Cuando la igualdad llegue a la democracia
Miguel Lorente Acosta
Médico, profesor universitario, Delegado del Gobierno para la Violencia de Género
Antes de iniciar mis comentarios quiero felicitar a Soledad Murillo por el texto tan sugerente y estimulante que ha compartido. Me parece muy completo y amplio en el abordaje de las cuestiones planteadas, y centrado en elementos clave, tanto para entender la esencia de las medidas desarrolladas como para comprender las reacciones y críticas que se han levantado ante las iniciativas.
Mi intervención podría iniciarla con otra pregunta planteada alrededor de la que nos traslada Soledad, ¿ha llegado el ejercicio democrático basado en el respeto mutuo a la idea de democracia que tenemos?, o lo que es lo mismo, ¿ha llegado la igualdad a la democracia?
A lo largo de los siguientes párrafos trataré de dar algunas referencias en ese sentido, siempre a partir del texto de Soledad Murillo.
1. DESIGUALDAD Y DEMOCRACIA
Para mí la respuesta a las preguntas que he lanzado antes es clara: aún no hemos traído la democracia a nuestra forma de pensar y sentir la realidad, ni para posicionarnos de manera activa ante ella. Lo que hemos hecho ha sido dotarnos de mecanismos formales para dar sentido a las decisiones adoptadas y justificaciones a lo alcanzado. Pero al igual que se dice de muchas religiones, se trata más de un ritual basado en esa fe ciudadana sobre lo que representa la democracia, que una verdadera democracia.
La democracia, como bien apunta Soledad Murillo, exige la Igualdad como valor y como principio, y una sociedad basada en una cultura construida sobre al desigualdad hombre-mujer y jerarquizada sobre referencias de poder, no puede considerarse democrática en su esencia, ni en su día a día, y menos aún en su “andar por casa”, aunque cumpla con todos sus ritos.
Por eso, los mecanismos dirigidos a conseguir esa democracia del respeto son considerados como un ataque al orden establecido, y por ello la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género (LIVG), se ve como una injusticia en sí misma y levanta rechazo en todos los sectores: judicial, legislativo, ejecutivo y social, aunque este rechazo se matice formalmente y se manifieste de forma diferente según el momento y sus oportunidades.
No se critica que se actúe contra la violencia de género, lo que se cuestiona es que se haga específicamente sobre las referencias que ha puesto de manifiesto el feminismo al incorporar la perspectiva de género en el análisis de la realidad. En definitiva, lo que revelan estas críticas a la LIVG es la construcción de poder basada en las referencias dada por los hombres, la defensa de los privilegios que proporciona, y la injusticia antidemocrática que supone.
Reducir las violencia de género a las circunstancias domésticas o familiares es una forma de ocultarla en esos contextos y de apartarla de la sociedad y de lo público, pero sobre todo, es negar la mayor, es decir, no reconocer que la desigualdad está en su origen.
Los planteamientos tradicionales del patriarcado intentan mantener las referencias que tantas ventajas y beneficios les han proporcionado a lo largo de la historia, y para ello insisten en varias ideas para apartar el problema de la desigualdad y del espacio público. Dos de estas ideas, comentadas por Soledad Murillo, son:
1. Limitar la violencia de género a un problema privado, y dejar que sea lo privado el que actúe como solución. Se trata de una estrategia cargada de perversidad y similar a la que ha prevalecido siempre a lo largo de la historia. No nace de un planteamiento nuevo, sino de un refuerzo de las referencias históricas que juegan con los contextos y con la propia identidad de hombres y mujeres. Es decir, de las referencias que llevan a las mujeres a considerar que la violencia de género está en su propia actitud y conducta, tal y como se dice desde la propia construcción cultural sobre el tema, y tal y como refuerza el agresor al justificar la violencia. Estas ideas son las que llevan a las mujeres a pensar que la ellas mismas deben “sacrificarse” para salvar la relación y a los hijos e hijas, y las que hacen que la sociedad cuestione o dude sobre la propia decisión de denunciar esta violencia, posición que facilita que se acepte sin a penas cuestionamiento el mito de las “denuncias falsas”.
