Por una ley que tenga en cuenta a las personas
Regina Bayo-Borrás
Psicóloga Clínica. Psicoanalista - Presidenta Comisión de Psicoanálisis (Colegio Oficial de Psicología de Cataluña ) – Plan de Salud Mental ( Ayuntamiento de Barcelona)
Quiero empezar esta aportación al debate de Público sobre la Violencia de Género manifestando gran sintonía con el documento elaborado por Soledad Murillo. De los diferentes vértices que aborda sobre este tema, yo me voy a centrar en los siguientes:
1.- En el que hace referencia a que “las interacciones sentimentales son extraordinariamente complejas.”
Efectivamente, en esta complejidad extraordinaria es necesario no perder de vista algunos aspectos psicológicos que influyen en que se pueda dar “un esquema de subordinación y autoridad” entre los miembros de la pareja. Estos esquemas no sólo se producen por mecanismos sociales, culturales y económicos, sino también, por un entramado de estereotipos de género inconscientes, que se han ido tejiendo a lo largos de las generaciones que nos preceden. Durante la infancia se transmiten, consciente e inconscientemente, tanto por el padre como por la madre, y cristalizan en la adolescencia.Así,pues,transmitidos y recibidos durante la etapa de constitución subjetiva de cada niño y niña, estos esquemas relacionales sobre determinarán –inevitablemente- las conductas relacionales de su vida adulta, reproduciendo –en ocasiones- relaciones de dominio, violencia, abuso y/o malos tratos. Como estos aspectos de la subjetividad e identidad sexual no son conscientes, -y precisamente por eso-, se manifiestan con gran fuerza en momentos de cambio y/o de crisis en la vida de la pareja, como con el nacimiento de los hijos, o ante la pérdida de la estabilidad económica. También pueden darse descompensaciones graves en el varón cuando la mujer toma decisiones que modifican su rol de madre y cuidadora de la familia: al reincorporarse al trabajo, o, ya no digamos, si decide salir de una relación asfixiante y tóxica para su equilibrio emocional.
2.- Investigación: Desde la perspectiva psicológica, los profesionales echamos de menos que no se prioricen también las estrategias terapéuticas (además de las políticas, jurídicas, sociales y sanitarias). Resulta imprescindible atender los aspectos emocionales de las mujeres maltratadas. La mujer maltratada se adapta, se acopla, se aviene y no percibe el maltrato, está tan acostumbrada que es como su medio vital, no conoce otra cosa. De esta manera se sostienen -de manera colusiva- relaciones tóxicas durante decenios, que cuando se intentan “desintoxicar” pueden producir incluso depresión severa. En este sentido hay muchos datos que todavía no se visualizan suficientemente, y que, sin embargo, nos ayudaría a comprender mejor –desde una perspectiva clínica- cómo es que la mujer maltratada soporta la situación de violencia y la llega a perpetuar sin buscar ayuda. También nos interesa conocer la historia previa de la mujer –y del varón- para poder correlacionarlos con su vida actual. La experiencia de asistencia psicológica a mujeres maltratadas nos muestra que una gran mayoría ha tenido una vida “difícil”; han padecido sucesos traumáticos de variada índole, desde abusos sexuales, malos tratos físicos y psicológicos a pérdidas que no han podido ser elaboradas adecuadamente, orfandad, etc.
3.- Perfiles: Hoy en día es muy difícil, por no decir imposible, hablar de características propias de las mujeres, pues no hay un universal que nos defina. El perfil de la mujer maltratada vamos conociéndolo mejor a medida que tenemos más casuística de casos. Muchas que se encuentran en esta situación ya se atreven a consultar; a veces acompañadas de su madre, hermana o incluso hija mayor. Prefieren acudir a un profesional que les entienda y ayude a salir del infierno (palabra muy utilizada para describir lo que están viviendo) antes que denunciar y entrar en procesos judiciales, peritajes, interrogatorios y publicidad. Es cuando los profesionales conocemos la intimidad de esas relaciones violentas y abusivas, cómo se han ido gestando. Descubrimos, con ellas, que la semilla ya apareció durante el noviazgo y germinó con la convivencia. En muchas ocasiones, la maternidad fue el escenario de las eclosiones más violentas. Afortunadamente hemos roto algunos corsés que reducían la libertad de movimiento, de pensamiento y de toma de decisiones.
4.- Defensa: Importante investigar por qué las denuncias se han reducido significativamente en los últimos años: quizá las mujeres no confían demasiado en que ese vaya a ser un procedimiento que las ayude realmente. ¿Cómo entender que una mujer que padece violencia y malos tratos no pueda huir, defenderse o denunciar? Esta cuestión es clave, un eje sobre el que pivotea todo lo demás. Y esta “indefensión aprendida”, que va creciendo en peligrosa espiral hacia el aislamiento social, mantiene a la mujer presa –más que de su maltratador- de sus propios miedos: miedo a equivocarse en su percepción de lo que le está ocurriendo; miedo a las consecuencias de una contestación más activa por su parte; miedo a perder lo que todavía le queda, como por ejemplo, la relación con sus hijos, de perder la vivienda, un cierto lugar social; miedo a ser considerada injusta, egoísta y parcial en sus quejas. De acuerdo con que la fiscalía ha de actuar de oficio, pero teniendo en cuenta el estado de vulnerabilidad en que se encuentra la mujer, y actuar con su consentimiento. Así como no procede retirar a los hijos de su madre aún cuando ésta no sea una buena relación para ellos (siempre según grados, por supuesto), tampoco se puede criminalizar (en un primer momento) a la persona amada/temida. Conocemos los efectos también en los varones: cuando hay amenaza de abandono por parte de la mujer, su vida corre peligro de autolisis o suicidio.
5.- Hijos: ¿Qué sabemos de los niños que están viviendo la violencia entre sus padres día a día, en un clima de terror sin nombre? ¿Qué seguimientos se están haciendo de su evolución psico-social y educativa? Sabemos cómo las agresiones físicas, sexuales y psicológicas dañan el psiquismo incipiente de los menores, cuya formación y consolidación requiere, al menos, los primeros 15 años de vida. Las experiencias vividas por los hijos pueden equipararse a los traumatismos de guerra, por el terror que generan. Y esas experiencias dejan secuelas psíquicas durante muchos años, por no decir que condicionarán su vida afectiva y social futura. Igualmente, tener una madre aterrorizada, humillada, y despreciada activamente por su pareja.
6.- Prevención: Nos parece imprescindible no cejar en la tarea preventiva con las adolescentes, desactivar las idealizaciones que todavía tienen sobre el amor, en una búsqueda fantasiosa e ingenua de un hombre salvador ¿De qué? ¿De dónde? Cuando nos interesamos por ellas, se abren y hablan de su vida familiar, encontramos que están viviendo relaciones abusivas con sus padres, o de un hermano mayor varón; o que han padecido negligencia parental y/o han sufrido abusos sexuales. Son proclives, entonces, a quedar hechizadas por un amor, tierno al principio, que luego se transforma en posesivo y cruel.
Y con estas observaciones, espero contribuir a seguir reflexionando sobre la violencia machista, acerca de los rasgos psicológicos e inconscientes de las mujeres afectadas, para elaborar una Ley no sólo de las conductas, sino también de y para las personas.
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