo que se refiere a la defensa del Estado del Bienestar; porque desde 2017 Marine Le Pen ha ido mitigando los aspectos más sociales de su programa y adaptándose a una ortodoxia de cuño más liberal. En eso cada vez se parece más a Vox.
Sin embargo, a diferencia de Vox, Marine Le Pen no considera al feminismo como su enemigo, sino que, al contrario, enarbola la bandera del feminismo para arrojarla contra los musulmanes de Francia. Ella se esfuerza por resignificar el feminismo desde una perspectiva identitaria. Y le va bastante bien. En cambio su sobrina, Marion Maréchal Le Pen, sitúa al feminismo inequívocamente como su enemigo. Como una especie de invento que la izquierda se saca de la chistera en forma de “guerra de sexos” cuando ya no puede recurrir a la “guerra de clases”. En esa disyuntiva entre Marine Le Pen y Marion Maréchal Le Pen, entre tía y sobrina, Vox se queda con la sobrina. De hecho, Vox considera a Marion Maréchal como un referente intelectual.
El otro ámbito en el que se perciben diferencias notables es el de la ecología. El RN lleva un tiempo acercándose a esta temática desde una especie de “ecologismo nacional” que apuesta por la producción local, la reducción de emisiones fomentando los trayectos cortos, la prohibición de ciertos pesticidas y la defensa del “patrimonio natural francés” con el telón de fondo del calentamiento global, mientras que Vox unos días cuestiona la realidad del cambio climático y otros días propone aumentar las hectáreas de regadío para enfrentarse a él. Es decir, la derecha radical francesa se toma en serio el problema y le da una respuesta en clave soberanista e identitaria, al tiempo que Vox hace unas veces de troll y otras veces de correa de transmisión de los intereses de la industria agrícola del sureste español.
Sobre las afinidades de Marine Le Pen y Ayuso, yo diría que tienen más que ver con el hecho de estar sobreviviendo políticamente a la pandemia –incluso saliendo reforzadas de la crisis-, y también con el hecho de haber sostenido en los últimos meses la bandera de la libertad. Obviamente podríamos encontrar otras semejanzas. Pero no creo que estén exactamente en la misma onda. O sea, no diría que Ayuso es lepenista ni que Le Pen sea ayusista. Son sensibilidades distintas dentro de la derecha que en algunos puntos se cruzan.
3. María Eugenia Rodríguez Palop, que abre el debate en Espacio público sobre "Antifeminismo y extrema derecha" afirma que el movimiento feminista y específicamente el feminismo relacional es el antídoto de la extrema derecha. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?
Antídoto quizás sea una palabra demasiado fuerte, pero lo cierto es que –con excepción del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen-, la derecha radical europea es capaz de asumir y reformular una variedad de temas típicos de la izquierda (la defensa de la libertad, la igualdad, la democracia, el ecologismo o el Estado del Bienestar), salvo el feminismo. Prácticamente nunca se atreve con el feminismo. O sea, puede tratar de apropiarse de algunos de los marcadores ideológicos de la izquierda, salvo el feminismo. Ya digo, a excepción de Marine Le Pen (y con matices) es como si el feminismo le diera urticaria.
Por otra parte, la mayor parte de los partidos de la derecha radical europea (y no sólo europea) están haciendo de la oposición frontal al feminismo uno de sus principales “ganchos” para convencer al electorado, y muy especialmente a los varones jóvenes. De hecho, el antifeminismo es en estos momentos uno de los instrumentos de persuasión más utilizados por partidos como Vox, Fratelli Di Italia, Fidesz o el polaco Ley y Justicia. Y en ese sentido me parece que hay que estar especialmente atentos al fenómeno de Vox entre los jóvenes, y sobre todo entre los jóvenes chicos. Y no tomarlo tampoco como algo “normal”, como la típica reacción cuando se da un avance. Me parece que hay algo más ahí. Supongo que cuanto menos identitario y más transversal sea el feminismo, y cuanto más capaz sea de interpelar también a los hombres ofreciendo un proyecto de liberación común, menos capacidad tendrá la extrema derecha de convencer a muchos varones. No sólo a los que lo dicen en alto e insultan, sino también a los que lo piensan en bajo.
4. ¿Cómo podemos disputar el concepto de familia con la ultraderecha? ¿Hay que disputar también los conceptos de seguridad y orden?
Parece que el tema ha salido a la luz estos días con las palabras de Ana Iris Simón en la Moncloa y con su libro Feria. Sobre el tema de la familia es muy curioso, porque realmente en la izquierda tenemos un corte entre discurso y vida, entre palabra y acción. La mayor parte de las personas de izquierdas que conozco (y más aún en el ámbito de los docentes universitarios) tienen vidas familiares perfectamente convencionales y, en cambio, un discurso sobre la familia relativamente escéptico, distante o timorato. Y, al revés, la mayor parte de la gente de derechas que conozco, del estrato social que sean, tienen vidas familiares bastante más anómalas y, al mismo tiempo, un discurso muy encendido en defensa de la familia tradicional. Es un poco esquizofrénico en los dos casos. Quienes más familia tienen más la repudian y quienes menos familia tienen más la sacralizan.
Así que yo creo que simplemente sería cuestión de reconciliarse algo más con la realidad. No tener ningún miedo a defender las familias, incorporando toda la diversidad de modelos que se han generalizado en los últimos años. Si a menudo vivimos en familias o constituimos familias: ¿por qué tener problemas con ellas? Con toda la heterogeneidad que tienen ahora mismo. Con toda la evolución que han tenido en gran medida como efecto de algunas victorias de la izquierda. Y eso está bien.
Respecto de la seguridad o el orden, yo creo que hay que partir de lo siguiente. La derecha radical o extrema derecha está siendo exitosa en parte por haber sabido resignificar y reformular temas y tópicos de la izquierda. Incluso también figuras históricas de la izquierda. Pues bien, pienso que la izquierda puede hacer lo mismo. En ese sentido, lo mismo que la extrema derecha acapara y resignifica el vocablo “libertad”, la izquierda también puede disputar la palabra “orden” o la palabra “seguridad”. Pero no en el sentido de “ley y orden”, policías en las calles, porras y punitivismo judicial, sino en el sentido “estabilidad”, “previsibilidad” y “justicia”.
La izquierda puede reivindicar la seguridad entendida como estabilidad en las vidas. Como estabilidad laboral, por ejemplo. Pero también como seguridad o estabilidad jurídica frente a algunas tropelías de los poderosos. La clave aquí está en resignificar. Que nunca es hacer lo que te da la gana con las palabras. Sino que es partir de que las palabras abstractas tienen diversas capas de significación, y poner el foco en la que más te interesa. Es decir, se trata de que sobresalga una veta de significación y no otra. Es provocar ese tipo de cambios. Y es algo que la derecha radical o extrema derecha ha comprendido muy bien.
5. ¿Qué previsiones haces del futuro de la extrema derecha en Europa? ¿Será la izquierda capaz de frenarles?
Mi impresión es que cada vez más en la actualidad y sobre todo en los próximos años, el tema por excelencia va a ser el de la identidad. La identidad o las identidades. Y entre ellas también la identidad nacional. Por eso en el mundo de la derecha cada vez tienen más presencia y más poder los discursos identitarios. Y por eso también en la izquierda hay un cierto identitarismo. Porque en este mundo cada vez más inestable y más deshilachado, la identidad es valor en alza.
En estas circunstancias, para mí la clave no es tanto que la identidad o las identidades sean o no un buen tema de debate (algo bueno o malo en sí mismo), sino cómo lo abordamos: desde lógicas más aperturistas o desde lógicas más cerradas. El punto en los últimos años y también en la actualidad está en el cómo. En el cómo construimos identidades abarcadoras capaces de unir y al mismo tiempo de proponer horizontes democráticos y progresistas. Tareas, proyectos colectivos y sentimientos de pertenencia. Anclas democráticas que no desdeñan el tema de la identidad o las identidades, pero que la elaboran a su modo. Por eso es un error dejarle a la derecha convencional y a la derecha radical el monopolio de la preocupación por la identidad para que así ellas puedan proponer una especie de revival imperial o de épica nacionalista. Porque el tema del presente a escala individual es cada vez más la respuesta a la pregunta “¿quién soy?” y a escala colectiva “¿quiénes somos?”. Y quien logre responder a esta pregunta de la manera más convincente, tendrá buena parte de la batalla política ganada. Porque no me cabe ninguna duda de que este es el reto de la década que acabamos de iniciar.