La celebración del primer centenario de la revolución soviética sin [...]
Constantino Bértolo
crítico cultural
La celebración del primer centenario de la revolución soviética sin duda debería y podría ser la ocasión propicia para deconstruir al menos algunas secuencias , interpretaciones y lugares comunes que recaen sobre aquel acontecimiento y sus protagonistas. Ni la revolución es la toma del Palacio de Invierno ni el partido bolchevique es una secta uniforme y dogmática en donde Lenin recibe obediencia y ejerce su autoridad sin discusión alguna. Todo lo contrario. La revolución es la culminación de un largo y complejo proceso, el partido bolchevique es una inteligencia crítica, autocrítica y activa y Lenin es un revolucionario que sabe “no tener razón”, cualidad esta poco usual entre los dirigentes políticos de su tiempo.
Pasado un siglo desde aquel entonces, la revolución aparece hoy como la fase final de un proceso político y social, repleto de dinamismo y cambios a lo largo de su desarrollo, que hunde sus raíces en dos acontecimientos que atraviesan y dan sentido a este tiempo: por un lado la revolución soviética meta y punto de llegada de lo que bien podemos llamar la larga marcha del proletariado hacia su emancipación, por otro final final del trayecto de luchas contra el absolutismo zarista que tienen lugar dentro de la propia Rusia. Diríamos que esos dos líneas, esos dos ejes históricos son los que van a confluir en el escenario revolucionario que se abre, en el marco de la primera guerra mundial, en febrero de 1917 con el triunfo de las revueltas y levantamientos que generan el profundo descontento popular hacia la política interior y exterior del absolutismo zarista.
Cuando a principios del mes de Abril Lenin llega a Petrogrado y declara públicamente que la revolución de febrero no había resuelto los problemas fundamentales del proletariado en ruso y que en consecuencia la clase obrera de Rusia no podía ni debía pararse a medio camino y si no que, aliada con las masas de los soldados, se daban las condiciones necesarias para poder transformar la revolución democrática burguesa en revolución socialista proletaria, numerosos dirigentes del partido bolchevique, no solo se mostraron refractarios a sus propuestas – recogidas en las Tesis de Abril- sino que expresaron y mantuvieron desde puntos de vista muy diferentes discrepando de manera radical de sus planteamientos tácticos y oponiéndose de manera casi sistemática a todas las hipótesis estratégicas y teóricas fundamentales de Lenin. El portavoz más conocido y el más coherente de esta línea era Kamenev, miembro del partido desde 1903, no aceptaba la idea de que la revolución democrática burguesa que se inicia en febrero estuviese acabada, estimando al contrario de Lenin que la clase obrera rusa era relativamente débil, negando que en Europa hubiera condiciones para la puesta en marcha de una oleada revolucionaria y afirmando que ni el campesinado ruso ni la burguesía extranjera permitirían len cualquier caso la victoria del socialismo en Rusia. Esta tendencia en el interior del partido, personalizada en figuras con prestigio y peso político como Kamenev y Zinoviev apoyaba una línea estratégica que pasaba más por conceder al partido una mera función de vigilancia y control del gobierno provisional que por trabajar en busca de su erosión y caída aun defendiendo la formación de un gobierno exclusivamente socialista que profundizase la revolución democrática, negociase una paz digna y pusiese en marcha la convocatoria del proceso electoral para la elección de una Asamblea Constituyente.
