El despertar de las esperanzas
Fabrizio Burattini
Sindicalista, exdirigente de la CGIL de la enseñanza y de la USB, y miembro de Sinistra Anticapitalista
El año 1917 supuso una verdadera línea divisoria en la historia del movimiento socialista. Desde luego el factor determinante fue la Revolución Rusa, pero, igualmente decisivos fueron los acontecimientos, las elaboraciones y las elecciones que diversos actores colectivos e individuales protagonizaron en ese periodo en otros muchos países.
Toda Europa fue golpeada por fuertes contradicciones entre, por una parte, un desarrollo económico impetuoso y, por otro, unas deprimidas y bloqueadas condiciones de vida de las masas populares. Una contradicción evidente para todos trabajadores y ciudadanos que veían las riquezas nacionales crecer muy deprisa y las condiciones de vidas de sus familias y de su clase social paradas o empeorándose continuamente.
Este fenómeno involucró también a Italia que, partiendo de la condición de país muy atrasado y fundamentalmente agrícola, experimentó un desarrollo industrial importante; pero todo ello solo benefició a una pequeñísima élite.
El país fue golpeado por numerosos episodios insurreccionales, como reacción a la pobreza y a la feroz represión de la monarquía de Saboya. El más importante fue la “Settimana rossa” (Semana roja) del junio 1914. La ciudad de Ancona conoció un gran levantamiento insurreccional, guiado por dirigentes socialistas, anarquistas y republicanos, que rápidamente se propagó en todo el centro de Italia, rozando también a Roma, y que se apagó solamente cuando la dirección reformista de la Confederación General del Trabajo desconvocó la huelga general que estaba paralizando desde hacía varios días todo el país.
Unos pocos días después, como es sabido, con la excusa del asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Ferdinando, estalló la Primera guerra mundial, que pareció bloquear todos los fermentos populares, facilitando el espacio a la derecha y dejando vía libre a los dirigentes más reformistas para practicar aún más explícitamente una política de la colaboración de clases.
Pero la resaca nacionalista no consiguió ahogar durante demasiado tiempo la rabia de los pueblos ante una guerra que duraba ya varios años. En Turín, la ciudad más industrializada en aquella época, en el agosto del 1917, las mujeres de la clase obrera, desesperadas por la persistente falta de pan, saquearon las tiendas, los cuarteles de los militares, las iglesias, tomando los suministros acaparados por las clases privilegiadas. La ciudad quedó bloqueada por la huelga general varios días. Durante un mitin dos mencheviques rusos, invitados a hablar por unos dirigentes sindicales, fueron interrumpidos por la multitud al grito de “¡Viva Lenin! ¡Viva la Revolución Rusa!”. Todo acabó cuando la represión “devolvió el orden” en la ciudad con un saldo de más de cincuenta muertos.
Es en un contexto como el descrito, con muchos acontecimientos análogos en muchos más países del continente, en el que el 8 de marzo estalla en la capital rusa de Petrogrado la revuelta del pueblo que dará inicio a aquella fase extraordinaria que acabó ocho meses después en la toma del Palacio de Invierno. Una sublevación iniciada también en ese momento por las mujeres y que se propagó en pocas horas en todas las capas populares. Una revolución que, como todas las revoluciones, a diferencia de las reconstrucciones policiales, no fue diseñada en la mesa por ningún conspirador fanático, sino que nació por el acuerdo y entendimiento popular que hizo vibrar simultáneamente la indignación, el enfado y las esperanzas que invadieron los corazones de miles de personas.
Entre otras cosas, los conspiradores potenciales estaban todos muy lejos de Petrogrado: Lenin en Suiza, Trotsky en América, el mismo Stalin en Siberia, como estaban lejos también los principales dirigentes de otras formaciones políticas revolucionarias, mencheviques o populistas. Es más, estos dirigentes se sorprendieron por el carácter inesperado y profundo de la Revolución de Febrero.
Las masas de Petrogrado y de otras ciudades rusas que rápidamente se juntaron a la revuelta fueron más allá de las mismas esperanzas de los revolucionarios más comprometidos, que tuvieron organizar muy de prisa y entre muchas dificultades su vuelta en patria.
Pero la Revolución Rusa, que tan eficazmente demuestra el poder de la dinámica específica de las masas, a menudo bastante sorprendente también para los militantes más fuertemente comprometidos en actividades políticas y sociales, no se puede describir en absoluto como un himno a la espontaneidad. En los meses que pasan entre marzo y octubre, es muy decisivo el papel subjetivo de las fuerzas políticas y, en particular, del partido bolchevique. No sólo eso, podemos decir que es completamente decisivo el papel subjetivo de ciertas personalidades. Absolutamente crucial es el papel de Lenin, con su batalla muy difícil en el partido contra cualquier intento de colaborar con el gobierno liberal y la aún más delicada lucha por convencer a la mayoría de los bolcheviques elegir el camino de la sublevación.
