El tablero brasileño y las partidas en disputa
Daniel Vila Garda
Economista / Catedrático de Instituto / Socio fundador de Attac.
En Latinoamérica crujen las frágiles vigas democráticas y en Brasil se oye su ruido con fuerza. Los poderes económicos, mediáticos, militares y judiciales han entrado en la política, disputando directamente la representación ciudadana. Se despliega el modelo político neoliberal de gestión directa de los intereses estratégicos del capital como con Berlusconi a partir de 1994 en Italia y, actualmente, con Donald Trump en EEUU.
El fenómeno tiene muchas particularidades según el momento histórico de cada país, pero la escala de Brasil en el Hemisferio Sur hace de la elección de Jair Bolsonaro un ejemplo relevante y con potencial capacidad de contagio que merece especial atención.
En Brasil, como en el resto de Latinoamérica, los diversos actores políticos juegan varias partidas simultáneas para generar mayorías electorales.
La tensión entre democracia y establishment cívico-militar
Los golpes de Estado en Brasil en 1964 contra Joao Goulart y en Chile en 1973 contra Salvador Allende fueron, en mi opinión, los dos golpes estratégicamente triunfantes que hubo en Latinoamérica en los últimos 70 años, desarrollista el primero y neoliberal “avant la lettre” el segundo. Triunfantes porque han marcado a fuego el modelo económico en Chile y la agenda que militares -y diplomáticos de Itamaraty- establecieron en Brasil. No es un tema menor que el presidente electo el pasado 4 de diciembre se sienta orgulloso de reivindicar ambos. En poco tiempo seremos testigos de la más que probable tensión en un Gabinete en el que convivan en puestos económicos y políticos representantes claves de ambas tendencias contradictorias.
Es probable que el nuevo Gabinete aúne a Paulo Guedes, un Ministro ultraliberal admirador de los Chicago Boys chilenos con un programa aperturista, liberalizador y de shock de ajuste [1], y al General (Ret) Augusto Heleno (quizás como Coordinador del Programa de Gobierno en representación militar directa), de tradición más proteccionista y desarrollista. Un asunto central es que las FFAA brasileñas, y por supuesto el bloque agrícolo-ganadero exportador, consideran que nada debe limitarlos en las decisiones que tomen sobre la explotación de la Amazonia. Y una prueba del algodón de las privatizaciones estará en el destino que tenga Petrobras. Ambos son asuntos de gran relevancia para la agenda medioambiental del nuevo presidente.
A diferencia de los gobiernos de Alfonsín y los Kirchner, Michelle Bachelet y José Mujica asumieron el pacto implícito de no revisar la represión en Chile y Uruguay (salvo el caso flagrante del jefe de la DINA, el general Guillermo Contreras, por su responsabilidad en el asesinato de Orlando Letelier en EEUU). En Brasil, Dilma Rousseff hizo el loable intento de saldar cuentas con la dictadura militar sin resultado, probablemente por no tener la
oportuna correlación de fuerzas necesaria, y por la resistencia del corporativismo militar.
La disputa entre una política progresista y las Iglesias evangelistas
La visita del Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de 2013, celebrada en Río de Janeiro, exhibió una coincidencia entre el Vaticano y el Gobierno petista que posiblemente reforzó la ya agresiva campaña de las iglesias evangelistas contra Dilma y, finalmente, aceleró el impeachment que colocó al Vicepresidente Michel Temer como Presidente de transición lo que ayudó a madurar el triunfo de Bolsonaro. Una consecuencia estructural de la posición del Vaticano de Juan Pablo II de combatir y neutralizar la teología de la liberación en los años 70 y 80, es que se ha dejado el campo más despejado para la creciente influencia de las iglesias evangelistas en Latinoamérica (y singularmente en Brasil [3]). Los evangelistas intervienen casa a casa conformando modelos de comunidad inclusivos, con lugares de rezo modestos y de gran cercanía con los pobres, sin depender de financiación estatal (por lo general se inician con dinero de donantes de EEUU y luego se sostienen con el diezmo de los propios feligreses) y empoderan a los creyentes en una relación más directa con su Dios, lo que facilita la conversión de los católicos. Son ultra conservadores en su concepción de la familia con activa negación de las minorías y, probablemente, dan viejas certezas a la crisis de identidades que provoca el reconocimiento social de la diversidad de opciones sexuales y a la irrupción del feminismo. En su variante neo pentecostal vienen ejerciendo la participación directa de la religión en la política [4], esta vez coronando con un Presidente.
