Cien años de bombardeo
Elena Cabezalí García
La importancia de la Revolución de Octubre de 1917 cuyo centenario conmemoramos, puede medirse por la magnitud del bombardeo ideológico desencadenado contra ella, que dura también cien años. Un siglo de ataques desde la derecha y la izquierda, para presentar la primera revolución obrera triunfante como un gran error, que trajo al pueblo muchas calamidades y lo entregó a las garras de despiadados dictadores.
El discurso contrarrevolucionario se construyó para justificar la intervención de las potencias desde el año 1918, se amplió al calor de la represión estalinista y se fortaleció durante la Guerra Fría, mientras los países capitalistas en occidente emprendían el camino de un pacto social llamado “Estado de Bienestar”. Ese pacto era imprescindible para atajar la influencia del comunismo porque, acabada la Segunda Guerra Mundial, la frontera entre países capitalistas y socialistas pasaba por el centro de Alemania, La URSS había encabezado la victoria sobre el nazismo y los comunistas habían sido la espina dorsal de la resistencia armada antifascista.
Durante la Guerra Fría el autodenominado “mundo libre” utilizó la lucha sin cuartel contra el comunismo para encubrir un combate contra las reivindicaciones, protestas y luchas que las potencias capitalistas juzgaban peligrosas para sus intereses. Así se justificó tanto la expulsión de los comunistas de los gobiernos europeos, como persecuciones, guerras, genocidios y golpes de estado por todo el mundo. La ideología anticomunista ha contribuido decisivamente a la cohesión del bloque occidental y ha sido compartida por la derecha y por gran parte de una izquierda ideológicamente desarmada, que no parece concebir más horizonte que la socialdemocracia.
En el corazón de ese discurso ideológico, hay un análisis de la Revolución de Octubre plagado de falsedades, ocultaciones e interpretaciones que no se sostienen a la vista de los hechos y del análisis histórico. Aquella revolución tuvo graves errores y grandes aciertos y suscitó problemas que aún están sin resolver y que siguen afectando a los partidos y movimientos progresistas.
Debido a su gran influencia, tiene importancia desarmar pacientemente ese entramado propagandístico contra la Revolución de Octubre. Empecemos por considerar tres aspectos: la guerra, la democracia y el partido.
El primer tema central es que la Revolución de Octubre paró la guerra imperialista. La Revolución Rusa estalló en medio de la Gran Guerra, en condiciones insostenibles para los pueblos de los países beligerantes desesperados por el hambre, las masacres, las mortandades, una represión atroz y una explotación exacerbada.
En 1917 las huelgas y otras formas de protesta contra la guerra se extendían por Alemania, Francia, Reino Unido e Italia. En los frentes del este y el oeste se multiplicaban los motines, deserciones y sabotajes y los pacifistas, anarquistas, socialistas y otros revolucionarios eran sometidos a juicios sumarísimos, fusilamientos, batallones de castigo y misiones suicidas.
Aquella terrible guerra que asolaba también el suelo ruso, se había declarado con el apoyo de los partidos socialdemócratas, como el Partido Socialista francés y SPD alemán.
En Rusia, el Gobierno Provisional que desde mayo ya sólo estaba compuesto por eseristas y mencheviques, quiso seguir la guerra a toda costa, igual que las potencias imperialistas y los socialdemócratas occidentales. Un acierto fundamental de los bolcheviques fue su oposición frontal a la guerra imperialista y al defensismo de los socialdemócratas, su radical apuesta por la paz inmediata, que hizo crecer su apoyo popular y su representación en los soviets. El movimiento popular encabezado por los bolcheviques y organizado democráticamente en los soviets, paró la Guerra Mundial en Rusia, lo que es un gran hito histórico.
Este aspecto de Octubre, casi invisible en el discurso contrarrevolucionario, debería ser fundamental en el debate sobre la política ante las guerras imperialistas. Es una cuestión de la mayor importancia hoy, cuando muchos partidos socialdemócratas y organizaciones progresistas mantienen posiciones confusas y a veces colaboracionistas con las guerras de rapiña y de reparto que las potencias emprenden en nombre de los derechos humanos.
Otro tema central de la guerra ideológica contra Octubre, es que presenta la disolución de la Asamblea Constituyente en enero de 1918 , como un golpe de estado en el que los demócratas (que serían los eseristas y mencheviques) fueron arrollados por los bolcheviques , que acabaron implantando una dictadura [1].
Sin embargo sucedió que, a pesar del sufrimiento de su pueblo en campos, ciudades y frentes, el Gobierno Provisional intentó hasta el final seguir la guerra y aplazar las reformas. En las jornadas de julio, acuciados por el hambre y los desastres militares, decenas de miles de soldados y trabajadores de las fábricas comenzaron en Petrogrado una manifestación armada, no organizada por los bolcheviques, al grito de “todo el poder a los soviets”. El congreso de los soviets de Rusia, en el que tenían mayoría socialrevolucionarios y mencheviques, se negó a aceptar el poder, ante la desesperación de los manifestantes. La reacción del gobierno, para entonces ya sólo compuesto por socialistas moderados, fue la represión y el encarcelamiento de los líderes bolcheviques, con el fin de continuar la guerra.
Añádase a esto que fueron los soviets los que evitaron en agosto el golpe de estado de Kornilov, un general contrarrevolucionario a quien el gobierno había entregado el alto mando militar y con quien negociaba si debía restablecerse la pena de muerte y controlar el poder de los soviets en el ejército.
