Lo imperceptible de la violencia
Ángeles De la Concha
El análisis que hace Soledad es muy esclarecedor y pone de relieve las dificultades de todo tipo para poder resolver el problema de la violencia de género que sufren las mujeres. Lo suscribo punto por punto. Lo iría comentando porque no tiene desperdicio pero me parece mejor recomendar su lectura despacio porque habla por sí solo. Plantea con toral claridad y lucidez la problemática que hace tan difícil la empresa de acabar con esta violencia que sufren tantas mujeres y de la que se habla mucho pero contra la que se hace, de verdad, poco.
Por aportar algún dato esperanzador, se van viendo progresos en la educación en materias de género. Afirma Soledad que “en la Universidad española los estudios de género ocupan un lugar periférico en la capacitación curricular, relegados a másteres o asignaturas optativas”, sin embargo se va cobrando conciencia de la necesidad de incorporar al currículo asignaturas de carácter básico o fundamental que proporcionen conocimientos sólidos sobre el tema. En la UNED, donde enseño, en el Grado en Estudios Ingleses: Lengua, Literatura y Cultura, por ejemplo, hay una asignatura dentro del módulo de Formación Básica ─Género y Literatura en los Países de habla Inglesa─ obligatoria para todos los estudiantes. Es cierto que en los Departamentos de Estudios Ingleses hay, por lo general, una mayor sensibilización al tema, seguramente porque los estudios culturales y de género disfrutan ya de una larga tradición y una implantación consolidada en las universidades inglesas y norteamericanas y el contacto mutuo y la influencia se hacen notar. Del mismo modo, es normal la integración de la teoría feminista como una instancia crítica más en el estudio de muchas asignaturas en los ámbitos de la literatura, la cultura o el discurso. Todo esto hace que haya un notable número tanto de alumnas como de alumnos que elijan hacer sus trabajos de Fin de Grado desde esta perspectiva.
La literatura es un campo especialmente interesante y productivo para explorar el tema de la violencia de género porque es un arte que, a nivel estético, crea o representa microcosmos de la realidad y explora facetas del pensamiento, los discursos, las preocupaciones existenciales de su tiempo. Y, algo muy importante, la buena literatura, no obviamente el producto de consumo, encierra un importante componente ético. Como afirma el filósofo y crítico Paul Ricoeur en su obra Sí mismo como otro “la literatura constituye un amplio laboratorio donde se ensayan estimaciones, valoraciones, juicios de aprobación o de condena, por los que la narrativa sirve de propedéutica de la ética”.
Afirma Soledad con toda la razón que “es necesario profundizar en aquellos análisis que relacionen la violencia con la posición de inferioridad que se reserva a las mujeres dentro de la estructura social, política o económica de nuestro país”. El problema es que estamos insertos en una cultura saturada de violencia simbólica, una clase de violencia que, como analiza el sociólogo Michel Bourdieu en su obra La dominación masculina, arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales, apoyadas en expectativas colectivas y en creencias socialmente inculcadas; transforma las relaciones de dominación y de sumisión en relaciones afectivas; y tiene más posibilidades de imponerse como única forma de ejercer la dominación y la explotación cuanto más reprobada sea la explotación directa y brutal. Es esta violencia simbólica la que hace que, como indica Soledad, las encuestas (Barómetros del CIS) demuestren que la igualdad, como idea sea aceptada sin fisuras y sin embargo, cuando esta igualdad ha de traducirse en prácticas sociales concretas, en acciones, los parámetros de género muestren enormes resistencias.
El problema es el modo en que esta violencia simbólica afecta a las mujeres de modo que las ciega respecto a la sumisión en la que incurren. Las mujeres estamos sometidas a un continuo bombardeo de mensajes contradictorios. Tanto, que sería tema de un monográfico: una publicidad obsesivamente centrada en el cuerpo y en la seducción que reinscribe los clichés de feminidad más conservadores disfrazados de modernidad; una exaltación de la libertad sexual que luego en la intimidad se ignora o se castiga; un acceso al mundo del trabajo, a la política y a las profesiones más prestigiosas que resultan luego irreconciliables con una vida familiar en el que la pareja se limita a “ayudar” en temas y ocasiones puntuales; una exaltación de la maternidad que se castiga laboralmente con el despido encubierto o la relegación a puestos de segundo orden; un reconocimiento a la valía profesional que fuerza a renuncias personales cuando no a hacérsela perdonar en la intimidad de la pareja…
Las mujeres han escalado puestos de poder real, son una competencia laboral seria y han alcanzado, en ocasiones, una igualdad que a muchos hombres les cuesta aceptar. No estaban acostumbrados a perder y ahora de vez en cuando pierden: poder jerárquico, protagonismo, sentido de superioridad, autoridad indiscutida, juicios por custodias… No es extraño que se resistan, que se alíen, que se defiendan, en último término y a la desesperada, matando. La cultura les ha educado en ser los fuertes, los que mandaban. Todavía no ha conseguido inculcarles que son no superiores sino solo iguales. Queda un largo camino, me temo, y no poco esfuerzo. En esto es en lo que no hay que flaquear.