Las mujeres y la Revolución rusa. Cambiar el mundo, revolucionar la vida
Josefina Luzuriaga Martínez
Historiadora
El 8 de marzo de 1917, en el día internacional de las mujeres, daba comienzo la Revolución rusa. Las obreras de las fábricas textiles de Petrogrado salieron a la huelga y agitaron en las fábricas vecinas: “¡Abajo la guerra!”, “¡Pan para los obreros!”. Poco después se vivó una inmensa huelga general, que terminó con el Imperio de los Zares.
Los censos de 1897-1914 muestran que había 20 millones de mujeres trabajadoras en el Imperio ruso. Cerca de la mitad estaban ocupadas en tareas domésticas, mientras un quinto eran obreras industriales. Hacia 1917, la cifra de trabajadoras industriales alcanzó 7,5 millones. La escasez de pan y las penurias de la guerra encendieron la energía revolucionaria de las obreras, las campesinas y las viudas de los soldados.
El libro de la historiadora Barbara Evans Clemens sobre las mujeres bolcheviques muestra que, entre febrero y octubre, la participación de las mujeres fue en aumento. Eugenia Bosh, Inessa Armand y Aleksandra Kollontai fueron tan solo las figuras más conocidas entre miles de militantes bolcheviques que en esos meses se dejaron la piel organizando la revolución. En 1917 volvió a editarse el Rabotnitsa, un periódico de las bolcheviques dirigido especialmente a las trabajadoras. Sus editoras denunciaban la opresión de las mujeres por las tradiciones patriarcales y por el capitalismo.
La Revolución abrió un mundo nuevo para las mujeres
Las mujeres hicieron la revolución, y la revolución transformó sus vidas radicalmente. La toma del poder en octubre permitió conquistar grandes derechos para las mujeres. El Código soviético de 1918 estableció la igualdad ante la ley, el divorcio sin condiciones e iguales derechos para los hijos nacidos fuera del matrimonio. En agosto de 1919, las militantes bolcheviques crearon el Zhenotdel, integrado por trabajadoras, campesinas y amas de casa, para abordar las dificultades de la guerra civil. En noviembre de 1920, se legalizó el aborto, mucho antes que en las democracias capitalistas occidentales.
"Si una mujer es capaz de subirse a un andamio y luchar en las barricadas", escribió la bolchevique Samoilova, "entonces es capaz de ser una igual en la familia obrera y en las organizaciones obreras".
Eran años de debates avanzados y experimentación: la emancipación de las mujeres, la liberación sexual y la trasformación de las relaciones personales se concebía como parte de la misma lucha por el socialismo. Pero para llegar a ese punto, había que conquistar para las mujeres la igualdad plena, no solo ante la ley, sino, sobre todo, ante la vida.
La historiadora Wendy Goldman señala que la concepción bolchevique sobre la emancipación femenina se asentaba en cuatro pilares fundamentales: “la unión libre, la liberación femenina a través del trabajo asalariado, la socialización de la labor doméstica y la extinción de la familia”. Respecto a la cuestión del trabajo doméstico, no proponían simplemente una división igualitaria del trabajo del hogar entre hombres y mujeres, sino transferir esas labores al ámbito público, socializando el trabajo doméstico. La familia, como unidad de reproducción y consumo, perdería así sus fundamentos.
Respecto a la Unión libre, la primera medida elemental era el derecho al divorcio, sin condiciones. Pero también había debates avanzados sobre la libertad sexual. Por ejemplo, Kollontai tenía posiciones críticas de la idea del amor romántico, y promovía que las mujeres pudieran tener múltiples experiencias sexuales a lo largo de su vida, sin tener que estar atadas al matrimonio, etc.
La creación de guarderías, Casas cuna, comedores, centros de alfabetización y otras iniciativas eran un primer paso, según los bolcheviques, pero en medio de las dificultades de la guerra civil y de la NEP resultaban completamente insuficientes. La lucha por la emancipación femenina se enfrentaba también a prejuicios milenarios y el peso de la religión. Para Lenin, “el demonio más difícil de combatir” era la influencia de los curas en el campo, por lo cual había que atacar las condiciones de miseria, pobreza y falta de educación.