Lenin sin embargo había llegado a la conclusión de que si bien los trabajadores con el apoyo de los soldados amotinados habían sido la vanguardia de la lucha durante las jornadas de febrero, la burguesía había sido la gran beneficiada de la situación consolidando su propio poder político, logrando que los líderes socialistas de Petrogrado – mencheviques, socialrevolucionarios y en parte los bolcheviques- cooperasen o apoyasen la formación de un gobierno provisional. De ahí su insistencia en abandonar cualquier apoyo al gobierno provisional y en la necesidad de armar y de organizar las masas en vista de la siguiente etapa inminente de la Revolución la que haría caer el gobierno de los capitalistas y de los grandes terratenientes. Lograr que este entendimiento de la situación fuera asumido por la mayoría del partido no fue una tarea fácil y requirió el despliegue por parte de Lenin de toda su fuerza argumentativa. Este trabajo y esfuerzo que el ala leninista del partido bolchevique lleva a cabo desde el mes de abril y que consolidaría la línea de acción que se resume en la consigna de “Todo el poder para los soviets”, es uno de esos muchos momentos dentro de la historia del partido bolchevique que muestran, frente a esa imagen del partido como una máquina rígida, inflexible, estricta y ultradisciplinada, que la toma de decisiones y la elaboración de tácticas y estrategias se realizaba a través de un funcionamiento democrático en el que la autoridad y el crédito había que ganárselos mediante argumentos.
Pero quizá nada mejor que detenerse en “los hechos de Julio” para poner en evidencia el interesado tópico, hoy todavía existente, que interesadamente presentan a los partidos de raíz leninista como una especie de Deus ex máquina totalitaria y dictatorial.
Como es bien sabido la revolución demócrata liberal rusa de febrero dio lugar a una situación de doble poder que institucionalmente se expresa a través de un Gobierno Provisional, que se establece y presenta como emanación “legítima” de la Duma parlamentaria, y de la existencia de un Comité Ejecutivo del Soviets de obreros y soldados de San Petersburgo creado al calor de las revueltas y enfrentamientos, y que cuenta con la legitimidad que le concede su propia fuerza protagonista y el hecho, especialmente relevante, de que los acontecimientos les ha concedido una cualidad bien significativa: la posesión de armas. Formando parte tanto del Gobierno, en calidad de Ministro de Justicia, como del Soviet, por su condición de vicepresidente, se encuentra el abogado Alexander Kerenski, diputado destacado de la oposición en la antigua Duma zarista, especie de Juno con dos caras, mediador entre uno y otro poder, que encarna mejor que nada y nadie ese tiempo de inestabilidad entre una y otra revolución. Y no deja de ser curioso que este personaje, llamado a ocupar la presidencia del gobierno meses más tarde, insiste en sus memorias en negar la existencia de esa situación de doble poder que inevitablemente indicaba la debilidad de aquel gobierno provisional en el que participaba: “Considerábamos de gran importancia eliminar la falsa impresión de que las fuerzas democráticas rusas estaban escindidas en dos campos: El “revolucionario” y el “burgués”. Los líderes del Soviet de Petrogrado habían logrado crear dicha impresión, de acuerdo con sus ideologías, más bien, que respondiendo a la actitud popular.”
Pero la realidad era otra y esa situación de doble poder, o doble impotencia, en palabras de Trotsky determinaba una situación política y social altamente inestable que Lenin y la mayoría del partido bolchevique interpretaban como la base para su política encaminada a incrementar su influencia en unos soviets controlados por una mayoría de mencheviques y social revolucionarios, organizaciones socialistas de línea reformistas por cuanto entendían, a partir de una lectura mecanicista del marxismo, que la sociedad rusa, con un peso abrumador del campesinado en su población, no reunía las condiciones necesarias para llevar a cabo una revolución socialista. Frente a esta estrategia de los socialismos moderados Lenin y los bolcheviques entendían que existían las condiciones necesarias para que los soviets los soviets pudieran llegar a desalojar del poder a la burguesía demócrata liberal. En el entretanto, el Gobierno Provisional va a tratar de recuperar ese poder real del que ahora, diga lo que diga Kerenski, no dispone aunque siga contando, al menos en teoría, con la fuerza que le otorga la existencia de un ejército gubernamental que se resiste también en lo posible al poder que emana de los soviets. De facto lo que realmente existe, más que un doble poder, es una guerra civil latente. El gobierno lo tiene claro: desarmar a los soviets, rearmar el ejército y ganar popularidad con algún buen resultado en el frente de guerra. Con ese fin el gobierno donde Kerenski copa el ministerio de Guerra y Marina, se remodela dando entrada a más ministros del socialismo moderado, promete reformas en el campo y pone en marcha una ofensiva. Los bolcheviques también se mueven y hacen especial esfuerzo para reforzar su influencia en el personal militar y en los obreros fabriles, construyen una organización militar propia, crean los comités del barrio y de Distrito y se introducen el movimiento sindical, en los comités de fábrica y en otras organizaciones de masas a fin de ganar peso en el Soviet y ganar voluntades para su causa organizando una serie interminable de mitin políticos y distribuyendo sus publicaciones para difundir su programa . Un esfuerzo que no tardaría en darle sus frutos pues si en febrero apenas se contaba con 2,000 bolcheviques en Petrogrado, en abril el número de adherentes ya era de 6,000 y a finales de junio la cifra se le va a 32,000.
