El fin de la austeridad o de la Unión Europea
Iván H. Ayala
Investigador asociado al ICEI y miembro de econoNuestra
La presente crisis ha tenido consecuencias económicas y sociales sin precedentes en Europa, con casos dramáticos como el de Grecia donde incluso el impacto ha sido peor que el de la Gran Depresión de 1929. En particular los efectos han sido en cada uno de los países netamente diferentes, con unas consecuencias sociales claramente diferenciadas entre el centro y las periferias.
Por poner un ejemplo, el incremento del desempleo ha sido mucho más acusado en estas últimas regiones que en los países centrales –o que en la Eurozona-. La política económica de gestión de la crisis en la Eurozona ha sido la implícita en la 'austeridad expansiva', una teoría que se incorpora como oficial a la Eurozona en el ECOFIN de Madrid de 2010, en el “momento Alesina” que describe Joaquín Estefanía en la ponencia inicial de este debate.
Sin embargo la aplicación de los recortes brutales derivados de la austeridad no producen las mismas consecuencias en el sur de Europa que en el norte, básicamente porque ambos países parten de niveles diferentes para recortar. Mientras que en España el Estado del Bienestar empieza a crearse a mediados de los años 80, en Alemania éste empezó después de la segunda guerra mundial. España llega tarde debido al franquismo, y cuando la democracia empieza a crear las instituciones del Estado de Bienestar (sanidad, educación, pensiones, etc.), los vientos que recorren Europa señalan exactamente en la dirección opuesta, con Tatcher en Reino Unido y en Reagan en EEUU y su revolución conservadora. Por eso España tiene un tamaño del sector público menor que el de sus socios europeos de forma estructural, y por eso la destrucción de estas instituciones tiene un mayor efecto sobre las condiciones de vida de los ciudadanos. El crecimiento de las desigualdades de manera tan brusca en España, incluso el crecimiento tan acelerado del desempleo, tiene como importante factor explicativo ese menor desarrollo del complejo institucional que ha diferenciado a la UE desde su nacimiento, el estado de bienestar.
Esto ha tenido como consecuencia una diferente cristalización social de la crisis, y por ende diferentes respuestas políticas. En España el 15-M ha sido un catalizador de una movilización ciudadana que posteriormente ha generado el espacio para opciones políticas como Podemos, al igual que en Portugal o Grecia –los países más duramente afectados por la crisis-. Las dinámicas políticas en el centro de Europa sin embargo han girado en torno a puntos de referencia diferentes y en muchos de los casos, se han plasmado en opciones de gobierno alternativas cercanas a la extrema derecha (Francia, Austria, Dinamarca, Hungría, etc). Lo más importante para el proceso de integración europeo es que las respuestas políticas de la periferia están siendo articuladas claramente en clave europeísta –a pesar de haber sido las regiones que más han sufrido el euro- y las alternativas políticas de la extrema derecha europea se articulan fuera de la UE. Dicho de otro modo, los partidos progresistas que son alternativa de gobierno en la periferia del sur quieren reformar la UE. Los partidos de extrema derecha que son alternativa de gobierno en el centro, quieren liquidar la UE.
Estas son -grosso modo- las diferentes dinámicas políticas que se están dando a nivel europeo, y que además tienen mucho que ver con la política económica que domina la Eurozona a través de la Unión Monetaria. La política económica de la austeridad expansiva ha provocado que, en un momento de recesión económica se aplicaran políticas procíclicas profundizando el bucle recesivo, y generando el incremento del desempleo y destrucción productiva principalmente en los países periféricos. La teoría de la austeridad expansiva descansa tácitamente en el supuesto de que la democracia es demasiado cara, y tiene un sesgo deficitario e inflacionario. La democracia tiene costes, y los gobiernos que generan déficit público son un problema, por lo que es necesario eliminar esta discrecionalidad, reduciendo el tamaño y la capacidad del sector público.
Da lo mismo si esta teoría está plagada de supuestos irreales -como unos consumidores perfectamente racionales o un mercado perfectamente flexible-, si los resultados empíricos no soportan sus recomendaciones de política económica, si los recortes durante la recesión causan destrucción productiva, o si el impacto sobre las condiciones de vida de los ciudadanos donde se aplica se deterioran a niveles sin precedentes. Estos datos no son importantes porque la austeridad expansiva es más, mucho más, que los simples recortes. La austeridad es un proyecto político que tiene como objetivo una transformación económica basada en la liquidación del sector público, con las herramientas de política económica de los recortes presupuestarios. Y además, son los periodos recesivos el lugar natural de acción de este proyecto político, pues es en estos momentos donde las resistencias sociales se encuentran más desarmadas, y donde las líneas rojas desaparecen.
Sin embargo, a pesar de que la periferia es el lugar donde peores consecuencias sociales ha tenido esta política, el embiste de la austeridad ha sido tan fuerte y tan generalizado –actualmente la Eurozona sigue en peligro deflacionario- que también ha afectado a países como Italia o Francia, que actualmente se encuentran basculando hacia posiciones críticas con las políticas de Bruselas. El consenso se está generalizando en torno a un fracaso absoluto de las políticas de austeridad y una necesidad de relajar la restricción fiscal que impone el marco de la UME en su configuración actual. El BCE ha modificado de facto su política para sostener al euro, pero en la medida en que no se modifique la política fiscal de la Eurozona, la política expansiva del BCE seguirá sin fluir a la economía real. Esa alternativa es la que se está proponiendo desde países como España, Italia, Portugal, Francia o Grecia. Incluso en España el discurso político ha ido desde un rechazo absoluto a la propuesta de renegociar una reducción más paulatina del déficit público, hacia la situación actual con un consenso en las fuerzas políticas en torno a esta necesidad.
Parece claro después del análisis anterior que si la UE y la Eurozona quieren sobrevivir la alternativa de cambio pasa por las propuestas de reforma progresista que retomen el espíritu de 1945-1973, de ese periodo reconocido como “la edad de oro del capitalismo”, y precisamente donde se crea el distintivo social de la UE, con el triunfo de la socialdemocracia. En ese momento la necesidad de reconstruir Europa de la guerra –ahora de la crisis-, más la quita a la deuda alemana de 1953 –que ahora habría que aplicar a la periferia- y un plan Marshall provisto por EEUU –que ahora debería ser provisto por la UE- produjo un círculo virtuoso que duró décadas. Los procesos en la UE son lentos, pero los sinos van en ese sentido. Son más altos los costes de disolución que de transformación y por tanto los países tenderán a buscar soluciones de integración.
Dado que esta solución pasa por las propuestas que emanan de la periferia –modificación del marco fiscal de la UE, modificación de los estatutos del BCE para incluir crecimiento y empleo como objetivos de política monetaria, presupuesto europeo, etc)- es previsible un largo periodo de cambios políticos en los países que darán lugar a cambios en la UE en este sentido. Los intereses de los estados naciones que componen la UE y el proceso de integración no son independientes. Es decir, no hay una tendencia supranacional autónoma, sino que el proceso de integración se nutre de las dinámicas, intereses y políticas que se dan en los estados miembros. Se hace muy difícil imaginar un escenario donde el proceso de integración se desintegra, pues ello obliga a pensar en escenarios de devaluaciones competitivas con altos costes sociales difíciles de cuantificar en estos momentos.
La austeridad produce fuerzas centrífugas, mientras que su abandono y la generación de un proyecto europeo basado en las propuestas del sur, genera lo contrario. Las propuestas de la periferia del sur, no solo son una salida a la austeridad, también son una salida para Europa y la Eurozona.