¿Podían los partidos comunistas europeos reinventarse?
Jordi Borja
Geógrafo urbanista, profesor de la Universitat Oberta de Catalunya
Los partidos comunistas nacieron con la revolución rusa de 1917. Casi siempre los fundadores fueron colectivos socialistas y sindicalistas radicalizados por la guerra y por las condiciones de vida de los trabajadores. Nacieron como una esperanza, un mito movilizador, una doctrina salvadora, un afán apostólico, una vocación militante vanguardista. Con una madre protectora, la URSS. Como constaba en los principios de la Internacional comunista proclamaban: los proletarios de todo el mundo tienen dos patrias, la propia y la URSS. Los PP.CC. nacieron con el alma marxista-leninista, con el modelo de la revolución del 17 y el librito del Estado y la revolución, con la dictadura del proletariado pervertida por el estalinismo y no por la revolución democrática que preconizaban Marx, Engels y la gran mayoría y Rosa Luxenburg y los socialdemocratas de izquierda occidentales. Sin embargo los PP.CC. europeos vivían en países donde se habían iniciado procesos políticos democráticos des de los siglos XVII (Inglaterra), en el XVIII (Estados Unidos y Francia) y en el XIX (la mayoría de los Estados de Europa occidental y central. Una democracia limitada y excluyente casi siempre, con derechos sociales muy precarios, con obstáculos legales y culturales para participar en la política institucional. Pero existía el pluralismo político, elecciones, derechos de organización y de expresión, de huelga incluso en algunos países. Siempre con las limitaciones citadas. Con largos periódos autoritarios, dictatoriales, militaristas o fascistas. Pero los PP.CC. pronto entendieron que debían luchar por la democracia política y los derechos sociales y pronto renunciaron al objetivo concreto del "poder a los soviets" que aún se utilizó hasta inicio de los años 30. Los PPCC europeos se desarrollaron con una alma revolucionaria ideológica (soviética) y un cuerpo reformista combativo (lucha de clases y libertades políticas). La ambigüedad de esta dualidad fueron a la vez su fuerza y su lastre. El mito movilizador también era el principal obstáculo para llegar al poder.
Los PP.CC. occidentales si eran fuertes se mantuvieron fuertes cuando se alejaron gradualmente del PCUS. A partir de los años 60 los lazos con el bloque soviético se fueron distendiendo. Unos años antes Kruschev lanzó el órdago en el XX Congreso del PCUS que desmitificó a Stalin pero no mucho al stalinismo. Se criticaron los “excesos” pero no el sistema. Los Partidos comunistas occidentales recibieron este golpe al pasado con más miedos que esperanzas. Habían vivido de una imagen que se desdibujaba, el paraíso tenía aspectos más bien propios del infierno. Pero algunos líderes, como Togliatti, vieron la oportunidad de renovar la imagen del partido y superar la dualidad entre democracia versus socialismo. En el octavo Congreso del PCI formuló “la via italiana al socialismo”.[1] En los países occidentales una gran parte de la militancia se resistía a creérselo, otros al contrario confirmaron sus sospechas y dejaron el partido desengañados o se mantuvieron en el partido con más escepticismo que ilusión. “Je les ai cru, je les ai cru…” se lamentaba el poeta Aragon (yo los he creído…). Unos años después Kruschev fue destituido y el posible proceso democratizador que había avanzado muy poco quedó congelado por el siniestro personaje Brejnev y el ideólogo Suslov. Togliatti poco antes de morir escribió un documento en Yalta (1964) que se convirtió en testamento. Hasta entonces planteaba una política y una doctrina específica para Italia e implícitamente para los países europeos occidentales. En el Memorial de Yalta propone un comunismo policéntrico, es decir considera de facto el fin del movimiento comunista internacional. La China ya se había divorciado de la URSS.
Sin embargo los PP.CC. europeos continuaban siendo “los patos feos” de las democracias capitalistas. En parte porque estos partidos no habían superado en su conjunto su carácter dual, la aceptación de la democracia pero sin renunciar a un momento revolucionario que cambiaría las reglas del juego.[2]Y en parte también porque los intereses políticos de los otros partidos y de los poderes económicos y mediáticos deseaban tener a los comunistas a cierta distancia del poder. Apareció el eurocomunismo por iniciativa de nuevo del PCI. Y con Belringuer llegó a su cenit. Fue a partir del golpe de Estado de Chile (1973). La propuesta de Berlinguer, “el compromiso histórico”, consideraba que un proceso de cambio socializante suponía un apoyo mayoritario y pluralista, que no fue el caso de Chile. Berlinguer y Carrillo, es decir el PCI y el PCE, explicitaron claramente la vocación democrática sin renunciar a la transformación social y económica. EL PC francés se añadió al “eurocomunismo” no sin bastantes reticencias y escaso entusiasmo. La URSS existía, los PP.CC. europeos se habían ido alejando ya desde la invasión de Checoeslovaquia (1968) y más claramente cuando la URSS ocupa Afganistán y se da el golpe de Estado apoyado por la URSS en Polonia (1981), aunque es posible que los militares polacos se adelantaran a los rusos para evitar la ocupación. El bloque soviético empezó a romperse, Cheoceslovaquia, Alemania del Este, los paises bálticos. se tambaleaba hasta desmoronarse y fragmentarse hasta el infinito (1989). El ogro ni era tan filantrópico como decía ser ni tan poderoso como aparentaba serlo.
