Los gobiernos 'del cambio' deben analizar sus propios errores
Roberto Montoya
La ponencia de Pedro Brieger es un buen punto de partida para debatir sobre lo que en el título de este Espacio Público se pregunta: ¿Involución en América Latina?
Sí, involución sin duda. Pero para analizar desde una perspectiva crítica y autocrítica esa involución hace falta evitar esa simplificación que abunda en la izquierda 'campista', que nos muestra la batalla de dos bloques supuestamente homogéneos, el de gobiernos progresistas puros y de nobles ideales por un lado y el de los gobiernos neoliberales desalmados, autoritarios y corruptos por el otro. La realidad es mucho más compleja.
La pregunta del título de este nuevo interesante debate auspiciado por Público encierra a su vez entre otras, las siguientes preguntas:
▬ ¿Cuándo datamos el inicio de esa involución, tal vez cuando se produjo el primer 'golpe blando' del siglo XXI, en Honduras contra Manuel Zelaya en 2009, al que en 2012 seguiría el golpe contra Fernando Lugo en Paraguay en 2016 contra Dilma Rousseff? ¿O la referencia del momento de inicio de la contraofensiva neoliberal es 2015, cuando en Venezuela la variopinta coalición de la oposición Mesa de Unidad Democrática (MUD) obtuvo la mayoría parlamentaria en las elecciones legislativas? ¿O tal vez cuando en Argentina Mauricio Macri derrotaba a Daniel Scioli, el candidato propuesto por la presidenta saliente, Cristina Fernández de Kirchner?, ¿O cuando en Bolivia Evo Morales Morales perdía el referéndum con el que pretendía poder ser reelegido? ¿O cuando en Brasil la Justicia encarcelaba al tesorero y otros importantes cargos del gubernamental Partido de los Trabajadores (PT) y decidía investigar a Lula da Silva por corrupción?
▬ ¿La involución de la izquierda, de los gobiernos 'progresistas', o neo desarrollistas, o post liberales, ha sido obra exclusivamente de las tradicionales conspiraciones de las oligarquías criollas y del imperialismo estadounidense, o han ayudado a ella en gran medida también esos propios gobiernos con sus errores, ineptitud en la gestión y corrupción?
▬ ¿Han roto esos gobiernos con los pilares de la democracia representativa y han apostado por la democracia directa?
▬ ¿Han dado pasos serios para pasar gradualmente de un modelo económico extractivista y depredador a un nuevo modelo sostenible? ¿Han previsto que la caída de las materias primas a nivel mundial darían indefectiblemente por tierra en algún momento con sus principales reformas sociales si no planificaban a medio y largo plazo y preveían fuentes de producción alternativas?
▬ ¿Qué avances lograron las gobiernos progresistas en temas como la legalización del aborto y los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBI?
▬ ¿Resistirán el embate de la contraofensiva neoliberal los organismos de integración independientes creados en las últimas dos décadas por los gobiernos progresistas, o serán vaciados de contenido y los EEUU recuperarán con Trump esa parte de terreno perdido?
Estas son algunas de las muchas preguntas que tendríamos que hacernos para intentar entender el conjunto de causas que están detrás de las caídas de varios de ellos y el cambio de signo ideológico que se está extendiendo de forma alarmante como una mancha de aceite por toda América Latina y el Caribe.
Muchos hechos precedieron a la llegada de los gobiernos progresistas
Ni 'el cambio' se inició el 2 de febrero de 1999 cuando Hugo Chávez ganó de forma aplastante las elecciones en Venezuela por primera vez, ni el fin de ciclo comenzó con el golpe contra el liberal Manuel Zelaya, al que se pasó a incluir como parte de los mandatarios progresistas tras su empírica -y plausible- radicalización.
Después de la larga noche de dictaduras militares y el fin de la Guerra Fría, tomaron el relevo en la región una serie de gobiernos neoliberales moldeados por el Consenso de Washington. Ahí estaban Menem, Fujimori, Collor de Melo, Salinas de Gortari, todos los cuales terminaron implicados en graves casos de corrupción cuando no de terrorismo de Estado, como fue el caso de Fujimori.
En esa década de fiesta neoliberal, las multinacionales españolas supieron aprovechar la corrupción de esos mandatarios y la venta a saldo de las empresas públicas para hacerse con el control de ellas... hasta el día de hoy. Pero esas políticas de capitalismo salvaje provocaron en muchos países resistencia popular, aparición de nuevos movimientos sociales y nuevos protagonistas políticos.
Pedro Brieger cita tres hechos que alteraron esa década de hegemonía neoliberal. Recordemos otros: La expansión en los '90 del Movimiento de los Sin Tierra (MST) en Brasil, de orientación marxista, fundado en 1985, que llegó a aglutinar a más de un millón de campesinos tras la bandera de la reforma agraria y la justicia social en 23 de los 27 estados brasileños.
