Nuestra revolución rusa
François Sabado
Ex dirigente de la Liga Comunista Revolucionaria de Francia y de la IV Internacional
El punto de vista que defiendo es que la Revolución rusa fue gran acontecimiento en la historia de la emancipación de los pueblos. Un momento extraordinario en el cual las clases dominantes pierden el dominio que les parecía asegurado por los siglos de los siglos. Y en el cual las masas populares desbaratan todo para tomar el destino en sus manos.
Ante la pregunta histórica y teórica decisiva: ¿Había que tomar el poder en las condiciones precisas de Octubre de 1917?, seguimos convencidos de que la respuesta es positiva. El ímpetu de esta movilización antes, durante y después de Octubre 1917, el entusiasmo que suscitó y el terremoto que provocó en el mundo entero reflejan la amplitud de esta revolución.
En ese evento se mostraron las potencialidades, pero también los límites del proceso revolucionario: una revolución proletaria en un océano campesino, una guerra civil de una crueldad infinita, el agotamiento de las fuerzas productivas y de toda la sociedad, el aislamiento internacional, la propia historia del país y su ausencia de tradiciones democráticas.
Pero estas circunstancias no explican todo. Los bolcheviques y, en su dirección, los más eminentes entre ellos, Lenin y Trotsky, hicieron de la necesidad virtud y transformaron las medidas de excepción de la guerra en leyes y reglas de funcionamiento del Estado y la sociedad. Las oposiciones y la vida democrática del país fueron progresivamente -pero rápidamente en pocos años- ahogadas.
Hace falta pues reevaluar la política de Lenin y Trotsky desde los primeros años de la revolución. Ya que es sobre este semillero que la contra-revolución estalinista, una vez la revolución fue “congelada” [1], pudo acabar con lo que aún quedaba de la herencia viva de Octubre.
Revolución e insurrección
¿Podemos calificarla de golpe de Estado? La insurrección fue al mismo tiempo resultado de la revolución iniciada en febrero y punto de partida de una nueva situación revolucionaria. En cualquier caso, de golpe de Estado, ¡nada! Preparada y discutida abiertamente, la insurrección fue el punto culminante de un proceso de radicalización de las masas y de su representación en los soviets que llevó a los bolcheviques al poder. En todo el proceso revolucionario Lenin ve en los soviets una máquina de destrucción del zarismo. Les da un lugar central en su libro El Estado y la revolución, escrito en medio de la crisis revolucionaria. Pero, enfrentado a los problemas tácticos y estratégicos de la toma y del ejercicio del poder, Lenin pone la auto organización en un segundo plano y sólo se fía de la dirección militar bolchevique. Los soviets ya no son concebidos como el verdadero locus del poder, sino como el instrumento, incluso como la “coartada” del poder bolchevique.
El giro de los años 20 y la asfixia democrática
Después de la revolución, la economía estaba ampliamente desorganizada tanto en la ciudad como en el campo. El ejército estaba en gran parte descompuesto por la movilización de la tropa. Rápidamente la situación tomó un giro dramático. La primera cuestión espinosa fue acabar la guerra sin obstaculizar el desarrollo de la revolución que se esperaba se produjera en Alemania y Europa. Una furiosa discusión sobre el tema desgarró al Partido bolchevique e incluso a las otras corrientes presentes en los soviets: mencheviques, socialistas revolucionarios y los anarquistas. Lenin impuso una transacción. El tratado de Brest-Litovsk, firmado en marzo 1918, aprobó la amputación de la cuarta parte del territorio ruso y de su población, así como la pérdida de 70% de los recursos agrícolas y de acero.
Pero tan pronto como el tratado fue firmado, y para denunciarlo, los mencheviques internacionalistas y los socialistas revolucionarios de izquierda abandonan los organismos soviéticos. Ciertos sectores de los socialistas revolucionarios añaden su regreso al terrorismo contra los dirigentes bolcheviques (Volodarski es asesinado en Petrogrado en junio 1918). A partir de entonces, ya no se daban las condiciones para la unidad de los bolcheviques con los otros partidos.
Pero, en vez de conservar una orientación que permitiese una representación pluralista tan pronto la situación lo posibilitase, los bolcheviques deciden gobernar solos. Lenin pudo decir en mayo 1918: “Ahora con el poder conquistado, conservado, consolidado en las manos de un solo partido, compartir el poder está fuera de discusión”.
