Antifeminismo y extrema derecha: el caso de Brasil
Irene Bassanezi Tosi
Doctoranda en Estudios Avanzados en Derechos Humanos en UC3M
“Buey, Bala y Biblia, o sea, agronegocio, militarismo y Pentecostales, han sido la base del bolsonarismo”, como afirma María Eugenia en la ponencia inicial de este debate, Bolsonaro ha ganado las elecciones gracias al apoyo de estos tres bloques socio-políticos, que se encuentran reflejados en el congreso de los diputados.
Primero, los intereses del agronegocio están causando la devastación de nuestros bosques, nuestra flora y fauna, dando el pase libre al ecocidio ambiental promovido por el neoliberalismo más agresivo. Frente a esta devastación ambiental, son las lideresas y los líderes de derechos humanos, de las poblaciones locales y/o indígenas que ponen sus cuerpos para defender sus territorios, son ellas y ellos los guardianes de la tierra que ponen en riesgo sus vidas, y que, en demasiadas ocasiones, tienen sus vidas arrebatadas.
De hecho, de acuerdo con la Comissão Pastoral da Terra (CPT) y el informe Conflitos no campo 2020, se calcula un aumento de los conflictos en el campo, más de 914 mil personas fueron afectadas por conflictos en un área superior a 77 millones de hectáreas. En 2018 fueron 2.74 conflictos diarios, en 2019, 3.45 y en 2020, 4.31, lo que demuestra de forma clara un aumento de estos conflictos desde que empezó el gobierno Bolsonaro.
La mayor parte de los conflictos ocurrieron por la tierra, 1.576, 25% más que el año anterior. De estos 41.6% fueran casos que afectaron a la población indígena. Los responsables de los conflictos fueron los terratenientes 34.87%, seguidos por los empresarios nacionales e internacionales 21.52% y el Poder Público 13.75% del total. El 96 de las ocurrencias se refieren al trabajo esclavo y 350 se refieren al conflicto por el agua.
Bolsonaro también cuenta con el apoyo de los militares. Un país como Brasil, marcado por la dictadura militar, hizo su transición a la democracia a través de una amnistía y, por lo tanto, no tuvo un proceso de justicia transicional exhaustivo. En otras palabras, tenemos todavía varios vacíos relacionados con la justicia, memoria y reparación que resalen al periodo de la dictadura. Cuando las estructuras de la dictadura no son cortadas desde su raíz, se siguen arrastrando las dinámicas destorcidas de la dictadura, las venas de Brasil siguen bastante abiertas.
De hecho, es un gobierno con una representación militar altísima. No era suficiente que el presidente Bolsonaro y el vicepresidente de la República, Hamilton Mourão fueran militares, se calcula que el gobierno brasileño cuenta con 6 mil militares en diversas áreas, entre ellos cargos de suma importancia, los ministerios y jefes de empresas estatales.
Por último, el tercer gran bloque de apoyo al gobierno, la influencia de las Iglesias evangélicas, ya bien descrito por María Eugenia, como es el caso de la Igreja Universal do Reino de Deus: “Una Iglesia-Empresa que dispone de 70 emisoras de TV, 50 radios, un banco, varios diarios y 3500 templos en zonas ricas de Brasil, y cuyo fundador, el obispo Macedo, llegó a denostar a la Universidad por ofrecer una educación idéntica para la mujer y el varón”.
Las iglesias evangélicas utilizan su poder mediático y económico para alcanzar todos los rincones de Brasil, especialmente en aquellos lugares en que el Estado ha abandonado la población a su propia suerte. De este modo, la población más empobrecida apoya a la iglesia evangélica por su labor social, creando una red social y laboral a las personas que lo necesitan. Este trabajo caritativo es muy atractivo en un país en que la desigualdad está aumentando de forma acelerada en los últimos años.
De acuerdo con los últimos datos: “125 millones de personas –de una población de 211 millones– están sufriendo inseguridad alimentaria”; se calcula que están pasando hambre 20 millones de personas. De hecho, Brasil vuelve a aparecer en el informe del Mapa del Hambre de Naciones Unidas, después de haber conseguido no estar en ello, en 2014. Además, de las más de 500.000 personas muertas por el negacionismo del gobierno de la pandemia y la abstención de una política fuerte y homogénea que pueda enfrentar el virus.
Ante este escenario, las mujeres, la población negra y la comunidad LGBTI+ y la izquierda son los principales blancos del gobierno. La defensa de la familia tradicional, ya bien descrita y mencionada en este debate, la falta de memoria de los horrores que ocurrieron en la dictadura, la propaganda de las fake news, especialmente mediante su difusión por whatsapp y otros medios digitales y la demonización de la izquierda son algunas de las estrategias políticas del gobierno, que crea así enemigos internos y fomenta la violencia policial y militar hacia todas aquellas personas que no encajan en el perfil tradicional que defiende el gobierno.
En lo que se refiere al antifeminismo, ya en 2018, tuvo lugar el I Congreso Antifeminista de Brasil, las ponentes eran mujeres, aunque hayan participado mayoritariamente hombres. El discurso del congreso puso énfasis en la incompatibilidad del feminismo con el cristianismo, el vínculo del feminismo con el comunismo y la caricaturización de las mujeres feministas como sucias y feas.
Bruna Soares de Aguiar y Matheus Ribeiro Pereira analizaron lo que llaman el blacklash en los discursos de Bolsonaro, es decir, se revierten los problemas y las causas, en lugar de vincular los problemas sociales al patriarcado, se atribuyen los problemas que hayan presenciado las mujeres al feminismo, se crean narrativas para generar inseguridad en la búsqueda de la independencia de las mujeres, se atribuyen una serie de características negativas a las mujeres feministas, y se disminuye la importancia del movimiento feminista, como si fuera un movimiento reciente, sin memoria, es decir, rechazan la lucha y las conquistas de las mujeres adquiridas hasta el momento.
En 2022 tendremos elecciones en Brasil y la izquierda tiene todavía tiempo para articular fuerzas, contar con los movimientos sociales, hacer una gran coalición que pueda hacer frente a Bolsonaro. Como bien describe Steven Forti en este debate: “la izquierda debería ser la unificación de las diferentes luchas existentes –contra las desigualdades, en defensa de la clase trabajadora, por una verdadera igualdad de género, por ampliar los derechos civiles, etc.– más la ilusión”.
Confío que seremos capaz de articular una agenda con políticas de izquierdas, que puedan hacer frente a la ultraderecha de Bolsonaro. El pasado sábado 19 de junio, se realizaron manifestaciones en 427 ciudades brasileñas y otros 17 países. Estamos en el buen camino.