También en Brasil, el Partido de los Trabajadores (PT), el partido de Lula da Silva y Dilma Roussseff, conquistaba en 1988 la poderosa alcaldía de Sao Paulo, la de Porto Alegre y de otras treinta ciudades.
Otro hecho relevante fue el triunfo del Frente Amplio de Uruguay que ganó las elecciones a la alcaldía de la capital, Montevideo.
En El Salvador, donde en 1992 se había alcanzado la paz tras 12 años de guerra y 75.000 muertos, la ex guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) obtenía 27 escaños en el Parlamento nacional en 1997.
En Venezuela, La Causa Radical -escisión del PC de los años '70- pasó de 3 a 40 diputados en 1993, pocos meses de la sublevación militar de Hugo Chávez contra el régimen de Carlos Andrés Pérez.
En México, Cuauhtémoc Cárdenas, el líder del Partido de la Revolución Democrática (PRD), ganó las elecciones a la Gobernación de la Ciudad de México, la capital del país.
Toda esa acumulación de fuerzas y victorias electorales en varios países latinoamericanos durante la década de los '90 e incluso antes, fueron los precedentes de las victorias que a partir de 1998 con Hugo Chávez llevaron al poder a partidos, movimientos y coaliciones progresistas.
De ahí su apoyo popular, de ahí el triunfo de los referendos que a poco tiempo de llegar al poder convocaron y ganaron Chávez, Morales y Correa para crear Asambleas Constituyentes en sus respectivos países, provocando la alarma en Washington y Bruselas. Campesinos, indígenas y movimientos sociales se vieron así por primera vez representados.
Si la revolución cubana en 1959 y la sandinista en 1979 habían provocado una euforia en la izquierda y en los movimientos sociales y populares de América Latina y el Caribe, la lluvia de procesos progresistas que se iniciaron en cadena desde fines del siglo XX e inicios de este siglo volvió a recuperar la ilusión perdida de millones de personas en la región y en todo el mundo.
Nunca antes se había producido un proceso progresista simultáneo de tal magnitud en la región. Para Cuba supuso un balón de oxígeno fundamental. Sucedía en un momento crítico para la isla, tras el desmembramiento de la URSS y el derrumbe de los países del mal llamado socialismo real y el COMECON y el Pacto de Varsovia.
La radicalización y el empirismo de Chávez le llevó rápidamente a seguir los pasos de Cuba y lanzar con su apoyo una masiva campaña de analfabetismo y de ampliación de la sanidad pública a todos los rincones de Venezuela. A estas siguieron los ambiciosos planes de vivienda social, de extensión de la jubilación y la protección social a cientos de miles de personas.
En las consultas electorales posteriores se comprobó el amplio apoyo social que tenía su gestión. En el plano externo Chávez fue sin duda también el mentor de los grandes proyectos de integración regional, al que se fueron sumando los nuevos gobiernos del cambio.
Chávez supo usar el petróleo venezolano como gran arma política y de integración, haciendo trueque con Cuba a cambio de miles y miles de médicos y maestros y profesores que organizaran las campañas sanitarias y de alfabetización en toda Venezuela; otorgando precios preferenciales a países de América Latina y el Caribe.
Con el concurso de Bolivia, Ecuador y otros países nació el ALBA, UNASUR, el Banco el Sur..., se proyectó una moneda común, el sucre. Era un cambio que parecía revolucionarlo todo.
La lacra de la corrupción no se logró desterrar
Sin embargo, con el transcurso de los años surgieron los problemas, en el seno de cada uno de esos procesos y en los nuevos organismos regionales creados. En varios de los países que avanzaron más en la nacionalización o renacionalización de empresas de importancia estratégica, la mala gestión, burocratización y corrupción, como fue el caso de la otrora poderosa petrolera venezolana estatal PDVSA y muchas otras, terminaron debilitándolas -cuando no hundiéndolas-, desaprovechando así una oportunidad histórica.
La corrupción no llegó con Chávez, fue una lacra que marcó durante décadas los gobiernos anteriores de Acción Democrática y COPEI, pero tampoco él logró romper con ella.
Los incipientes pasos dados para comenzar a transitar el camino hacia el llamado socialismo 'del siglo XXI' se frenaron. Las fuerzas oligárquicas de siempre siguieron detentando su poder en la importación y distribución -claves en un país que lo importa todo- ; la 'boliburguesía' arañó a su vez su parte del botín y las empresas estratégicas quedaron mayoritariamente -como varias gobernaciones- controladas por militares, que no fueron en general precisamente ejemplo ni de eficacia ni de transparencia en su gestión.
La falta de una verdadera reforma fiscal, la pésima gestión de la crisis y la criminalización de las protestas que esta generó, fueron utilizadas por una oposición derechista que por un lado profundizó su guerra económica y especulativa, y por otro lado adoptó un hábil discurso populista con el que comenzó a conseguir apoyo social y votos en sectores populares hasta entonces fieles al chavismo.
