La democracia será feminista o no será
Isabel Serra y Rebeca Moreno
Isabel Serra, estudiante y feminista de Podemos. Rebeca Moreno, docente y activista social
Existe un amplio consenso social sobre la gravedad de los casos de violencia machista. De forma general la igualdad "como principio o idea es aceptada sin fisuras", como recalca Soledad Murillo. El asesinato de una media de sesenta mujeres al año en este país es percibido socialmente como un problema de primer orden que aparece en las portadas de la sección de nacional de todos los medios de comunicación: condenamos los hechos, guardamos minutos de silencio y vemos carteles en el metro invitándonos a la tolerancia cero. Es necesario señalar que a este fenómeno no siempre se le ha dado la importancia que le damos hoy. Ha sido el feminismo quien ha señalado el carácter estructural de la violencia machista y su función de control sobre todas las mujeres. Gracias a las feministas se ha emprendido la labor de visibilizarlo y y combatirlo al mismo tiempo. De hablar de los “crímenes pasionales” a nombrar las agresiones como violencia de género o machista hay un gran paso a nivel conceptual. La introducción en la agenda feminista internacional ha sido, sin duda, una victoria del feminismo. Ahora bien, los innegables avances se encuentran también frente a numerosas contradicciones
Desde el feminismo se han planteado numerosas críticas a la Ley Integral Contra la Violencia de Género por insuficiente tanto en sus planteamientos como en su financiación. Aún así, más allá de las deficiencias de la ley hay un problema anterior, se han hecho más esfuerzos punitivos que preventivos. Hasta ahora en el Estado Español los avances que se han hecho en materia de violencia machista son fundamentalmente legislativos y de carácter penalista, cuando probablemente se trata de una problemática que requeriría volcar enormes esfuerzos en el terreno de la prevención de la violencia desde la raíz. Esto ha sido criticado tanto desde el movimiento feminista como desde la judicatura. La jueza Manuela Carmena, por ejemplo, sostiene que “la sociedad actual está llegando a tener una saturación absoluta de leyes ”1. Es este terreno, como en cualquier otro, “para solucionar algo lo primero es ver cuáles son las causas del problema, y si no se analizan las causas no se pasa de esa fase previa porque si no podríamos incurrir en errores importantes". Por otra parte, una ley que no se dota de los mecanismos y la financiación suficiente para poder llevar a cabo su implantación, seguimiento y evaluación queda en papel mojado. Hacer leyes es muy barato, desplegar un programa efectivo (planes integrales realizados a partir de la evaluación de los anteriores) para la prevención de la violencia machista requiere un compromiso político fuerte y una dotación material considerable. Los planes, a diferencia de las leyes, “son mucho más elásticos, más participativos y permiten muchísimo mejor su evaluación”. La violencia machista es un fenómeno profundamente incardinado en nuestra sociedad, forma parte de nuestro proceso de socialización2 y es necesario combatirlo desde su raíz: combatiendo la ideología patriarcal en todos los niveles.
Es por eso que "el problema viene cuando la igualdad ha de traducirse en prácticas sociales concretas, en acciones”, como nos advierte Soledad Murillo. Más allá del compromiso genérico con la "igualdad", cuando tratamos de convertir ese principio en algo que produzca efectos sobre la realidad comienzan las resistencias. Que tenemos derecho a ser iguales en oportunidades es de sentido común, visibilizar los obstáculos que lo impiden es terreno de disputa. Si hablamos de la necesidad de erradicar la violencia machista necesitamos comprender en profundidad ese fenómeno y localizar las herramientas teóricas y políticas que necesitamos para combatirlo.
La R.A.E define el feminismo como el "movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres". Es una explicación sencilla, pero probablemente deje fuera una parte fundamental del problema. El feminismo, no está de más recordarlo, es un movimiento social, político y cultural que ha tenido por objeto la lucha contra el patriarcado. Para Marta Fontenla "El patriarcado puede definirse como un sistema de relaciones sociales sexo–políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia3".
Sólo partiendo de un marco conceptual riguroso podemos entender la violencia machista como lo que es: no es algo que ocurre entre dos personas, sino un conjunto de dispositivos que provocan que las mujeres sufran constantemente un violencia que es estructural. Se trata de una forma de control que el patriarcado ejerce sobre todas las mujeres y en muy diversos grados; forma parte del engranaje mismo de nuestras vidas, bien porque la sufrimos directamente, bien porque nos ronda la constante amenaza de poder sufrirla.