En ese contexto los bolchevique deciden organizar una manifestación masiva de protesta contra la guerra y el gobierno durante una sesión del Primer Congreso Panruso de los Soviets de diputados de obreros y de soldados que debía reunirse en Petrogrado a mediados de junio. La idea tocaba una cuerda sensible para el Soviet en la medida en el que el mensaje central de esta manifestación era la oposición al inicio de la ofensiva programada por Kerenski y una llamada a otorgar el poder real al Soviet controlado en esos momentos por el bloque social revolucionario y menchevique comprometiéndoles cuando justamente acababan de votar una resolución proclamando el apoyo total al gobierno y su clara voluntad de cooperar con él. El Consejo de los soviets reacciona y hace todo lo posible para impedir la manifestación prohibiendo por decreto reuniones en los espacios públicos y movilizando a sus militantes de los barrios obreros, fábricas y acuartelamientos para obligar a los dirigentes bolcheviques a revisar sus planes acusándoles de fomentar la división de las fuerzas sobre las que se apoya la revolución, logrando crear una opinión general en contra de la propuesta bolchevique que lleva al Comité Central bolchevique a renunciar a la manifestación. A la vista de este “triunfo” sobre las fuerzas bolchevique el Soviet intenta capitalizar el momento y aprovecha para convocar para unos días después su propia movilización en apoyo de su política de colaboración con el gobierno. Pero sucede lo inesperado: los más de 400,000 manifestantes enarbolan de manera mayoritaria banderolas Rojas y pancartas exhibiendo slogans y consignas propias de los bolchevique: Abajo los ministros capitalistas, Abajo la política de la ofensiva militar, o Todo el poder para los soviets y este vuelco en sus expectativas que ponen de manifiesto la separación creciente entre la opinión de las masas y la dirección del Soviet no solo va a reforzar a los bolchevique si no que va a originar tensiones en las filas de los socialistas moderados comenzando a emerger en los mencheviques y entre los socialrevolucionarios fracciones de izquierda. A sensu contrario la inesperado apoyo de las masas a las tesis bolchevique va a generar en sus filas un peligroso estado de euforia que lleva a Lenin a dedicar sus fuerzas a calmar el entusiasmo de aquellos de sus partidarios que querían desencadenar una acción inmediata. Lenin agotado necesita descanso y queriendo además dedicar su tiempo a la preparación del próximo congreso del partido viaja en compañía de su hermana hasta Finlandia. Pero el reposo le durara poco: el 4 de junio le llegan noticias de una insurrección masiva que se ha declarada en la capital y en la que al parecer el partido está profundamente implicado. Sin esperar más noticias toma un tren para Petrogrado.
