A cien años de la Revolución rusa, ¡cuánto tiempo y cuán poco!
Montserrat Galcerán
Catedrática de Filosofía y concejala de Ahora Madrid en el Ayuntamiento de Madrid
Han pasado cien años de la revolución rusa de 1917, ¡cuánto tiempo y cuán poco! A los cien años de la revolución francesa, en 1889, los socialistas marxistas conmemoraban un acontecimiento fundamental de la historia que había abierto el camino a la Comuna de París de 1871 y a la revolución socialista que se avecinaba. Lo que vino fue una revolución socialista sui generis cuyo eco se prolongó durante el siglo XX, pero cuyo impulso ya desde el 68 parece agotado. La desaparición del bloque socialista no abrió nuevas esperanzas, a pesar de que el capitalismo se haya convertido en un sistema depredador que genera precariedad, sufrimiento e insatisfacción y que amenaza la vida del planeta entero. El problema es cómo traducirlo en acción política.
Sin embargo en esa nota quería plantear otra cosa: ¿qué ocurrió realmente con el movimiento obrero ruso durante la revolución?, ¿qué ventajas sacó el obrero de a pie? y no solamente el obrero, sino fundamentalmente la obrera rusa. Para abordar esta cuestión me voy a servir fundamentalmente de la figura de Alexandra Kollontaï por su doble intervención, como Comisaria del Pueblo para la asistencia pública y como portavoz de las tesis de la Oposición obrera que fueron derrotadas en el X Congreso del Partido comunista (marzo de 1921).
La acción de gobierno de los bolcheviques, recién conquistado el poder en la insurrección de octubre, tiene consecuencias muy distintas para las dos clases que van a ser las nuevas protagonistas de la historia rusa: los campesinos y los obreros. El Decreto sobre la tierra (25 de octubre de 1917) sanciona el reparto de las tierras de los terratenientes, de la Iglesia y del Estado entre los campesinos; es una medida democratizadora y redistribuidora, no socialista, que los bolcheviques toman del programa de los socialistas revolucionarios. Lenin redacta el decreto sirviéndose de documentos aportados al Congreso de los soviets que se estaba celebrando en aquel mismo momento.
El análogo de este decreto en la producción industrial es el Decreto sobre el Control obrero promulgado el 14 de noviembre; éste tiene carácter socializante, en tanto que instaura el control obrero sobre la producción, y sindical pues son los comités de fábrica los encargados de contratar y despedir a los trabajadores. El control obrero tiene desde el principio la misión de garantizar la continuidad de la producción y se sostiene sobre los trabajadores de las escalas inferiores que simpatizan mucho más con la revolución que los de las escalas superiores.
Pues bien, lo trágico de esta historia es que los trabajadores no van a ser capaces de mantener ese poder. La guerra civil, el caos económico, el cerco al que es sometido el país, el destrozo de la clase obrera como consecuencia de ello [1], unido a las dificultades para garantizar la producción y el intercambio de un modo coordinado, darán al traste con las iniciativas de control de la producción por los propios trabajadores, ya sea a través de los Sindicatos o de los comités de fábrica.
Eso y no otra cosa reclamaba la Oposición obrera en 1921. En la plataforma de la Oposición, escrita en gran parte por A. Kollontai, explica cómo una de las primeras tareas de la revolución es garantizar buenas condiciones de vida para los trabajadores. Critica que la dirección del Partido no les preste atención a pesar de estar gobernando un “Estado obrero y campesino”. Coincide en que el objetivo es aumentar la producción pero eso será imposible si no se mejoran las condiciones de vida, tarea indisolublemente ligada al reforzamiento del papel de los Sindicatos. Estos deben proseguir su labor reivindicativa incluso en un país con un gobierno obrero ya que pueden darse conflictos entre los intereses de los obreros, algunos sin duda con aspectos corporativos, y los intereses generales. Esos conflictos no pueden solucionarse solamente por vías disciplinarias mediante la acción de los “tribunales disciplinarios de camaradas” y los “delegados para luchar contra la deserción en el trabajo”. Por consiguiente sus exigencias se centran en el papel central que los Sindicatos deben jugar en la organización de la producción y en la mejora de la vida de los trabajadores, al tiempo que critica el peso creciente de una burocracia que está inhibiendo la creatividad popular. Utilizando para ello un viejo texto de Engels, la Oposición propone que, como órgano gestor de la economía socialista, se cree un Congreso panruso de productores, cuyos órganos locales debían estar integrados por trabajadores y sindicalistas. Es evidente que esta propuesta chocaba frontalmente con la exclusividad que el Partido comunista reclamaba para sí en todas las cuestiones políticas y económicas.
Para desgracia de la Oposición obrera, Lenin y la mayoría del Comité central relacionaron esas posiciones “obreristas” con la defensa de la unidad del partido. No sólo se rechazaron las posiciones de la Oposición obrera y de las otras plataformas que habían intervenido en el debate, como el grupo liderado por Trotsky, sino que se tomó una resolución que prohibía a partir de ese momento la actividad fraccional. Rompiendo la tradición de los debates abiertos, a partir de ese momento se podrá excluir a un miembro acusado de dicha actividad. Al mismo tiempo el Comité central perdía parte de sus atribuciones que pasaron al Buró político. Los debates del X Congreso marcan así el inicio de una deriva que quita poder a los trabajadores propiamente dichos y simultáneamente aumenta la unidad, la cohesión y el poder del Partido bolchevique. Marca un momento importante en el devenir futuro de la revolución.
Pero si el episodio puede interpelarnos todavía es porque el problema de fondo es en qué condiciones y con qué herramientas puede efectivamente el movimiento obrero organizado o menos organizado, o sea comités de fábrica y sindicatos, intervenir eficaz y directamente en el control y gestión de una producción socializada; qué nivel de autonomía deben tener las diferentes instancias, qué forma de coordinación, qué forma de organización general, en fin, cómo construir un sistema de poder que garantice simultáneamente que en los centros de trabajo se produzca y que el nuevo sistema se reproduzca y se mantenga.
¿Es casualidad que una feminista como A. Kollontaï, que como Comisaria del Pueblo había propiciado las leyes de divorcio y de aborto, que había creado nuevas instituciones como las escuelas infantiles para contribuir a liberar a las mujeres de las tareas reproductivas, jugara un papel central en la defensa de esta plataforma? Creo que es una muestra de algo que empezamos a vislumbrar: cualquier revolución anti-capitalista será feminista o no será, pero no porque las mujeres tengamos que jugar un papel principal, sino porque la emancipación de las mujeres es uno de sus pre-requisitos. Pero además toda revolución tiene que atender al mantenimiento de las condiciones de vida que hacen posible que una sociedad se mantenga, y gran parte de ese trabajo recae en las mujeres. A pesar de todos sus méritos, la revolución rusa descuidó a sus protagonistas, los obreros de carne y hueso, y especialmente las mujeres obreras que, más de setenta años después, no hicieron nada por defender un sistema que las había olvidado casi desde sus comienzos.
[1] Si en 1913 había en Rusia 11 millones de trabajadores, que suponían el 14% de la población, en 1922 el número de trabajadores con empleo había descendido a 4´6 millones de los que sólo 2 trabajaban en la industria. Datos aportados por Ch. Bettelheim, Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo (1917-1923), Madrid, s.XXI, 1976, (ed. francesa, 1974).