De hecho en la actualidad, a pesar de todas las políticas y recursos que se han puesto en marcha en los últimos años, las mujeres que denuncian representan el 22% de todos los casos que se producen cada año (Datos de la macroencuesta 2011).
2. Considerar la violencia de género como el problema de un “colectivo”. Y se hace sobre un doble argumento que se refuerzan mutuamente. Por un lado, porque entiende que las mujeres forman parte de un “colectivo”, tal y como explica Soledad Murillo, y por otro, porque no quiere entenderse como un problema de las mujeres en general y de toda la sociedad, sino de “algunas mujeres”. Para estos planteamientos el problema radica en aquellas mujeres que “rompen con sus roles tradicionales” y faltan a esa identidad de mujer elaborada sobre las funciones de “esposa, madre y ama de casa”. Para estos planteamientos las mujeres que no abandonan sus roles, o aquellas otras que asumen responsabilidades fuera del hogar y las compatibilizan con sus funciones de “esposas, madres y amas de casa”, no tienen problemas.
Por lo tanto, según las explicaciones tradicionales de la violencia de género, las mujeres que la sufren “han hecho algo mal”, pues no todas las mujeres la sufren. De este modo refuerzan dos argumentos que continúan pesando en nuestros días: el de la culpa de las mujeres, y el de la “provocación”.
Sobre estos razonamientos las políticas que se ponen en marcha van dirigidas a paliar algunos de los resultados, son “políticas paliativas” que buscan el control de la situación sobre el orden establecido y en consonancia con la actitud crítica de la sociedad en cada momento. Sólo se aborda aquello que quede por encima de un umbral que se establece como límite de lo normal, umbral que es el que permite que continúe la desigualdad, el poder construido sobre ella, y todos los mecanismos de control establecidos para perpetuarlo, entre ellos la violencia contra las mujeres. No interesa ir a las causas de esta violencia y de tantos otros problemas, pues hacerlo significaría tener que abordar de frente la desigualdad y su injusticia social.
Por eso, con relación a las políticas dirigidas a las mujeres, al margen de su fragmentación entre competencias como las de Educación, Salud, Política Social… luego se trata de difuminarlas o esconderlas con argumentos que se presentan como una superación del mensaje clásico de la desigualdad. En esta línea, hace unos años, al hablar de políticas para corregir la desigualdad, desde posiciones conservadoras se dice que “no hay que hablar de desigualdad, sino de discriminación”; y luego puntualizan, “y no de discriminación de género, sino de todas las formas de discriminación, puesto que todas son importantes”. Si nos fijamos, es la mima idea que insiste en que no hay que hablar de violencia de género, sino de todas las formas de violencia. De este modo de nuevo se oculta el origen de la desigualdad y no se hace nada hasta que no se manifieste en determinadas formas de discriminación, las cuales como resultado objetivo deben ser abordadas en su conjunto, no unas sobre otras. La desigualdad hombres-mujeres queda diluida y escondida detrás de determinados resultados que a su vez se sitúan al mismo nivel de otros resultados con causas y circunstancias muy diferentes, las cuales tomarán prioridad según la intensidad del resultado y el valor que se dé en cada momento, no respecto al significado y a los valores que guardan en su origen.