De manera al parecer espontánea y por iniciativa propia de los soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras, millares de soldados en armas y obreros habían descendido hacia la calles del centro de la ciudad haciendo un llamamiento a la insurrección que fue acogido con entusiasmo en los barrios obreros y en los acuartelamientos de la guarnición. Insurgentes subidos a borde de coches y de camiones militares erizados de banderas rojas habían circulado en la ciudad y habían tomado el control de la fortaleza Pedro y Pablo dando lugar a enfrentamientos con los cosacos de la guarnición leales al gobierno sin que el número de posibles víctimas estuviera claro. Las masas de manifestantes se habían dirigido a las sedes respectivas del gobierno provisional y del Soviet de Petrogrado exigiendo la transferencia del poder a las manos de este último para, más tarde, desfilar en los alrededores de la sede del Partido bolchevique lo que, según interpretarían los periódicos, demostraba la implicación de este último en la preparación del levantamiento. Sin embargo los acontecimientos parecen coger absolutamente desprevenidos a los dirigentes que permanecían en Petrogrado y que, ante el avance de las revueltas, se reúnen mientras los manifestantes gritan todo el poder a los soviets y acaban por acordar el apoyo a las movilizaciones y a ponerse a la cabeza del movimiento. Cuando llega a la capital Lenin ,sin apenas tiempo para conocer y analizar los acontecimientos en curso, se ve interpelado por una representación de los amotinados marinos de Kronstadt y ,aún sin manifestar su rechazo claro del levantamiento, les invita a dar pruebas de determinación y prudencia procurando evitar todo tipo de violencia. Reunido al fin con los dirigentes del partido Lenin expone que si bien los acontecimientos no habían hecho más que confirmar que el gobierno provisional no gozaba prácticamente de ningún apoyo entre los obreros y los soldados de la capital, la dirección bolchevique debe resistir la presión de las masas en cuanto que ni en las provincias ni entre as tropas movilizadas en el frente se contaba con los apoyos suficientes para poder llevar a cabo en esos momentos el paso de todo el poder para unos soviets que justamente en esos momentos ha defendido las actitudes del gobierno provisional. Puestos en el dilema de optar por inclinarse hacia la toma del poder sin apenas condiciones favorables dada la postura contraria del propio Soviet de Petrogrado o por tratar de refrenar las movilizaciones en marcha, Lenin y la mayoría de los dirigentes se deciden por la segunda opción a pesar de las discrepancia de algunos miembros de organización militar bolchevique de Petrogrado que acusan al partido y en especial a Lenin de asumir el papel de apagafuegos. Finalmente y antes de que la decisión de los bolcheviques se pusiese en marcha, la llegada desde el frente de tropas, llamadas tanto por el Gobierno como por el Comité del Soviet, despejarían con violencia las calles reafirmando, al menos por el momento, la autoridad de ambas instancias de poder. Los sorprendente, o no tanto, es que aquel levantamiento sería la ocasión propicia que tanto el gobierno como los soviets controlados por mencheviques y socialrevolucionarios, estaban esperando para tratar de deshacerse de los bolcheviques acusando a Lenin de haber lanzado el levantamiento siguiendo órdenes del enemigo germánico.
No era la primera vez que se le acusaba de ser un agente al servicio del Kaiser. Desde su vuelta a Rusia en el famoso tren alemán la prensa conservadora le venía acusando de ello aprovechando que la oposición de Lenin al esfuerzo de guerra le volvía muy vulnerable a ese tipo de acusaciones. Más sorprendente es el hecho de que estas acusaciones contra los bolcheviques y contra el Lenin en concreto crearon desconcierto entre buena parte de las tropas de la Guarnición y también, aunque con menor intensidad, desasosiego y desánimo en los soviets. En cualquier caso los bolcheviques se vieron obligados a tomar posturas defensivas y a tener que dar explicaciones sobre su actuación un tanto ambivalente respecto al levantamiento debiendo además defenderse de las acusaciones de traición.