Obviamente, se debía combatir a aquellos que tomaban las armas contra la revolución. Pero ese rechazo a una representación política pluralista iba no solamente a aislar a los bolcheviques sino a conducirles a utilizar cada vez más métodos administrativos, represión y finalmente terror con respecto a los otros partidos y corrientes políticas.
En esta tormenta, los bolcheviques teorizarán una transición al socialismo identificada con el comunismo de guerra. La política, la economía y la sociedad debían estar hiper-centralizadas. Una vez la guerra ganada, se planteó la cuestión del abandono del “comunismo de guerra”. Los bolcheviques optaron por una apertura económica con la NEP. Pero en vez de acompañarla de una apertura política, con una “NEP política” para todos los partidarios de la revolución, después de la victoria sobre la contra-revolución interna y externa, se implantó lo contrario. Primero, por la terrible represión contra los marinos y los obreros de Cronstadt. Esta represión era injustificable. Luego por un “proceso de represión molecular” que se extiende por el país como lo escribe Boris Souvarine. Finalmente, por las decisiones del X Congreso bolchevique que van a ahogar la discusión política en el partido y en el país.
La prohibición de tendencias y fracciones en el seno del Partido, ahora denominado comunista, respondía sin duda al miedo a un desgarro o a una explosión tras las crisis que lo habían atravesado. El remedio fue peor que la enfermedad. El problema se convierte entonces en hacer la distinción entre medidas de excepción desgraciadamente necesarias y la utilización de tales medidas como medio perenne de gobierno. Sin embargo, el uso del terror y de la represión chequista se convirtió en el modo operativo del poder.
En 1936, en su libro La revolución traicionada, Trotsky escribe a propósito de las medidas del X Congreso de 1921: “La prohibición de los partidos de oposición causó la prohibición de las fracciones en el seno del Partido bolchevique; la prohibición de las fracciones dio lugar a la prohibición de pensar otra cosa que lo que hiciese el jefe infalible. El monolitismo policiaco del partido tuvo como consecuencia la impunidad burocrática que a su vez se tornó la causa de todas las variantes de desmoralización y de corrupción”.
Esas medidas fueron la expresión de todo un proceso de asfixia democrática, por medio de una desvitalización progresiva de los soviets, en los cuales las decisiones de estos eran sustituidas por las del partido. Además, por medio de la disolución de la Asamblea constituyente, en enero de 1918, y su no-sustitución por una nueva asamblea nacional, parece como si los bolcheviques juzgasen superflua, a partir de ese momento, después de la insurrección victoriosa y la toma del poder, cualquier manifestación electoral general.
En contraposición, Rosa Luxemburgo, en sus Notas sobre la Revolución rusa, apunta hacia otra perspectiva: “Dado que la Asamblea constituyente había sido elegida mucho tiempo antes del giro decisivo de Octubre y que reflejaba en su composición la imagen de un pasado caduco y no la nueva situación, la conclusión caía de su propio peso: había que disolver esta Constituyente obsoleta, nacida muerta, y ¡convocar sin más tardar nuevas elecciones para una nueva Constituyente! … En vez de ello, Trotsky generalizó la particular insuficiencia de la Asamblea constituyente reunida en octubre a la inutilidad absoluta de cualquier Asamblea constituyente, en general, y llegó incluso a negar el valor a cualquier representación popular emanada de elecciones generales en período revolucionario … Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin confrontación libre entre las opiniones, la vida muere en todas las instituciones públicas, se vuelve una apariencia de vida en la cual la burocracia queda como único elemento activo”. El aviso de Rosa Luxemburgo resplandece.
Continuidad, discontinuidad, ruptura
Hay pues que revisar, desde un punto de vista crítico, “la gloriosa historia” de aquellos años. Pero no hay equivalencia entre la represión de los años 1918-1924 y la degeneración estalinista. No sólo en su dimensión, también en sus motivaciones más profundas. La represión bolchevique se situaba en la excepcionalidad del violento choque de la guerra civil, pero a final de los años 20 y con la colectivización forzosa de 1928 se produce una ruptura histórica. Primero por la derrota de todas las oposiciones, por la “normalización” del partido bolchevique, por la difusión de un poder de represión totalitario político y social en toda la sociedad rusa, por las deportaciones y las liquidaciones masivas. Es una contra-revolución en la revolución.
[1] “Revolución congelada” es una expresión acuñada por Louis de Saint-Just, amigo y colaborador de Robespierre durante la Revolución Francesa. Ambos fueron guillotinados en el Termidor francés de 1794.