Todo ello lleva a que cuando se ponen en marcha políticas de igualdad sean entendidas como “políticas para las mujeres”, y como la referencia cultural universal es la masculina, en lugar de verlas como una forma de resolver problemas de la sociedad, se entiendan dirigidas para esos “grupos o colectivos” con problemas. La situación llega hasta el límite de que muchos tratan incluso de presentarlas como políticas que “le quitan el dinero” a otras políticas que irían dirigidas a menores, hombres, ancianos, personas discriminadas…
2. IGUALDAD Y DEMOCRACIA
No hay democracia sin igualdad, y no puede haber igualdad en la sociedad sin democracia. Esta es la esencia de la discusión. Podría discutirse cuál es el margen para el resto de principios y valores (libertad, justicia, dignidad…) pero el que determina la esencia de la democracia que llevó a romper con la formalidad de las jerarquías y status que tenían el poder de decisión sobre toda la sociedad, fue el de la igualdad a través de la propia idea de democracia. Sin embargo, esas mismas jerarquías de poder que cedieron espacio en lo formal son las mismas que lo han mantenido en lo funcional y en la organización de la convivencia, de hecho sólo hay ver el tiempo que se ha tardado para que las mujeres pudieran participar de esa propia formalidad a través del voto, y cómo a pesar de la democracia continúa la desigualdad de género en nuestra sociedad.
Los demás valores y principios no pueden ser ocultados fácilmente, es verdad que se intenta y que con frecuencia se limitan, pero contar con una estructura social y unas relaciones de convivencia basadas en la ausencia de igualdad, sólo ha sido posible en una democracia imperfecta a conciencia.
Por eso, cuando Soledad Murillo habla de autonomía como “autogobierno, como libertad de pensamiento y acción”, necesitamos que esa libertad cuente con las referencias de la Igualdad, y que ésta forme parte de las referencias comunes de la sociedad. De lo contrario las posiciones individuales contarán con las referencias de la cultura patriarcal que llevan a que muchos hombres, en nombre de esa autonomía y autogobierno que poseen, ejerzan el control y la violencia sobre las mujeres con las que comparten una relación. Además, esa carencia de referencias comunes en igualdad también aviva el conflicto social potenciado por la desigualdad.
El ejemplo lo tenemos al estudiar los datos de las dos últimas macroencuestas, la de 2006 y la de 2011. Estos estudios sociológicos sobre la realidad de la violencia de género en nuestra sociedad, muestran que en 2006 el número de mujeres que sufrieron violencia fueron aproximadamente 400.000, y en 2011, después de cinco años de LIVG con todos los recursos desplegados, con la especialización de los juzgados, la policía, los equipos forenses, con mayor concienciación y formación, con más protección…. el numero de mujeres maltratadas fue prácticamente 600.000. Es decir, en un momento en el que la respuesta institucional y la conciencia social eran mucho mejores respecto a la violencia de género, se produce un incremento del número de casos. Puede parecer una incoherencia, pero es muy coherente con los cambios que se están produciendo en la sociedad.
La sociedad está viviendo una “transformación asimétrica” en todo lo relacionado con los roles y las identidades de hombres y mujeres. Son las mujeres las que están cambiando y renunciando a los roles tradicionales, no los hombres, y estos cambios en las mujeres, al margen de desorientar a los hombres, que en gran medida los viven como un asalto a sus posiciones y como un cuestionamiento de la propia identidad masculina vinculada a ese espacio de poder desempeñado en lo público, son tomados por algunos como un ataque. Con esa valoración general, cuando estos hombres y estas mujeres conviven en una relación de pareja, el rechazo de las funciones tradicionales de las mujeres trata de ser impuesto por esos hombres por medio del recurso que la cultura les ha dado a lo largo de la historia: la violencia. Esta es al explicación de por qué una sociedad más consciente del problema de la desigualdad y de la violencia de género responde con más violencia, la razón es esa “transformación asimétrica” basada en el cambio de las mujeres sin que los hombres hayan cambiado en el mismo sentido, y con muchos de ellos intentando mantener sus privilegios a través de la violencia.
La parte positiva respecto a otros años es que ahora la mayoría de las mujeres (por encima del 80%) salen de esa violencia no quedan sometidas, aunque lo hacen de forma mayoritaria, alrededor de un 73%, por la separación, no a través de la denuncia.
Otra de las consecuencias de esta “democracia imperfecta a conciencia” precisamente incide en las dificultades que tienen las mujeres para vivir sin violencia. De forma esquemática la realidad es la siguiente, algunas de ellas recogidas por Soledad Murillo:
- La prevalencia de la violencia de género dentro de la pareja en Europa, según el ultimo informe de la OMS (2013), es del 24%, lo cual nos dice que las posibilidades de sufrir algún tipo de violencia de género por las mujeres es alta.
