«Clara no debe ponérselo, porque, a fin de cuentas, él se lo ha pedido por favor»
Mercedes Bengoechea
Me parece magnífica la síntesis del recorrido de la ley contra la violencia de género que ha presentado Soledad Murillo. Déjenme que aborde el tema desde una perspectiva diferente a las de los comentarios anteriores, no con ánimo de disentir, sino, por el contrario y humildemente, en un intento de reforzar y complementar el caleidoscopio de visiones ofrecidas.
Para ello partiré de una investigación que se realizó en 2008 en Escocia. El estudio, dirigido por Nancy Lombard, pretendía medir la percepción de distintos grados de violencia por parte de escolares de primaria de Escocia de entre 10 y 12 años(1) . Con ese fin se presentaban al alumnado diversos casos, a partir de los cuales se establecía un debate en clase. Uno de tales casos era el siguiente:
“Clara y Lucas llevan saliendo cuatro meses. A Clara le gusta mucho ponerse vaqueros con una chaleco rosa. Lucas le ha pedido a Clara que no se ponga el chaleco porque otros chicos la miran”.
Permítanme que mencione algunas de las intervenciones de las chicas en el debate:
• Puede que ella se lo ponga para que la miren; entonces es un poco “fresca”.
• A fin de cuentas, Lucas se lo ha pedido por favor.
• Pero sólo llevan saliendo cuatro meses.
• Lucas no tiene derecho a pedírselo porque aún no están casados.
• Lucas no debería pedirle eso, pero si Clara lo ama, no debe hacerle sufrir.
• Clara podría ponerse encima un jersey cuando salga con Lucas y luego quitárselo cuando salga
con sus amigas
• Podría ponérselo menos.
• Debería pensárselo, porque quizá él la deje.
A continuación figuran varios comentarios de los chicos:
• ¿Y por qué está Lucas celoso? Después de todo, es él quien sale con Clara, no los otros
chicos
• Lucas puede dar la impresión de imbécil si Clara está a su lado y los otros la miran.
• ¿Y por qué Lucas no les dice a los otros chicos que no la miren?
• Seguramente Lucas tiene miedo de que Clara vaya a dejarle.
• Si Clara disfruta con que los otros la miren, entonces Lucas tiene derecho a decirle que no
se lo ponga, porque, a fin de cuentas, es su novia.
Una lectura atenta de estas intervenciones nos indica que para los chicos y chicas del estudio, el control de la novia no se sitúa cognitivamente en el marco de abuso emocional, sino del amor. Por sus palabras, deducimos que aceptan como algo “natural” derechos de él y comportamientos inapropiados de ella. Es decir, aceptan el derecho de él al control de la novia; el derecho de él a la propiedad de la mirada sobre la novia; y la negación de la libertad de ella como sujeto autónomo: esto es lo normal cuando él la quiere.
Por otra parte, las intervenciones de los chicos refrendan algo que venimos diciendo desde hace tiempo: que el sexismo (sea o no violento físicamente, y Lucas aquí es sexista) juzga inexorables el sometimiento y la inferioridad femeninas, además de servir a los varones fundamentalmente para obtener experiencias de poder y control, reduciendo así la incertidumbre sobre su propia identidad.
Vemos también que, en general, las intervenciones de las niñas coinciden en dirigir el problema hacia ella. Las niñas ofrecen ideas que se centran casi en exclusiva en que Clara cambie de conducta. Para ellas, el abuso emocional –que no reconocen como tal– es un problema femenino y son las novias quienes deben cambiar o “negociar” su comportamiento. Unos pocos años antes de esta investigación, el Eurobarómetro de 2000 revelaba la percepción por parte de la mitad de la población europea de que las culpables de la violencia machista eran las propias víctimas. La paradoja es que también las propias víctimas se sienten responsables de la violencia contra las mujeres. De hecho, junto a la pederastia, son los únicos delitos en los que las víctimas se sienten culpables. Lo cual está en consonancia cabal con los comentarios vertidos por las chicas escocesas del estudio de Nancy Lombard.
Con toda probabilidad esa investigación daría los mismos resultados en cualquier escuela de España. Los estudios detectan que el acoso a sus parejas y la vigilancia a través de las nuevas tecnologías y los mensajes de móvil por parte de los adolescentes va en aumento. Los datos de un informe realizado por la Universidad Complutense y el Ministerio en 2011 eran aterradores (https://www.msssi.gob.es/ssi/violenciaGenero/publicaciones/colecciones) y,lamentablemente, desde entones ha crecido el número de adolescentes procesados por violencia de género. Contamos con un dato escalofriante: casi la mitad de las adolescentes de este país consideran una prueba de amor que su pareja la llame constantemente para controlar su tiempo, que no le permita llevar cierta ropa o salir con cierta gente, que se crea con derechos sobre ella.