La corrupción político-empresarial y la judicialización de la política
No ha sido menor la influencia en el resultado electoral que ha tenido el encarcelamiento y posterior condena del ex Presidente Lula da Silva, proceso encabezado por el juez Sergio Moro que pone en evidencia el creciente papel que juega la judicialización de la política. Por “íntima convicción” de un juez se manda a la cárcel en pleno proceso electoral a un candidato que tiene un 40% de apoyo en las encuestas para la primera vuelta electoral [5]. Es comprensible la humana obcecación de Lula por ser candidato hasta ultimísima hora, pero su tardía delegación en Haddad puede suponer un traspié a su liderazgo futuro, ya que lo coresponsabiliza en la derrota.
Aquí conviene hacer un alto. En relación con las denuncias de corrupción que se están usando para tumbar los gobiernos progresistas que han prosperado en Latinoamérica desde finales del siglo pasado hasta hoy y que amenazan con dificultar su resurgimiento inmediato, es necesario separar la paja del trigo.
El populismo y parte de la izquierda latinoamericana han subestimado, en mi opinión, el peso de la corrupción en la orientación del voto ciudadano porque han dado prioridad al derrame hacia abajo de las políticas distributivas de los excedentes agrarios y mineros [6], admitiendo como un mal menor el efecto perverso de las relaciones clientelares sobre las que se han asentado (y la financiación paralela de la política partidaria [7] sin valorar adecuadamente el trauma que este proceso impone a una sólida construcción institucional del Estado.
Aquí entran como cuchillo en mantequilla las operaciones jurídico-mediáticas como el Lava Jato en Brasil, que atacan directamente a los líderes populares con la acusación de complicidad con la corrupción.
La lucha contra el narcotráfico y los derechos humanos
El narco opera en un marco en el que la facilidad para disponer de armas y drogas, unido a su penetración en una parte de las fuerzas de seguridad, instala una enorme dificultad, probablemente sistémica a estas alturas, de dar respuestas legales al crimen organizado, favoreciendo la acción represiva ilegal o el enfrentamiento civil violento [8].
Al reclamo de seguridad acuden prestos los argumentos militares y religiosos que se ofrecen como mantos protectores de la familia en sentido amplio. Y no se trata sólo de una percepción subjetiva de inseguridad, que también opera con mucha eficacia para generar miedo (espoleado por la visión alarmista de los medios masivos de comunicación), sino de una inseguridad real y creciente.
La respuesta ultra garantista que algunas izquierda dan a este problema, haciendo exclusivo hincapié en las causas estructurales de esta violencia, ligadas a la pobreza y exclusión, resulta insuficiente por lenta, frente a una propuesta de solución militar y religiosa inmediata que, actuando sobre los síntomas, se propone matar a los delincuentes en las calles. No será nunca la solución, pero prepara el terreno a un autoritarismo creciente y a la pérdida de derechos civiles que necesitan Bolsonaro y sus aliados para imponer su modelo en Brasil.
La búsqueda de un punto de confluencia entre las garantías individuales y la inmunidad de la acción jurídico-policial en la lucha contra el narcotráfico es una tarea urgente, dado que las cárceles existentes son inadecuadas para reinsertar a los condenados [9] (más bien, conforman hoy uno de los espacios más eficaces dentro de la marginalidad para estructurar el crimen organizado), que los militares no debieran entrar en este asunto [10] y que el
ineludible debate sobre la legalización de la droga no parece haber llamado a la puerta.