Da comienzo entonces una verdadera campaña de persecución de los bolcheviques que son acusados de haber recibido dinero de los alemanes e impulsado las revueltas de julio para perturbar la ofensiva al favorecer la actuación del ejército del Kaiser. Lenin escribió varios artículos incendiarios negando de manera de vehemente las acusaciones pero sus enemigos aprovecharon el momento para arrojar dudas, cizaña y calumnias sobre él y el partido bolchevique. El gobierno provisional trata de justificar el desastre final de la anunciada ofensiva militar acusando a los bolchevique de espionaje, connivencia y traición y emite orden de detención contra los principales dirigentes bolchevique. El propio partido se plantea las posibles respuestas a estas acusaciones y hasta Lenin duda sobre si debe o no debe entregarse a las autoridades y utilizar el posible juicio como plataforma de denuncia y defensa. Afortunadamente acabarán tomando la decisión de que Lenin pase a la clandestinidad más absoluta en tanto que otros dirigentes como Trotsky o Kamenev entran en prisión. Sin duda el partido bolchevique padece uno de los momento más críticos de su historia y, confundiendo deseos con realidad, muchos de sus enemigos dan su causa por perdida. No será así, pero no vamos a hora a abordar aquí los cambios de situación que acabarán por conducir a los bolcheviques hasta la toma del poder. Lo que si pretendemos es mostrar como, y aun en ese contexto de persecución, Lenin y el partido van a dar muestras fehaciente de su capacidad para “leer la realidad” y sacar las conclusiones pertinentes a pesar de estas pongan en cuestión aquellas otras que con anterioridad hubieran sido defendidas.
Porque Lenin, con ocasión de los episodios de julio va a entender y proponer al partido la necesidad de retirar la táctica del Todo el poder para los soviets: “Ocurre con harta frecuencia, escribe desde la clandestinidad, que, cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados necesitan de un período más o menos largo para habituarse a la nueva situación y repiten consignas que, si bien ayer eran justas, hoy han perdido ya toda razón de ser, han perdido su sentido tan “súbitamente” como “súbito” es el brusco viraje de la historia.
Algo semejante puede ocurrir, a lo que parece, con la consigna del paso de todo el poder a los Soviets. Durante un período ya para siempre fenecido de nuestra revolución, desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio, pongamos por caso, esta consigna era acertada. Pero hoy, evidentemente, ha dejado de serlo. Sin comprender esto, tampoco podremos comprender ninguno de los problemas esenciales de la actualidad. Cada consigna debe dimanar siempre del conjunto de peculiaridades de una determinada situación política. Y hoy, después del 4 de julio, la situación política de Rusia es radicalmente distinta de la que imperó desde el 27 de febrero hasta esa fecha.
Entonces, durante aquel período ya fenecido de la revolución, en el Estado predominaba la llamada “dualidad de poderes”, fenómeno que expresaba, material y formalmente, el carácter indefinido y de transición del poder público. No olvidemos que el problema del poder es el problema fundamental de toda revolución”.
A partir de Julio Lenin modifica el mapa de los caminos que deben llevar a la toma del poder. Pone en duda que aun logrando obtener la mayoría bolchevique en los soviets, tarea en cualquier caso indispensable, esta estrategia permita por sí sola al proletariado llevar a cabo su propia revolución. Lenin, que ha visto cómo el gobierno ha movilizado las tropas en cuanto ve amenazado su poder, asume la necesidad de prepararse para la insurrección armada ya no como mecanismo de defensa de las posiciones ganadas por el proletariado desde el mes de febrero sino como estrategia revolucionaria en la que el apoyo de las masas debe ser organizado desde perspectivas de enfrentamiento armado que lleven al derrocamiento del gobierno provisional. Son los acontecimientos de Julio los que ponen en marcha la insurrección bolchevique que habrá de culminar en el Octubre de la revolución. Cierto que en el mientras tanto la propia mala lectura que las fuerzas conservadoras realizan de la situación va a dar lugar al fracasado golpe militar del General Kornilov con todo lo que eso va a suponer de impulso para los bolchevique, pero será la nueva línea que Lenin introduce en el partido, no sin profundas resistencias, discrepancias y polémicas, la que permita trazar los movimientos necesarios para llegar hasta el Palacio de Invierno y hasta “el día después” en el que la revolución realmente comienza. Prueba una vez más de que el partido de Lenin fue ante todo una inteligencia en marcha, flexible, sagaz, sutil y al mismo tiempo fuerte, firme y resistente.