¿Cómo es posible que, después de décadas de lucha contra la violencia de género, se mantenga esta percepción del amor unida a los derechos de ellos y las obligaciones de ellas? Podemos aventurar que, pese al acierto del planteamiento básico de la ley contra la violencia de género, hay un aspecto que la ley aborda solo de manera indirecta. Me refiero al entramado cultural, lo que Laura Freixas denominó tan acertadamente nuestra “cultura maltratadora” (https://www.lavanguardia.com/20141119/54419974481/una-cultura-maltratadora-laura-freixas.html).
La ley se centra en la protección de las víctimas que ya lo son y asume el origen indiscutible de la violencia –las relaciones de género en nuestra cultura. Para prevenirla, recomienda campañas de información e invertir en educación. Lo primero se ha llevado a cabo con relativa eficacia. Pese a las excepciones, creo sinceramente que los medios informativos en general han asumido su papel y respondido con responsabilidad histórica a la hora de informar sobre casos de violencia de género. Las políticas educativas, sin embargo, no han sido capaces de ofrecer alternativa a todo el entramado cultural responsable en último término de la violencia. Y es que, aunque existe condena expresa de la violencia física contra las mujeres, no se produce necesariamente una condena de las prácticas sociales, culturales y simbólicas que la sustentan.
Decimos a nuestros jóvenes que no está bien pegar a una chica; sin embargo, en su socialización informal videojuegos, videoclips, películas y series de televisión refuerzan reiterada, insistente y machaconamente la violencia contra las mujeres. Mientras, los medios de comunicación en el resto de sus noticias ensalzan las hazañas masculinas e ignoran las femeninas. La socialización formal, por su parte, mantiene unos contenidos educativos que han cambiado poco o nada: las mujeres permanecen ausentes del currículo (no hay pensadoras, filósofas, científicas, escritoras, pintoras, arquitectas o músicas en los contenidos educativos); la más importante institución religiosa del país continúa sin aceptar el ordenamiento femenino; la Norma lingüística censura expresiones como “niños y niñas” porque «en la palabra “niños” ya están incluidas las niñas, no hace falta mencionarlas expresamente»; las asignaturas con perspectiva de género son absolutamente minoritarias en las facultades y escuelas universitarias; y el canon filosófico-humanístico-literario ni ha variado ni se presenta críticamente. Por ejemplo, la prosa de García Márquez se exalta, presentando como excelso ejemplo estético un rito de dominación tan claro como Memoria de mis putas tristes, donde un anciano intenta, pero no logra, excitarse con una virgen de 12 años, consiguiendo finalmente una erección solo al ver a una criada de rodillas.
Me adelanto a quien pueda pensar que estoy proponiendo prohibir algún texto escolar. En absoluto. Sí propongo que se presenten críticamente. Los textos culturales nos explican a mujeres y hombres lo que somos, lo que podemos ser, lo que podemos imaginar, qué podemos hacer unos con otras y unas con otros y quién tiene poder para disponer sobre el cuerpo y la mente ajenas. Los textos nos hablan de quiénes somos en relación con los otros y las otras; también construyen nuestros deseos, nuestro placer y nuestra subjetividad. No me canso de afirmar que, si no reformulamos estos elementos culturales, analizándolos críticamente, reproduciremos la misma realidad insoportable.
La prevención continúa, pues, siendo la gran tarea a abordar por nuestra sociedad en su conjunto. Y la prevención debe ir unida al desmantelamiento de un entramado formado por artefactos culturales de muy diversa naturaleza, dado que los discursos culturales son el vehículo transmisor de la ideología de la superioridad masculina. Se empieza por dormir a las criaturitas con cuentos como La Bella Durmiente o Blanca Nieves, que mitifican la lujuria necrofílica de príncipes azules sobre mujeres inertes, a merced del varón que pase por allí, para continuar con toda una serie de narraciones, normas y discursos que van enseñando a chicas y a chicos a romper con la posible relación simétrica que pudiera establecerse entre unas y otros y a obtener placer de la anulación de la identidad femenina frente a la masculina en el amor. Ese amor asimétrico que servía de faro a las niñas escocesas del estudio y a cada una de nuestras adolescentes («si Clara le ama, no debe hacerle sufrir»).
No debe olvidarse que la violencia física es sólo el brote extremo de la sistematización de la inferioridad femenina, de su sumisión al hombre, la punta del iceberg de todo un proceso cultural de anulación femenina, en cuyo extremo figura la propia violencia física.
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(1) Nancy Lombard (2008) ‘It’s wrong for a boy to hit a girl because the girl might cry’: Investigating primary school children’s attitudes towards violence against women. In Karen Throsby and Flora Alexander (eds), Gender and Interpersonal Violence. Language, Action and Representation (Basingstone and New York: Palgrave Macmillan). 121-138.