La austeridad europea está siendo un éxito
José Molina Temboury
Economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis
Un título chocante sabiendo del sufrimiento que la política de austeridad impuesta por la Troika viene causando en grandes porciones de la población de los países que la aplican, incluido España.
Pero bajo un sistema que impulsa una desigualdad extrema, creciente y sin límite, caben argumentos tan desquiciados como el propio sistema. Y en este caso no lo es tanto. Basta con preguntarse: ¿un éxito para quién?
A los economistas que hace largo tiempo pasamos por la facultad nos enseñaron que el debate debiera ser científico, en el sentido de que si a alguien se le ocurre que una política económica funciona, o no, debiera probarlo con datos objetivos. Es lo que hace con brillantez Mark Blyth en su libro sobre la austeridad, llegando a la conclusión de que la aplicación de tales políticas a lo largo de la historia ha sido un rotundo fracaso. No hay precedentes de que la austeridad haya sido positiva para salir de una crisis financiera. Como sí que lo hay de que el debate científico puede fracasar bajo una dictadura, en tiempos de Galileo, por ejemplo, o bajo un sistema zombi, como ahora.
No hace falta ser economista para vislumbrar que la austeridad que está aplicando la Unión Europea es cuestión de fe más que de lógica. Si para salir de una crisis provocada por unos pocos de arriba que nada necesitan, cuyos efectos ellos no padecen sino que, alegría para el cuerpo, les beneficia, lo que hay que hacer es estrujar lo poco que tienen los muchos de abajo y transferir más riqueza hacia los pocos de arriba. Así, vamos mal.
La austeridad no es una rareza ni un error. Es parte del mismo plan por el que los dirigentes del mundo, los que más tienen y nunca tienen bastante, se han montado, por ejemplo, paraísos exclusivos para evadir o eludir el pago de sus impuestos. Así, sin más disimulo. “Que me los paguen los de abajo, que son unos pringaos” deben barruntar los grandes gorrones. Y para que ni siquiera tengan que defender tal exhibición de injusticia y crueldad con los compatriotas que sufren su desgana, los grandes próceres políticos, que los amparan y protegen, darán la cara por ellos. “Es que, mire usted, es difícil cerrar esos chiringuitos porque con todo lo que tienen los ricos les tocaría pagar mucho, y no les apetece. Y es que mandan mucho, ¿sabe usted? Si en realidad lo que habría que hacer es que nadie pagara impuestos ¿para qué?”
El mismo plan por el que se bendice la dictadura neoliberal china como el modelo a seguir. “Tenemos que bajar los sueldos en España para competir mejor con China. Que están creciendo mucho los chinos ricos, oiga, y eso no puede ser. Que vivan nuestros ricos de aquí, los de toda la vida. Que fíjese si serán listos nuestros ricos que se van a china a producir, porque allí pagan de propina y les trabajan como chinos. Qué triunfo, qué emoción. Apoyemos a nuestros grandes ricos para tener mayor orgullo de ser español".
El mismo plan por el que se sigue contaminando, quemando carbón e hidrocarburos, sabiendo que la temperatura del planeta ha entrado en un ciclo infernal que será irreversible en pocos años. El mismo plan por el que se violan o racanean los derechos humanos de los que huyen de las guerras por los recursos que los grandes ricos diseñan, promueven y financian. El mismo plan por el que los dirigentes que debieran sacarnos de la crisis provienen del núcleo duro que la provocó, Lehman Brothers, Goldman Sachs… El mismo plan que ahoga cualquier esperanza de un mundo mejor. ¿Energías limpias? “sólo son nuevas burbujas que quieren los burócratas”. ¿Empleo verde? “no, mejor empleo en negro, que así me ahorro cotizaciones”. ¿Empleo de batas blancas? “sí, sí, pero a cargo de mis beneficios, que el estado es derrochador”.
El mismo plan por el que hay que convertir los derechos básicos, sanidad, pensiones, educación o cuidados a la dependencia, en el mayor negocio de los grandes gorrones. El mismo plan por el que cuando surge el debate de la desigualdad en un mundo en el que 62 personas, los más ricos, poseen lo mismo que 3.600.000.000, los más pobres, espabilados a sueldo de los gorrones, o militantes en su misma fe, intentan convencernos de que la desigualdad no es un problema. “No me importa que haya muchos ricos, sino que haya muchos pobres”, dirán los escuderos neoliberales, como si la riqueza y la pobreza no compusieran una misma, única, indivisible y terrible desigualdad.
¿Y cuál es la alternativa? Primero, reconocer que tenemos un problema. Ninguno de los que aplican políticas de austeridad lo reconocerán, porque la austeridad no es más que otro subproducto indeseable del verdadero y único problema, una desigualdad extrema que crece sin horizonte final.
Conseguir en democracia que quienes nos gobiernen crean que la desigualdad es un problema es un paso imprescindible para el cambio. Después, parecería sensato echar a los gorrones insaciables del poder, frenar en seco la desigualdad y revertir el proceso antes de que sea demasiado tarde. Pero tenemos que saber que sólo con eso no bastará, porque otros, igual o peor, vendrían a ocupar su lugar.
Dice Owen Jones en su libro sobre el establishment: “Lo que hay que entender es la conducta que un sistema determinado promueve, así como comprender hacia dónde tiende.” Un sistema que aúpa hacia arriba a los más ambiciosos, a quienes todo les parece poco, no tiene un problema con los más ambiciosos, sino en su propio funcionamiento. Debiéramos encontrar una solución a la desigualdad extrema y creciente. Tal vez imponer un límite mundial a lo que se pueda tener. Porque parece de sentido común, porque la cutre “libertad” de enriquecerse hasta el infinito vulnera, lo estamos viendo, la gran libertad de la mayoría, porque el capitalismo no necesita acumulación patrimonial, sino acumulación empresarial, y porque el planeta entero no puede esperar más.
Los ricos van ganando la guerra de clases ¿recuerdan? No lo dijo Marx, sino uno de los grandes ricos de ahora. Por eso la política de austeridad en Europa está siendo todo un éxito. Para ellos, claro está.