El eurocomunismo, cuando hubiera debido emergiendo con fuerza en el escenario político, se diluyó. Berlinguer murió en 1984. El PCI cambió primero de nombre y luego de naturaleza. Se desencarnó y lo que quedó se fusionó con fragmentos de la DC y de grupos varios. Y se convirtió en un partido estrictamente electoralista y socioliberal. Dejó de ser un partido sin futuro, un gran aparato integrado en las instituciones para sobrevivir. El PCE tuvo una debacle electoral (1982), Carrillo renunció y el PCE intentó volver a las esencias del pasado y olvidó el eurocomunismo. También se metarfoseó en Izquierda Unida con residuos del izquierdismo. Afortunadamente nacieron generaciones jóvenes que renovaron la política y que conectan, quizás sin saberlo, con lo mejor del PCE de los años 60 y 70. El PCF quiso mantenerse con sus siglas y su estilo, gradualmente pasó de los 20 a 25 % de votos hasta bajar incluso por debajo del 5%. Sobrevive con nostalgia acariciando su progresiva fosilización. La disolución de la URSS y el derrumbe del comunismo soviético y de sus satélites fueron la última puñalada. Los partidos comunistas no pudieron o no supieron renovarse y renacer en todas las dimensiones. Habían construido mimbres suficientes para articular movimientos y organizaciones sociales, participación en las instituciones políticas, capital intelectual potente, memoria histórica reconocida por su lucha social y nacional y por su adhesión a la democracia y rechazo explícito del modelo soviético. Pero no consiguieron armar un partido, renovado en sus ideas, organización y lenguaje, para la mayoría con propuestas de futuro y nuevos ideales. Hoy son ilustres y gloriosos fantasmas del tiempo pasado y no volverá.
La no reinvención de los partidos comunistas. Una anécdota personal. Cuando era aún reciente su paso a la reserva, sin cargos ni militancia política, cené con Santiago Carrillo. Con mucha tranquilidad y con una fría racionalidad me expuso el fin de los partidos comunistas. Tres argumentos. Uno: el fin de la sociedad industrial clásica del siglo XIX y de la clase obrera organizada en grandes empresas de producción, base principal de los PCs. Dos: el derrumbe de la URSS y el fracaso del “comunismo real”. Tres: el modelo de partido organizado para conquistar el poder a la espera de la crisis general del capitalismo y de la descomposición del Estado burgués. Un análisis claro, convincente y de sentido común. Pero él tampoco tenía respuesta a la pregunta ¿cómo reinventarse? Carrillo apostó fuerte en favor de un comunismo democrático pero su afán de mantener el partido unido, con el peso de la contradicciones expuestas, las dualidades incompatibles, el haber usado unos discursos para fuera y otros para dentro, necesariamente debía explotar. El PCE en los años 80 se desintegró, antes había ocurrido con el PSUC (en 1981), precisamente el que más recorrido eurocomunista había avanzado. Pudo haberse reinventado si primero hubiera pasado cuentas del pasado. No hubo tiempo ni se estaba preparado.[3]
Berlinguer nuevamente apuntó un inicio de reinvención, “la cuestión moral”.[4] Proclama con rotundidad “los partidos políticos hoy son ante todo máquinas de poder y de clientela…los partidos han degenerado y esto es el origen de nuestros males… la cuestión moral hoy en Italia, para nosotros los comunistas debemos denunciar la ocupación del Estado por parte de los partidos”. Denuncia a la Democracia Cristiana y rompe cualquier alianza con ella, se acabó “el compromiso histórico”. Propone que la función de los partidos es estar en el Parlamento pero no en todo lo que es Estado o para-estado. Las organizaciones sociales o culturales, las cooperativas, los sindicatos, etc pueden asumir funciones de propiedad o gestión de aquellos sectores de la producción o de los servicios de interés para todos los ciudadanos.[5] Evidentemente su partido, o por lo menos gran parte de sus dirigentes y de sus cuadros no estaban predispuestos ni preparados para estas invenciones y audacias. Simplemente se instalaron en las instituciones para sobrevivir y sin la escandalosa corrupción de otros partidos. El fracaso de Berlinguer fue el último intento de reinventar el comunismo democrático.
