¿Hemos llegado al fin de la política de austeridad?
Mónica Melle Hernández
Profesora de Economía Financiera, miembro de Economistas Frente a la Crisis y Secretaria General de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas
A principios de mayo de 2010 se unieron varios factores económicos muy negativos: se había desencadenado la crisis de las deudas soberanas en la UE. Grecia estaba al borde de la quiebra y había peligro de contagio a otras naciones. Y ello se solapaba sobre la crisis financiera de las 'subprimes', afectando gravemente al sistema financiero global.
Y coincidieron además factores políticos relevantes: la UE estaba gobernada por una mayoría conservadora, que aprovechaba la situación para imponer su ideología neoliberal.
Bajo el argumento de la consolidación fiscal se imponía en los Estados miembros, como vía para prevenir situaciones de insolvencia, una política fiscal restrictiva, que en la coyuntura actual es procíclica y contractiva. Esto es, que acentúa la crisis y no genera crecimiento.
Se puso la atención no sobre el nivel de deuda pública, que constituye la referencia real de la solvencia financiera de los Estados, sino sobre el saldo presupuestario, una variable anual bajo la gestión y el control de los Gobiernos y de los Parlamentos nacionales.
Fue el inicio de la espiral de la austeridad, del 'austericidio', que en 2013 se reforzó con el llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Aparentemente se trataba de mandar una señal de estabilidad financiera a los mercados con medidas que garantizaran la capacidad de pago de la deuda a sus vencimientos. Pero las políticas de austeridad fiscal han sido un rotundo fracaso. Aumentan el gasto público improductivo y agudizan la crisis. Se recorta el gasto público en educación, en investigación, en prestaciones sociales, en infraestructuras públicas... Y con ello, se agudiza la crisis.
¿Dónde quedaron los objetivos de Europa 2020? ¿Y sus prioridades de innovación, economía digital, empleo, juventud, política industrial, pobreza y uso eficiente de los recursos?
Con esta falsa austeridad se está despilfarrando la capacidad productiva de nuestra economía. Se infrautiliza el capital, se condena al desempleo a millones de trabajadores, se reduce la inversión en educación y por tanto, el crecimiento potencial, se lamina a las tecnologías medioambientalmente sostenibles que pudieran servir de base para un cambio de modelo productivo y se obliga a nuestros mejores investigadores a irse de España. La crisis ha sido la coartada para cambiar el modelo de convivencia social para deteriorar nuestro Estado de bienestar.
Es, en definitiva, una política que despilfarra bienestar, empleo y crecimiento presente y futuro. De hecho, no ha existido un desarrollo efectivo de políticas por parte de los Estados miembros que permitan lograr los objetivos de la Estrategia Europa 2020. Y la UE no se ha dotado de instrumentos adecuados para ello. Habría hecho falta una verdadera unión política, un gobierno europeo elegido democráticamente por el Parlamento Europeo. Lo que requiere mayores transferencias de soberanía por parte de los Estados miembros.
La austeridad buscaba equilibrar las cuentas públicas y, sin embargo, no se ha logrado. El gráfico 1 lo muestra. En el caso de España, la Comisión Europea no espera que logre situar su déficit público por debajo del 3% del PIB ni este año ni el siguiente, a la vez que rebaja en dos décimas el crecimiento que prevé para este ejercicio, hasta el 2,6% del PIB.
Gráfico 1. Déficit y deuda del Área Euro
Fuente: Comisión Europea
Austeridad no es déficit cero. Es eficiencia en la inversión y en el gasto. Porque ¿podemos afirmar que el crecimiento que hemos tenido en nuestro país no se deba a haber asumido cierto nivel de déficit?
El déficit importa poco si se está invirtiendo en mejorar las infraestructuras que vertebren la cohesión de la UE y la I+D, para mejorar la productividad y competitividad. La inversión de hoy es el empleo de mañana y el crecimiento de pasado mañana.
Se debe propiciar una estrategia de crecimiento para Europa para combatir la recesión resultante de la crisis financiera global y de los planes de austeridad. La mejor estrategia de reducción del endeudamiento es el crecimiento.
Aumentar el presupuesto comunitario y que se financie con verdaderos recursos propios de la Unión, es vital para poder emprender las estrategias de reactivación de la economía. Dicho presupuesto europeo ha ido mermando sus recursos y en la actualidad no alcanza ni tan siquiera el 1% del PIB de los Estados miembros. Debería representar al menos el 5% del PIB (recordemos que en los EEUU el presupuesto federal representa el 21% del PIB del conjunto de los Estados).