Más decisiva aún fue la inesperada colaboración entre Lenin y Trotsky, entre los cuales en los años anteriores hubo sólo discrepancias. Es extraño que el liderazgo del levantamiento fuese confiado por Lenin a un "bolchevique recién llegado". Pero ese giro y confianza son la consecuencia de la aceptación por parte del partido de Lenin de lo que había sido desde hace una quincena de años la tesis de Trotsky, que, con una frase que pedimos prestada al Che Guevara, podríamos sintetizar en la consigna: "O revolución socialista o caricatura de la revolución".
Elegir el eslogan "Todo el Poder a los Soviets", además, no sólo rompió la colaboración de los mencheviques, sino que derrotó todas las teorías mecanicistas y economicistas que también dominaban en todo el movimiento socialista mundial, incluyendo la mayoría de sus alas más radicales y particularmente de aquellos que fueron considerados universalmente como "los herederos de Marx". La idea de que la historia non facit saltus ("la historia no da saltos") rechazaba radicalmente la posibilidad de que el proletariado organizado y su partido pudieran tomar el poder en el país europeo más atrasado, desde el punto de vista económico, social, cultural, político. Sin embargo, esto fue así, gracias a la acción voluntaria y subjetiva de un partido y sus principales dirigentes.
La revolución no sólo entregó el poder a esa formidable herramienta de autoorganización social que fueron los soviets, sino que comenzó una transformación de la sociedad rusa, a nivel económico, social, cultural, de los derechos civiles y de las reivindicaciones de las mujeres sin igual en la historia, además de practicar una política sin precedentes de una "paz unilateral incondicional” para poner fin a la matanza que ensangrentaba el continente. Lenin había podido anticipar y sintetizar esta política en su escrito "La catástrofe inminente y cómo luchar contra ella", que sigue siendo un inigualable ejemplo de un programa revolucionario.
La elección del poder soviético rompe otro elemento estratégico crucial asumido por la mayoría del movimiento marxista después de Marx según el cual la revolución consistía en un cambio de las fuerzas dominantes dentro del aparato estatal. Un Estado que de burgués se convertiría en proletario sin una drástica destrucción de sus aparatos de poder y represión y de sus formas de organización, de su ser "excrecencia parasitaria" de la sociedad. Una estrategia que sustenta el "cretinismo parlamentario" que ya marcó desde entonces a la mayoría de los socialdemócratas y que determinó también una involución de sus epígonos.
Por el contrario, la línea elegida por Lenin -definida en su obra maestra política y teórica, que fue “El Estado y la Revolución” escrita en la clandestinidad en agosto de 1917 ante la urgencia de las de los acontecimientos que se precipitaban en Petrogrado- se entronca con las elaboraciones de Marx en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, “La Guerra Civil en Francia”, “Crítica del programa de Gotha”, y se enlaza también con los escritos de los años previos a la Primera Guerra Mundial del socialista holandés Anton Pannekoek, en polémica explícita con el marxismo oficial.
Por supuesto, lo que sucedió en la Rusia Soviética en los años siguientes, y más aún después de la muerte de Lenin, contaminó indeleblemente la memoria del 1917, dando voz a los más feroces detractores del socialismo y de la izquierda. Por supuesto, este argumento, el de la degeneración del sueño del octubre de 1917 hasta el colapso de la URSS en 1989, no puede obviarse, aunque no puede ser tratado en este artículo.
Es un hecho que las elecciones hechas por los líderes bolcheviques en 1917 tenían muy pocas alternativas. A todos los defensores tardíos de la idea según la cual hubiese sido mejor dejar con vida el gobierno liberal de Kerensky, hay que recordarles que no era una posibilidad incluida en los acontecimientos concretos y reales. La alternativa estaba limitada a la revolución socialista o a la imposición de las peores medidas reaccionarias de aquellos que más tarde se convirtieron, no por casualidad, en los cabecillas de las bandas contrarrevolucionarias que ensangrentaron ese inmenso país hasta 1921. Realmente el dilema era escoger entre el poder de los soviets o la imposición, en un territorio ilimitado, de un poder proto fascista que se habría combinado unos años más tarde con los fascismos que estaban surgiendo en otros países del continente. Una combinación venenosa que habría marcado dramáticamente la evolución del siglo XX en un sentido aún más trágico de lo que fue.