El comunismo no sobrevivió porque no renovó su base teórica, su proyecto político y su organización. Ni más ni menos. Marx y Engels son indispensables para entender el mundo de los siglos XIX y XX, pero no son suficientes como sustrato teórico. Menos aún en el siglo XXI. El comunismo puede renacer pero ni será “marxista” ni se llamará probablemente comunismo pues el comunismo soviético lo pervirtió y los partidos comunistas quedaron marcados por la matriz de la que nacieron. El horizonte político no puede depender de un gran momento de ruptura, el salto del capitalismo al socialismo, sino el cambio es un proceso constante de democratización de la democracia, a todos los niveles, política, economía, cultura, comunicación, organización social. La forma partido centralizado, jerárquico, casi militarizado corresponde al modelo de la fábrica y de la condición obrera. La nueva sociedad requiere descentralización, difusión en el territorio, diversidad de iniciativas y formas de acción. El elemento cohesionador no es un ideal cuasi religioso, inventar un mundo distinto que enterraría el viejo mundo. Se trata de desarrollar y hegemonizar la moral de cada día, la justicia, la compasión, la fraternidad y evidentemente la libertad individual y colectiva y la igualdad en el género, en el trabajo, en el territorio, en la cultura. Una moral que debe convertirse en fuerza social, cultural y política, que reside en las clases trabajadoras, los asalariados, los profesionales, los intelectuales, los que impulsan proyectos productivos.
Pudo haber sido un comunismo del siglo XXI, el derrumbe del comunismo del siglo XX no lo hizo posible. Pero nos queda la revolución de octubre, la audacia de un partido que quiso ante todo la paz, el pan, la tierra y el reconocimiento de los consejos de los trabajadores. Y la esperanza para los oprimidos del mundo, pareció que el ideal se hacía real. El comunismo real, con todas sus lacras, contribuyó mucho en civilizar la sociedad capitalista occidental y en introducir elementos democratizadores en la política y en el trabajo. Y forjó millones de militantes en Europa que dieron una gran parte de su vida por un ideal que fue también una lucha diaria por la dignidad del trabajo, el valor de la igualdad y las libertades para todos.
Nada se ha perdido si asumimos que todo se perdió. O quizás no.[6]
El autor ha tratado la temàtica del comunismo a lo largo de varias décadas. Citaremos algunas contribuciones relativamente extensas: 'Socialismo i comunistas davant la democràcia', Taula de Canvi, Barcelona 1976; 'Socialistas y comunistas en Europa occidental' en el libro colectivo 'Perspectivas sociales y políticas', Siglo XXI, 1985; 'Los comunistas y la democracia' en la revista Viejo Topo (nº 277, 2011); y 'El PSUC més que un partit' (publicado en las revistas Nous Horitzons y en L’Avenç, 2016.
[1] El octavo Congreso del PCI se celebró en 1956, el mismo año del Informe de Kruschev y la invasión de Hungría. Como se pueden ver como las contradicciones salen a la superficie. La propuesta de Togliatti era clara: en Europa occidental se avanzará al socialismo en el marco democrático. Su informe al Congreso lo reelaboró el año después y se convirtió en libro, El Partido Comunista italiano (1958). En Francia lo publicó la Editorial Maspéro, de orientación izquierdista. El PC francés no se dio por enterado.
[2] Un ejemplo de reticencia a asumir realmente la democracia política la encontramos en el PCE, adalid del “eurocomunismo”. Por primera vez se propuso que se explicitara que en el proceso hacia el socialismo habría pluralidad de partidos y alternancias por vía electoral. Fue en 1981 en una sesión de Comité Central. Una parte importante de dirigentes, incluído Santiago Carrillo (seguramente por no “provocar” a los dirigentes dogmáticos y más cercanos a los soviéticos) votaron en contra al pluralismo y la alternancia. Pero una mayoría votó a favor. Sin percibir que era una decisión muy novedosa, sin darle importancia. Unos, eurocomunistas, porque les parecía lógico, otros muy poco eurocomunistas para votar contra Carrillo.
[3] Ver el artículo de J.Borja, Los comunistas y la democracia, nº 277, 2011.
[4] El origen de La cuestión moral fue una larga entrevista de Berlinguer con Eugenio Scalfari, director del diario La Republica, en el 28 de julio de 1981. Más adelante desarrolló este texto el Informe al Congreso del PCI de 1983. Y apuntó algunos nuevos argumentos en el discurso pronunciado el 7 de junio de 1984, pocos días después moría. Posteriormente se publicó en libro, con algunos anexos citados, Aliberti Editore (2012).
[5] Algo parecido ya propuso Harold Laski, teórico liberal y militante socialista. Vinculado al Labour y más aún a los sindicatos (trade unions) y recuperador de la historia del “cartismo” y de los “levellers” (niveladores). Fue miembro del grupo de Bloomsbury en compañía de los esposos Webb, E.M.Foster, B.Russell, L.Witgenstein, J.M.Keynes y amigo de Chaplin, Roosevelt, Einstein… Muy crítico con el “comunismo soviético”. Defendía un Estado limitado en cúanto a propiedad pública. Proponía distintas formas de propiedad y gestión social por parte de las empresas básicas y de los servicios de interés general. Por ejemplo mediante los sindicatos o otras organizaciones sociales o cooperativas. Ver los tres artículos que publicó en Harper’s Monthly Magazine entre 1929-1930. Versión castellana con una excelente introducción a cargo de Antonio José Antón Fernández con el título Los peligros de la obediencia, Sequitur 2011.
[6] Enzo Traverso, en su obra reciente Mélancolie de gauche, Éditions La Découverte, 2016, desarrolla una argumentación en favor de los derrotados, son semillas para las victorias futuras.