Necesitamos una relajación de los objetivos de déficit para consolidar el actual crecimiento, pero procurando que ese déficit se deba a inversiones productivas. Además, se debe ser más objetivo con las CCAA. Su déficit se genera porque lo que tienen transferido son gastos sociales.
El Gráfico 2 muestra la situación de las cuentas públicas de los países del área euro. El único país con superávit en sus cuentas es Alemania. La previsión de déficit en Francia es del 3,4%, para el 2016. ¿Va a copiar nuestro modelo? Ya está generando malestar su posible reforma laboral.
Gráfico 2. Situación de las cuentas públicas en 2016
Gráfico 2. Situación de las cuentas públicas en 2016
Fuente: Comisión Europea
Hasta ahora, las únicas reformas estructurales que se han emprendido han sido las que afectan al mercado de trabajo. Y con esta reforma, la productividad aumentó a costa de la reducción de los salarios y el empleo de forma 'artificial'. Ahora se detectan caídas de la productividad por hora, al considerar además del factor trabajo, los factores capital e intangibles (conocimiento, capacidades directivas, innovación organizativa…). Lo cual es preocupante porque el aumento de la productividad es el signo de la eficiencia económica y el motor del crecimiento futuro de la economía.
Las reformas estructurales son necesarias para restaurar la operatividad de los mercados, aumentar la productividad global de los factores y la competitividad de la economía.
Según las previsiones económicas de primavera de 2016 de la Comisión Europea, el crecimiento parece estar perdiendo algo de impulso, aunque seguiremos creciendo por la mejoría del mercado laboral, el mejor acceso al crédito por parte de las empresas y los hogares y los bajos precios del petróleo.
Se prevé que el crecimiento económico en la zona euro siga siendo moderado (1,6 % en 2016 y 1,8 % en 2017), pues la trayectoria de sus principales socios comerciales se ha ralentizado y algunos de los factores que hasta ahora habían sido propicios están comenzando a desvanecerse. Ese crecimiento además seguirá siendo desigual en los distintos países que componen la UE.
La política monetaria muy expansiva ha sentado las bases para el repunte de la inversión, al facilitar y abaratar el acceso a la financiación, y por el estímulo que se está produciendo en el consumo. Pese a las mayores dificultades del entorno mundial, se prevé un crecimiento gradual, más debido a la demanda interna, favorecida por el rebote en la inversión. Parece que se empieza a poner fin a la austeridad a ultranza. El gráfico 3 da muestra de ello.
Gráfico 3. Evolución de la inversión en la zona euro
Fuente: Comisión Europea
Es cierto que al inicio de la recuperación, el tenue crecimiento de la zona del euro era impulsado básicamente por las exportaciones, beneficiadas en cierta medida de la depreciación del euro y la caída de los precios del petróleo. Pero el crecimiento futuro de la zona euro dependerá cada vez más de la demanda interna. Se prevé que la contribución de las exportaciones netas al crecimiento de la zona euro se torne neutra en 2017, ante el aumento del tipo de cambio. Tal y como se muestra en el gráfico 4, se prevé que el próximo año la inversión aumente al 3,8 % en la zona del euro y en la UE. Y que el crecimiento dependa de esa inversión y del consumo, tanto privado como de las Administraciones Públicas.
Gráfico 4
Fuente: Comisión Europea
Según estas previsiones, resultan ilógicas las políticas de austeridad. Se deben aplicar políticas que fomenten el consumo y la inversión, elevando salarios y renta disponible de las familias. Y apostar por la inversión pública productiva que modernice nuestras economías, fundamentalmente en I+D, formación, e infraestructuras en las que existen carencias, como las de agua, las eléctricas, las de telecomunicaciones, las conexiones intermodales de las infraestructuras de transportes, etc.
En este sentido, se debería estar aprovechando el Plan Juncker, para poner en marcha proyectos de rentabilidad económico-financiera pero que sean capaces de dotar de cohesión social a Europa y que resulten generadores de empleo. Pero parece que en España, al menos hasta el momento, esta iniciativa está bastante parada. Y por las propias previsiones del gobierno actual en funciones en su reciente revisión del cuadro macroeconómico, sus restricciones en el consumo público no parecen concordantes con sus optimistas previsiones sobre la senda que vayan a seguir el consumo privado y la formación bruta de capital fijo. Su eventual continuidad también lo sería en su habitual política económica regida por la austeridad. Un buen elemento de reflexión de cara a las próximas elecciones.