Otro tanto sucedió en Argentina durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, como bajo los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, entre otros. La corrupción fue parte del problema, del debilitamiento de sus proyectos, de la desilusión y hartazgo de sus pueblos, de la retirada de apoyo cuando la crisis mundial golpeó sus economías y frenó las importantes reformas que habían beneficiado a millones de personas.
La derecha sabe aprovechar esas situaciones para presentarse como incorruptible y salvadora, asumiendo hábilmente un discurso populista. Lo ha hecho Macri y lo ha repetido ahora el peligrosísimo Bolsonaro, un Trump latinoamericano con quien puede consolidarse regionalmente la contraofensiva liberal.
El freno y no la radicalización de los procesos progresistas iniciados fue lo que más daño les hizo y cuando el 'maná' petróleo u otras materias primas cayeron bruscamente en los mercados internacionales, los modelos extractivistas y cortoplacistas se paralizaron, comenzando a desandar buena parte del camino hecho en reformas sociales.
Las alianzas de gobierno contranatura con fuerzas de la derecha neoliberal en países como Brasil, Chile, Nicaragua o El Salvador, influyeron también en la no profundización de los procesos progresistas y en sus contradictorias políticas económicas, políticas y sociales.
En las ideológicamente contradictorias políticas llevadas a cabo a nivel social y derechos humanos por la mayoría de gobiernos progresistas, como en el tema del aborto libre y en general en los derechos de igualdad y del movimiento LGTBI, han influido decisivamente las Iglesias, tanto la católica, como las cada vez más influyentes iglesias evangélicas que cuentan en varios países con bloques parlamentarios propios.
A pesar de ser América Latina y el Caribe una de las regiones del mundo con mayor porcentaje de abortos clandestinos, en dos décadas de gobiernos 'del cambio' la interrupción voluntaria del embarazo solo se ha legalizado en Uruguay, durante el mandato de 'Pepe' Mújica, sumándose así a Cuba, país que lo legalizó en 1965. En algunos países recularon ante la presión de las Iglesias, como en Brasil o Bolivia, en otros porque sus gobernantes se mostraron abiertamente contrarios al aborto, como fue el caso de Nicaragua, Ecuador o Argentina.
Pocos países han legalizado igualmente bajo gobiernos progresistas el matrimonio entre personas del mismo sexo o han adoptado medidas a favor del movimiento LGTBI.
La influencia regional de la crisis de Venezuela
La crisis de Venezuela ha sido sin duda hasta ahora -antes de la llegada de Bolsonaro- la que más repercusión ha tenido en la región, afectando a Cuba y países con gobiernos progresistas, y también debilitando organismos regionales que apuntalaban el proyecto 'bolivariano'.
Hugo Chávez fue el gran impulsor de proyectos como el del ALBA, UNASUR, la CELAC, el Banco del Sur, que permitieron una toma de conciencia colectiva de la necesidad de estrechar lazos económicos, políticos, sociales, culturales y de seguridad para garantizar su independencia.
Han dado sin duda pasos importantes a nivel político constituyéndose en embriones de lo que pudieran ser realmente alternativas a la OEA y otros organismos tradicionales, pero no han logrado todavía consolidarse, ganar en confianza mutua, en cesión de parcelas de su soberanía en aras de construir un ambicioso proyecto alternativo para los cientos de millones de habitantes de la zona.
Su debilidad se ha demostrado en problemas fronterizos como los que existen entre Colombia y Venezuela, entre Chile y Bolivia, entre Chile y Perú, entre Bolivia y Brasil.
El giro de China hacia su mercado interno también afecta a nivel económico y comercial a los países latinoamericanos, que habían encontrado en el coloso asiático un nuevo y poderoso comprador de sus materias primas y de sus bonos de deuda externa.
Estados Unidos, que nunca dejó de ser el primer inversor en América Latina a pesar de que vio derrotado su proyecto del ALCA como nos recordaba Brieger, ha visto ya con la Administración Obama y mucho más ahora con Trump, la oportunidad de recuperar la hegemonía en la región, debilitada en el momento de la ola de gobiernos progresistas y nuevos organismos regionales que dejaron a EEUU fuera.
Con Venezuela tocada, con Brasil a punto de recuperarse para la derecha con el ya más que probable triunfo del ultra Jair Bolsonaro, con un liberal como Macri al frente de otro país de peso como Argentina; con Piñera de nuevo en Chile; con el ultraderechista ARENA salvadoreño como favorito para las próximas elecciones generales, y con Colombia en manos del derechista Iván Duque, hay razones para el optimismo en Whashington, en el FMI y el BM.
La izquierda, las izquierdas, los movimientos sociales latinoamericanos y caribeños tienen mucho trabajo por delante para poder empezar a revertir la que por ahora al menos parece imparable ofensiva neoliberal, patriarcal y autoritaria.