EL VERBO SE HACE CARNE
Jesús Pichel Martín
Profesor de Filosofía
Al menos desde las obras de Nietzsche, sabemos que el lenguaje no es neutral: esconde valores y prejuicios, ideología y estrategias de dominación, sentimientos y resentimientos. Cuando un lenguaje logra imponerse, configura la realidad de una determinada forma, de manera que bien puede decirse que el verbo -la palabra- se hace carne.
Y el neoliberalismo ha ganado sin duda la partida del lenguaje construyendo términos y expresiones que han saltado de los manuales de economía a los medios y de los medios a la calle hasta ser interiorizados por todos, como si fueran mantras.
La lista es interminable. Se habla con naturalidad de mercado laboral, como si el trabajo y el trabajador fueran de suyo mercancías; se utilizan sin rubor capital humano y recursos humanos, como si los trabajadores fueran objetos de uso; se pide competitividad, confundiendo la competición con la pericia; y se llama emprendedores a los que fundan negocios, sea una corporación multimillonaria, la tienda de la esquina o el repartidor autónomo. Todas estas expresiones, y tantas más, son ya de uso cotidiano para cualquier hablante.
La desregulación de los mercados -otros dos mantras- y la falta de controles en el sistema financiero nos llevaron a la gravísima crisis de 2008, que hoy vivimos como crisis general. Tan grave fue su impacto, que en septiembre de ese mismo año el entonces Presidente francés Nicolas Sarkozy propuso convocar a los líderes mundiales antes de final de año para refundar el capitalismo, y el Primer Ministro laborista Gordon Brown instaba a esos mismos líderes a celebrar un nuevo Bretton Woods para acordar un nuevo sistema financiero. En España, un Rajoy aún en la oposición proponía su receta para salir de la crisis: austeridad en las cuentas públicas, seria, con disciplina y con rigor.
Las cumbres de Washington en noviembre de 2008 y la de Londres en abril de 2009 fueron los resultados de esas y otras propuestas similares. En ambas se reunieron los líderes de los países del G-8 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia), más los once países (Arabia, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea, India, Indonesia, México, Sudáfrica y Turquía) que completan el G-20, y la Unión europea (como unión de los 27 países que entonces la formaban), más España y Holanda como países invitados. En total, 42 países en representación de más de la mitad de la población mundial y de todos los continentes (aunque no todos con la misma presencia).
Pero ni se refundó el capitalismo, ni se diseñó un nuevo sistema financiero internacional. Y a la vista de lo que ha pasado desde entonces hasta hoy, la resolución final Londres no tiene desperdicio: Creemos que el único cimiento sólido para una globalización sostenible y una prosperidad creciente para todos es una economía mundial abierta basada en los principios de mercado, en una regulación eficaz y en instituciones globales fuertes. […] hoy nos hemos comprometido a hacer lo que sea necesario para: