Octubre 100 años después. Un nuevo comienzo para el comunismo
Eddy Sánchez
Profesor de Ciencias Políticas de la UCM y Director de la Fundación de Investigaciones Marxistas
En la última década se ha sucedido un ciclo de movilizaciones de carácter global, fruto de un contexto de indignación social consecuencia de la crisis, contexto en el que surge de nuevo el debate de las nuevas formas de comunismo hoy.
Para el historiador Juan Andrade, el debate del comunismo en la actualidad se diferencia respecto al de décadas anteriores, en el hecho que se desarrolla sobre todo en el campo de la Filosofía y los estudios culturales, más que en el de las ciencias sociales.
En España, dicho debate es conocido por la publicación del libro colectivo editado por el filósofo esloveno Slavoj Žižek y publicado bajo el nombre de La Idea del comunismo (2013), publicación que recoge el congreso celebrado en la Universidad de Cooper Union de New York entre el 14 y 16 de octubre de 2011.
Este congreso fue el colofón a otros dos, uno celebrado en Londres en 2009 y otro en Berlín en 2010, encuentros que abogaron un “nuevo comienzo para el comunismo” y que han tenido continuidad en España en los debates organizados por la FIM sobre “El comunismo hoy”, cuyo primer acto tuvo lugar ante 1.400 estudiantes y profesores en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) en noviembre de 2016, y que han continuado durante el presente curso en más de diez universidades españolas, dónde la implicación de jóvenes dirigentes de la izquierda como Alberto Garzón, ha sido significativa.
Continuando con lo planteado por Juan Andrade, “lo sorprendente de estos eventos fue la coincidencia de tres hechos. Primero, que situaran en el epígrafe y en centro del debate, con una voluntad crítica a la par que reivindicativa, la idea y el proyecto político del comunismo. La segunda, que los congresos se hicieran en las grandes capitales de mundo occidental y contaran con varias figuras ya muy destacadas o emergentes en el ámbito del pensamiento. La tercera, que la asistencia se desbordase tanto en cantidad como en entusiasmo”.
Los planteamientos defendidos en dichos congresos tienen en la figura del filósofo francés Éntienne Balibar (2011), una de sus referencias. Balibar entiende que en este contexto social e intelectual surgen una serie de líneas de pensamiento muy marcadas en el “nuevo comunismo”, dentro de las que destaca a Slavoj Žižek y Toni Negri, a la que cabría añadir una tercera línea, influida por una visión renovada de la teoría marxista del estado.
Según Balibar, para Žižek, esa “imaginación comunista debe proyectarse en un acto político sublime y decisionista basado en la pérdida del miedo”, voluntad basada en la “dimensión emancipadora de la subjetividad” que lleva al filósofo esloveno a la reivindicación de Lenin. Para Negri, según Balibar, esa idea de comunismo tiene su “anticipación” en el “empuje de las fuerzas productivas que rompen con las formas actuales de propiedad y control, abriendo espacios autónomos de producción cooperativa que anticipan ya la futura sociedad de los comunes”. A estos habría que sumar una tercera línea, influida en especial por el pensamiento de Antonio Gramsci y lo que para Cesar Rendueles, supone “su innovador análisis dentro de la tradición marxista en torno a la concepción de la autonomía y la capacidad de maniobra del Estado y distintas instituciones sociales respecto de las estructuras económicas”, cuya influencia alcanza a las actuales lecturas renovadas de Gramsci como las del profesor Bob Jessop.
En este contexto ¿cuál sería el núcleo básico qué la Revolución de Octubre de 1917 aporta al debate del cambio en la sociedad contemporánea?
La respuesta a la pregunta debe hacerse desde la compresión del clima social e intelectual del marxismo posterior a la Revolución rusa, dónde la interpretación de la conciencia revolucionaria ocupa un lugar central.
Esta reivindicación de la conciencia revolucionaria es propia de la generación de comunistas que rompen, como Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo o Gramsci, con el determinismo predominante en el movimiento socialista posterior a la derrota de la Comuna de Paris de 1871, lo cual les hace confrontar con la actitud determinista, inspirada en la visión “etapista” del marxismo de la II Intencional.
Hasta la Revolución de 1917, la socialdemocracia planteaba como prioridad alcanzar la revolución democrática burguesa como etapa previa al socialismo, el cual era visto como un resultado natural de una evolución lineal de la sociedad europea. Frente a la fórmula de Berstein de “el movimiento es todo, el objetivo es nada”, la generación de revolucionarios que protagonizaron la Revolución soviética, defendían la recuperación de aquella dimensión del socialismo que había sido abandonada por la vieja socialdemocracia, lo que EP Thompson definía como “la dimensión emancipadora de la subjetividad”.
De esta forma, el análisis teórico para Lenin y demás revolucionarios del 17, se pone al servicio de la acción política concreta que permita captar, en cada momento, el problema central y actuar en consecuencia. Esto nos ayuda a entender cómo Octubre de 1917 supone la ruptura con el economicismo mecanicista, desde la osadía de pensar la revolución allí donde las “condiciones objetivas” no estaban dadas.
La heterodoxia de Octubre del 17 explica como la Revolución en un país agrario y autocrático no era visto como una imposibilidad histórica, sino que los Bolcheviques concluyen lo contrario, que el cambio político del momento histórico que le toca vivir, solo es posible tomando en cuenta a actores que la tradición socialista consideraba como marginales, como el campesinado, así como el valor antagonista que adquieren los países semiperiféricos como Rusia o coloniales como los asiáticos, realidades desde las que articular un nuevo bloque histórico: el obrero campesino.
El campesinado cuyo valor, menos para el anarquismo, era negado por todos, se convierte en el sector de la sociedad clave desde el que construir la hegemonía política y cultural de las clases subalternas en la Rusia de inicios de siglo XX; y la periferia colonial –principalmente asiática-, aparece como el marco geográfico central desde el que impulsar la revolución, abandonando de esta forma la centralidad europea hasta aquel momento predominante.
Con la Revolución de Octubre, los grupos marginales se convierten en las realidades centrales de la nueva Rusia soviética y al igual que Lenin y los revolucionarios de su generación, cabría preguntarse hoy: ¿cuáles son los actores que irrumpen como condición necesaria para el cambio socialista en las sociedades contemporáneas?
Capitalismo flexible, periferia y nuevo asalariado urbano: las nuevas formas de comunismo
En el marco de la crisis de la segunda globalización iniciada en 2007, el cambio político debe ser entendido, no como una respuesta a la crisis del fordismo y la socialdemocracia, sino como mantiene Bob Jesoop “una alternativa a la crisis del posfordismo y el neoliberalismo”.
La renuncia de Gran Bretaña a continuar en la UE y la elección como presidente de EE UU de Donald Trump, deben ser interpretadas como la reacción de las clases dominantes del centro capitalista ante las consecuencias no deseadas de la globalización que ellas mismas impulsaron.
Tras los reveses políticos propiciados por los movimientos y gobiernos populares en América Latina y las consecuencias de la irrupción de la semiperiferia en el sistema mundo -en especial de China-, el escenario que se abre en la actualidad parte de la reconfiguración del viejo centro euroatlántico desde un proyecto que parece poner fin a la globalización como el relato central de nuestro tiempo.
La visión de “largo plazo” con la que Wallerstein propone situar el análisis de la crisis de la globalización actual, implica un proceso de cambio tecnológico acelerado que condiciona sustancialmente la expansión de las fuerzas productivas y la forma que adopten las mismas en el futuro, lo que su vez, significa que en situación de crisis los cambios en la división internacional del trabajo se intensifican, y en el contexto de una economía global fuertemente transnacionalizada, se generalizan y acentúan las diferencias internacionales. De este proceso se desprende el potencial transformador que juega la periferia en el sistema mundo y la aparición del nuevo asalariado urbano, como el sujeto que condicionará las sociedades resultado de la actual crisis.
Este modelo de paro-precariedad-flexibilidad está en la base de la aparición y consolidación de una nueva clase trabajadora de servicios, con características distintas a la clase obrera industrial o la conformada por los trabajadores de servicios públicos y capas profesionales urbanas. Estamos ante algo nuevo, el “proletariado sin conciencia” del que habla Diego Fusaro, que al igual que el campesinado de inicios del siglo pasado, se erige como un actor central, como el nuevo asalariado urbano que acabará convirtiéndose en un actor fundamental del conflicto social futuro.
Conclusiones
El contexto en el que triunfa la Revolución de Octubre es el de la crisis de la primera globalización de finales del siglo XIX. Dicha crisis es sancionada con el nacimiento de los imperialismos que se dirimen en la primera guerra mundial. El coste para el capitalismo de este periodo es la Revolución socialista en Rusia y el Crack económico del 29, crisis que da lugar a la aparición del fascismo y la posterior segunda guerra mundial.
Para los bolcheviques, la reconstrucción de un proyecto socialista en aquel contexto requería de formas y sujetos nuevos, situando esa nueva referencia ahí donde antes se había negado todo potencial de cambio, es decir, en el desarticulado campesinado de la periferia.
El valor político de los bolcheviques sitúa a la periferia semicolonial como el “eslabón débil”, que aparece como el “nudo” fundamental para el cambio a escala mundial, para lo cual, ya en el marco de la Revolución de febrero de 1917, los comunistas rusos desarrollan el concepto clave de su pensamiento: la alianza obrero-campesina y el reconocimiento del derecho de autodeterminación de los pueblos coloniales.
Solo así podemos comprender políticamente el significado histórico mundial de la revolución que estalla en Oriente, en un país atrasado como Rusia, y la aparición de una nueva generación de revolucionarios que rompen con la socialdemocracia impulsando un nuevo movimiento político a escala mundial -el comunismo-, centrado en la compresión del papel que juega el campesinado y el significado de la cuestión colonial como cuestión nacional.
Sin esta aportación es imposible entender todo lo que vino después, desde Gramsci y la cuestión meridional, Mao y la revolución en países semifeudales, el Che y la Revolución cubana, a la irrupción del nuevo proletariado urbano de la Europa contemporánea.
La experiencia política de la Revolución Socialista de Octubre de 1917 y su elaboración teórica nos previenen, en el contexto actual, del mecanicismo aún latente en la izquierda contemporánea, la cual sigue ligando cambio a excepcionalidad y crisis económica a crisis política terminal. Tras un intenso ciclo de movilizaciones, la crisis de la segunda globalización ha traído los nuevos fascismos que avanzan en Europa, la reconstrucción de proyectos reaccionarios en Gran Bretaña y EE UU y la respuesta proimperialista de sectores importantes de las capas medias en América Latina, tal y como vemos con Macri, Temer y la oposición venezolana.
La transmisión de las relaciones de explotación contemporáneas sugieren un patrón geográfico o espacial que tiene como eje el concepto de periferia, cuya dimensión social del nuevo asalariado urbano resultante del proceso de transformación del trabajo en el marco de la globalización, trae como resultado la aparición de la figura de los trabajadores pobres, sector mayoritario entre la juventud de nuestro país.
Pensar el cambio social contemporáneo pasa por la comprensión del valor central de lo considerado hasta ahora como marginal, del “proletariado sin conciencia” que habita en las periferias urbanas del sistema mundo. En esa plebe precaria de la periferia urbana se encuentra la clave desde la que reclamar un nuevo comienzo para el comunismo.
Sin embargo, el peso social de esta nueva clase trabajadora no corresponde con su peso político y cultural, lo que la convierte en un actor infravalorado y nada representado en el marco político, al menos en Europa. Una izquierda que si no reacciona, puede ser responsable de provocar una neutralización decepcionada de un sector popular, que quedará a disposición de sucumbir a demagogos fascistas de última generación.
El Lenin asiático, el Gramsci cabecita negra de Ales o la polaca Rosa Luxemburgo, nos ofrecen un valioso patrimonio para pensar las nuevas formas de comunismo desde las que construir el cambio social contemporáneo.
Madrid, 11 de septiembre 2017