El feminismo nos ha enseñado que visibilizar las opresiones es el primer paso para combatirlas. Nos ha enseñado, también, que construir la igualdad sólo es posible a partir de la constatación de la desigualdad y la dominación de unos sobre otras. Para poner en marcha mecanismos que nos permitan tener vidas libres de cualquier violencia necesitamos explicar por qué es imposible tener las mismas oportunidades que los hombres en un contexto patriarcal. Dicho de otra forma, necesitamos el feminismo, necesitamos, casi, estar orgullosas de ser feministas, porque sólo desde el feminismo podemos hacer un análisis completo de la realidad. Más allá de luchar "por la igualdad" necesitamos reivindicar el legado feminista, las luchas que nos han traído hasta aquí y que nos llevarán a mejores lugares. El peligro (aunque también la potencia) de los significantes difusos radica en su ambigüedad. En nombre de la "igualdad" grupos neomachistas tratan de combatir la acción positiva (discriminación positiva), y de paso niegan la violencia machista como una realidad. Como dice Celia Amorós “en el feminismo conceptualizar siempre es politizar. Por eso es tan importante conceptualizar y tratar de conceptualizar bien4”.
De este modo, más allá del plano conceptual, pero en relación con el concepto de “feminismo”, luchar contra la violencia machista implica mejorar las condiciones materiales de las mujeres. La violencia machista no puede ser entendida como una circunstancia al margen de las condiciones sociales, políticas y económicas en las que vivimos. Es necesario, como dice Soledad Murillo "profundizar en la violencia como una relación que se deriva de una posición de inferioridad en una estructura que son los factores de la desigualdad". La igualdad jurídica no será efectiva sin igualdad económica. ¿Cómo se hace eso?, con gasto público, con educación, con profesionales instruídos en cuestiones de violencia de género, con protocolos destinados a las facultades de atención primaria que comprendan por qué una mujer tarda días en denunciar una agresión (o más bien por qué no suelen denunciar), con jueces que sean educados en materia de desigualdad de género. Se hace, también, replanteando la división sexual del trabajo y la discriminación laboral; construyendo un mundo en el que no seamos las mujeres quienes sufrimos en mayor grado la precariedad, quienes nos responsabilizamos del trabajo de cuidar a nuestros hijos, a nuestros maridos, a nuestras madres, a las personas dependientes. En este sentido, la aprobación de los presupuestos generales del Estado para el 20155 va en sentido contrario a las políticas que necesitamos: retrocediendo en progresividad, sin aumentar prácticamente la financiación al “Programa de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres” (que sólo alcanza el 55% respecto a 2009), o al programa “Actuaciones para la prevención integral de la violencia de género”(que sólo alcanza el 77% de lo que tenía en 2009), o sin un aumento significativo del el gasto en ayuda a la dependencia después del gran recorte desde el RD-Ley 20/2012.
Vivimos tiempos de grandes cambios en los que tenemos oportunidades que nunca pensábamos que estarían tan cerca. Se abren procesos constityentes y de deliberación en la ciudadanía, en los movimientos sociales y en todas las fuerzas políticas. De la interacción de estos actores, de las apuestas, de los aciertos y los errores, de las formas de hacer política y de relacionarnos, de si construimos movimientos capaces de empoderar a la ciudadanía y a las mujeres como parte de esta, y de las prioridades que nos marquemos dependerá la posibilidad de construir otra democracia, otro modelo social, económimo y politico y otra forma de vida. Una democracia sustentada en un concepto de ciudadanía inclusivo, que tenga como prioritario combatir los efectos que resultan de la estructura patriarcal (tanto en lo publico como en lo privado), y que sea entendida como el mutuo respeto del que nos habla Soledad Murillo, sólo será posible con el feminismo. Una democracia de ciudadanas y ciudadanos libres (libres de violencia y libres para desarrollar su proyecto de vida) es aquella que garatiza, interviniendo contra los obstáculos que la realidad patriarcal impone, las mismas oportunidades para todo el mundo. La democracia será feminista o no será.