- Las propias referencias culturales dificultarán que la mujer critique la violencia que sufre, y facilitarán que la justifique y que intente sobrellevarla bajo diferentes argumentos.
- Cuando denuncie, si lo hace, al margen de las críticas por hacerlo y por no haber resuelto “en casa” esos trapos sucios, curiosamente manchados con la sangre que ocasionan los golpes del hombre con quien vive, muchos utilizarán la denuncia y algunas de sus decisiones para hablar de “denuncia falsa”.
- A lo largo del proceso sufrirá presiones y vivirá escenas que facilitarán que retire la denuncia.
- Si la denuncia sigue hacia delante, llegado el momento procesal, influirán sobre ella para que no declare contra su pareja, en virtud de lo establecido en el artículo 416 de la LECrim, un artículo que cuando se incluyó en la norma a finales del siglo XIX se hizo con un sentido y finalidad completamente diferente.
- Si supera estos obstáculos, se encontrará con unas circunstancias que están aumentando el número de sobreseimientos.
- Y si el caso llega hasta el final y se celebra un juicio oral, el porcentaje de sentencias no condenatorias, dependiendo del órgano judicial, está entre el 30 y el 40%, aproximadamente. Este resultado luego se utiliza para reforzar la idea de las “denuncias falsas” .
Como se puede ver, un escenario muy complicado para las mujeres que sufren violencia, muy complicado por esos valores que hacen de nuestra democracia un objetivo que supere las formas, no una realidad.
3. LA LEY INTEGRAL CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO
La LIVG ha demostrado su eficacia en todos y cada uno de los ámbitos en los que actúa, así quedó demostrado en el informe que evaluaba sus cinco primeros años, el cual presenté como Delgado del Gobierno para la Violencia de Género ante la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados, en 2010. Y hoy, con 10 años de recorrido no hay evidencias para decir que su impacto ha sido negativo en alguno de los espacios en los que se adentra.
Siempre se podrá decir que los logros y avances podría haber sido mayores, algo que comparto, pero lo que también podemos afirmar con rotundidad es que su impacto en la sociedad y la situación de las mujeres que sufren la violencia, es mejor que cuando no existía esta ley. De hecho, su valoración positiva ha trascendido nuestras fronteras desde el principio, pero recientemente ha sido premiada y considerada como una de las “mejores legislaciones del mundo” por ONU Mujeres, el World Future Council y la Unión Interparlamentaria.
A pesar de ello, debemos ser más exigentes, pues lo principales problemas que presenta están en su aplicación, que cada vez se aparta más de su espíritu bajo argumentos cargados de imaginación, no de razón, y en su desarrollo, que se está enlenteciendo y recortando al ritmo que sucede con otras medidas e iniciativas dirigidas a los problemas sociales que sufren los ciudadanos y ciudadanas que forman nuestra democracia.
Como propuesta de futuro, creo que ya es el momento de plantear incorporar las otras formas de violencia de género en una misma ley, y decidir cómo articular los recursos y los instrumentos para abordarlas de manera integral. Tenemos que trabajar para erradicar estas violencias y debemos hacerlo sin más retraso y de manera global, aunque para ello tengamos que modificar estructuras y ampliar recursos. El machismo está reaccionando con intensidad ante los avances definitivos de la igualdad, y uno de sus objetivos, tal y como hemos apuntado, es diluir todo lo que nace de la desigualdad entre otros factores y circunstancias para de ese modo no abordar las causas que están en el origen.
La realidad no es un accidente, no sucede desde la nada y por factores desconocidos, la realidad es el resultado de lo que hagamos y de lo que dejemos de hacer. Y si no hacemos lo suficiente por prevenir la desigualdad y la violencia de género que produce, tendremos mujeres cosificadas, agredidas y asesinadas. Así de terrible, así de sencillo…