Estas cuestiones me parecen relevantes para entender el comportamiento de muchos votantes en la pasada elección brasileña que dió una mayoría de 10 millones de votos a Bolsonaro [11] con el eslogan de “biblia, balas y bueyes” (las tres B). La búsqueda de seguridad individual y colectiva en torno a un patriotismo en clave ultra nacionalista y religioso devalúa la política democrática, latinoamericanista y laica como instrumento útil [12] para abordar las profundas transformaciones sociales,económicas e institucionales que Brasil y toda Latinoamérica necesita. Al mismo tiempo, propicia que se sitúe en un primer plano la desesperada búsqueda de un “padre autoritario” en el sentido político que describe George Lakoff [13]. La capacidad de revertir la situación e impedir que se instale un ciclo regresivo y reaccionario por parte de las fuerzas políticas y sociales de izquierda y progresistas estará marcada por la respuesta democrática y forzosamente unitaria que se dé en las cuatro partidas anteriores.
En democracia, la transformación social sólida requiere de períodos largos de gobierno que sólo se consiguen con sucesivos triunfos electorales. Estos colisionan con proyectos que se sostienen sobre liderazgos carismáticos sin sucesión ordenada. La elección de Dilma por parte de Lula es otra muestra de que la herencia del liderazgo carismático en el marco de los procesos electorales cada cuatro o cinco años sin reelección es un asunto crítico en Latinoamérica [14].
Para concluir estas notas, unos apuntes finales que complementan la descripción del nuevo marco interno y externo.
El triunfo de Bolsonaro se inscribe en una lenta pero continuada pérdida de apoyo electoral del Partido de los Trabajadores [15]. El proyecto neodesarrollista [16] con inclusión social del PT se apoyó en un ciclo muy favorable para la exportación de commodities, el descubrimiento de petróleo en alta mar (la apuesta a la gran capacidad de financiación pública de proyectos por parte del yacimiento Presal), una fuerte presencia global de corporaciones industriales (como Odebrecht y Embraer, entre otras), el desarrollo de instrumentos estratégicos de financiación (como el Banco Nacional de Desenvolvimento Económico i Social, BNDES) y en un contexto internacional de crisis geopolítica (con el papel de los BRIC).
Hace 10 años la economía crecía a ritmos del 7% y había bajo desempleo; hoy hay 13 millones de desocupados (un 12,1% de la población activa)
Por otra parte, la matriz sindical del PT, que contaba con un líder carismático capaz de negociar con el empresariado brasileño del sur como Lula da Silva, ha perdido centralidad. Al mismo tiempo,el reflujo de movimientos sociales como el Movimiento de los Sin Tierra y la pérdida de influencia de los Foros Sociales Mundiales han debilitado la base social petista.
Es significativa la lectura que algunos dirigentes hicieron de las manifestaciones durante el gobierno de Dilma, interpretadas como una “radicalización de la democracia brasileña” y no como un incipiente conflicto entre los de abajo en la escala social, que se fue larvando al calor del creciente consumo de masas de las nuevas clases medias bajas y de una fuerte economía informal en la que habitan los más pobres. No es ajeno a esto el hecho de que muchos antiguos pobres se convierten en nuevos contribuyentes y esto cambió su “sentimiento” respecto a la corrupción y al gasto público dedicado a paliar la pobreza extrema.
Por otra parte, la apuesta petista de co liderar la construcción de un espacio económico y político latinoamericano necesitaba de la consolidación de los proyectos políticos que representaron Chávez, Evo, Correa, Kirchner y Mujica, y de la máxima autonomía de Brasil respecto de EEUU [17]. Actualmente sólo sobrevive Evo Morales y los gobiernos de Tabaré y Maduro, con dispares consensos . Además, la aparición de China como inversor estratégico en Sudamérica en competencia con EEUU (y en Brasil particularmente) le da oportunidad al establishment brasileño de amagar con la reconstrucción de una relación de asociación privilegiado con EEUU [18]. El Mercosur promete ser el más visible e inmediato campo de batalla de las dos posiciones señaladas dentro del futuro Gobierno.
La construcción hoy de una respuesta unitaria de las fuerzas populares, de izquierda y progresista a los planes del Bolsonaro, de carácter radicalmente democrática, latinoamericanista y laica debe, en mi opinión, tomar en consideración las diversas partidas que hoy se juegan en el tablero brasileño. Así se podrán recuperar las instituciones para afrontar las profundas transformaciones económicas y sociales que exige un país y un continente que sufre una desigualdad insoportable.