Entre 1920 y 1922 la socialista revolucionaria alemana Clara Zetkin se encuentra a conversar con Lenin en Petrogrado. En estos encuentros debaten sobre la cuestión femenina en la URSS y la organización de las mujeres en la Internacional. En sus Recuerdos sobre Lenin, Zetkin registra las opiniones de aquel, quien rechaza con desprecio las actitudes patriarcales dentro de las filas comunistas:
“Desgraciadamente, también de muchos de nuestros camaradas se puede decir aquello de ‘escarbad en el comunista y aparecerá el filisteo’. Escarbando, naturalmente, en el punto sensible, en su mentalidad acerca de la mujer. ¿Se quiere prueba más palmaria de esto que la tranquilidad con que los hombres contemplan cómo la mujer degenera en ese trabajo mezquino, monótono, de la casa, trabajo que dispersa y consume sus fuerzas y su tiempo, y sumisión al hombre?” Una gran tarea de la revolución era justamente arrancar a las mujeres de la “esclavitud doméstica”.
La posición Lenin en esta cuestión se puede ver claramente en el artículo “El poder soviético y la posición de la mujer”, de noviembre 1919: “La democracia burguesa promete de palabra la libertad y la igualdad. Pero en la práctica ni una sola república burguesa, ni la más avanzada, ha otorgado a la mujer (la mitad del género humano) plena igualdad de derechos con los hombres, ante la ley, ni ha liberado a la mujer de la dependencia y opresión de los hombres.”
León Trotsky a afirmaba también en el mismo sentido, que en cuanto el “lavado estuviera hecho por una lavandería pública, la alimentación por un restaurante público, la costura por un taller público”, “el lazo entre marido y mujer sería liberado de todo factor externo y accidental”. Se desarrollarían relaciones nuevas, “obligatorias para nadie”, sobre la base de los sentimientos mutuos.
De la esperanza al largo retroceso
Sin embargo, después de un primer momento de grandes esperanzas, experimentación y conquistas, se vivió un importante retroceso. Las enormes dificultades de la revolución -aislada internacionalmente- y la destrucción provocada por la guerra civil fueron bases materiales para la emergencia de una burocracia en el Estado y en el partido dirigente. La consolidación del estalinismo como burocracia a la cabeza del Estado fue acompañada de una restitución de los valores patriarcales. En junio de 1936, se decretó ilegal el aborto, como parte de una campaña para promover la “vuelta al hogar”. La burocracia pretendía una “jerarquía estable de las relaciones sociales”, por lo que en 1930 disolvió la sección femenina del partido, el Zhenotdel, penalizó la homosexualidad y criminalizó la prostitución. Este proceso fue a la par de una ofensiva represiva desde el Estado. Como documenta Josep Fontana en su libro El siglo de la revolución, entre 1936 y 1939, fueron fusiladas 700.000 personas, acusadas de oposición al régimen. El abandono de la perspectiva de la revolución internacional y su reemplazo por el “socialismo en un solo país”, la suplantación de la democracia soviética por el régimen de partido único y la dictadura de la burocracia se produjo al mismo tiempo que el retroceso de las conquistas de las mujeres y los sectores más oprimidos. En ese contexto el horizonte del comunismo, como sociedad sin clases, sin estado y sin opresiones, se transformó en una brutal hipertrofia del Estado y el regreso de las mujeres al resguardo de la “familia”.
El devenir trágico en las décadas siguientes fue el desarrollo de una progresiva separación de las demandas de las mujeres contra la opresión respecto a la lucha revolucionaria por el socialismo. La segunda ola del feminismo radical en los años ’60 y ‘70 tendió a identificar “comunismo” con “estalinismo”, rechazando por igual a ambos, y limitando la lucha de las mujeres a rebeliones culturales en los marcos del capitalismo existente, movimientos para “ampliar la igualdad en la democracia” o luchas por la “identidad” sin proponerse subvertir al capitalismo con las fuerzas de las trabajadoras y los trabajadores. Las condiciones actuales, donde el patriarcado y el capitalismo siguen entrelazándose y reforzándose, con millones de mujeres padeciendo dobles cadenas de explotación y opresión en todo el mundo, muestran los límites de esa propuesta.
Cien años después del inicio de aquella Revolución que cambió la historia del siglo, la lucha de las mujeres contra la opresión patriarcal, el machismo, el racismo y la explotación, siguen siendo tareas pendientes y necesarias. Por eso es clave recuperar el hilo rojo de la historia de aquellas mujeres, trabajadoras y campesinas, que se atrevieron a revolucionar el mundo y sus propias vidas hace un siglo atrás. Recuperar la potencialidad revolucionaria abierta en momentos en que la clase trabajadora se transforma en sujeto hegemónico, tomando como propia la lucha contra las opresiones de género, contra la opresión racial y las demandas democráticas.
Una de las reflexiones tal vez más interesantes que podemos retomar, es que la lucha por la emancipación de las mujeres necesita unirse firmemente con la lucha por terminar con esta sociedad de opresión y explotación que es el capitalismo. Porque como dijo la socialista norteamericana Louise Kneeland en 1914: “Quien es socialista y no es feminista carece de amplitud. Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia.”