Reunida la Asamblea Constituyente, bolcheviques, anarquistas y eseristas de izquierdas plantearon el reconocimiento de los soviets y de sus primeros decretos (derecho de autodeterminación, expropiación a la Iglesia ortodoxa, nacionalizaciones, firma de la paz…). La asamblea de mayoría eserista se negó, con el apoyo de la derecha y los mencheviques.
Hacía tiempo que los soviets tenían el poder real en sus manos, pues el gobierno era incapaz de poner en práctica sus propias políticas. El dilema era seguir con la legalidad de la Transición o alumbrar unas instituciones, unas leyes y un estado nuevos. Los soviets decidieron asumir el poder, lo que no puede tacharse de antidemocrático, pues recordaremos que eran consejos de representantes democráticamente elegidos en el campo, en la ciudad y en los frentes. Era una revolución, lo que supone de suyo la ruptura con el orden establecido.
Nunca sabremos qué hubiera sucedido en Rusia si los soviets le hubieran entregado el poder a la Asamblea Constituyente. Pero sí sabemos qué sucedió en Alemania en circunstancias semejantes poco tiempo después, cuando la revolución estaba intentando reproducir el modelo soviético. En diciembre del 1918, constituido el Gobierno socialdemócrata tras la abdicación del Káiser, se reunieron los representantes de los consejos de obreros y soldados y decidieron apoyar la convocatoria de Asamblea Constituyente, tomando así una dirección diferente a la revolución soviética. Con las manos libres, el gobierno socialdemócrata del SPD en colaboración con el ejército prusiano, legalizó los Freikorps, con lo que desencadenó y alentó una sangrienta represión contra el Partido Comunista, los consejos de trabajadores y soldados, la república socialista de Baviera y los judíos y subversivos en general.
Tiene mucho interés la comparación, porque las acusaciones sobre el autoritarismo bolchevique en el caso de la Constituyente, ocultan sistemáticamente lo ocurrido al otro lado de la frontera, lo que ha permitido a la socialdemocracia llegar hasta hoy sin haber hecho revisión ni autocrítica por hechos tan graves.
El debate sobre la disolución de la Asamblea Constituyente, está abierto todavía hoy y alude a una cuestión medular en las organizaciones progresistas y de izquierdas, a la cuestión misma de qué es y cómo debe organizarse la democracia. Un asunto de interés general, en un mundo en que las democracias han sido prostituidas y recortadas hasta hacerlas irreconocibles.
Otro asunto cardinal del discurso contra Octubre, alude a la naturaleza dictatorial del partido bolchevique. Pero lo cierto es que desde su aparición hasta 1921, aunque durante la guerra civil centralizaron fuertemente ejército y gobierno, los bolcheviques siempre colaboraron y se aliaron con anarquistas, eseristas, mencheviques de izquierda y muchos otros que hicieron frente a la contrarrevolución.
También dentro del partido convivían tendencias con numerosos partidarios, tales como los sindicalistas y la Oposición Obrera. Había disidencias que defendían el control obrero en la industria y criticaban la política laboral del partido y eran muchos los que reivindicaban que los soviets se ocuparan de la administración y el partido se limitara a supervisar.
En 1921 se cambió el rumbo. Había terminado la guerra civil, quedaba establecido el cerco de las potencias de y la esperanza en la revolución mundial se había esfumado. El miedo a que la revolución fuera derrotada impulsó en el partido las posiciones autoritarias y la centralización extrema, se eliminó la democracia de base de los soviets, el control de la producción por los sindicatos y se persiguió toda disidencia externa e interna. Se prohibió la Oposición Obrera y se respondió con una represión sangrienta a la rebelión de los marineros de Kronstadt, los heroicos aliados de los bolcheviques, que caían ahora por pedir libertad para las distintas ideologías , elecciones a los soviets y amnistía para los presos políticos.
El Congreso del Partido dio muerte al concepto de dictadura del proletariado vigente hasta entonces, elaborando una teoría nueva en el marxismo: “La dictadura del proletariado sólo puede afianzarse bajo la forma de dictadura de su vanguardia dirigente, es decir, del Partido Comunista”.
Se aplazaba definitivamente la sociedad sin clases y la abolición del estado y el partido leninista abandonaba los objetivos revolucionarios de Octubre para irse convirtiendo en instrumento de una nueva oligarquía burocrática con un poder absoluto. Los soviets fueron intervenidos a cada nivel por el correspondiente comité del partido y todo el estado quedó controlado desde el Politburó y el Comité Central. La industrialización a ultranza y la economía centralizada, impuestas contra la mayoría de la población, pondrían más tarde las condiciones para la feroz represión estalinista.
Así pues el autoritarismo, la falta de democracia y la persecución de los disidentes en el partido bolchevique fue algo advenido en la batalla revolucionaria y se podrían sacar enseñanzas muy útiles examinando cómo se dio ese cambio. Sería importante porque todavía hoy los partidos y organizaciones de izquierda, incluso aquellos con representación parlamentaria, siguen sin resolver la contradicción entre la afiliación libre y los políticos profesionales. La mayoría defiende la democracia interna, pero raramente consigue que las decisiones se tomen democráticamente y es muy frecuente que la acción política se lleve a cabo mediante la dictadura de la dirección y la neutralización o persecución de los disidentes.
La mayoría de la izquierda europea, acunada en su momento por el estado del bienestar y sacudida en su conciencia por los crímenes de la represión estalinista, hace tiempo que ha suscrito que la revolución de Octubre fue un golpe de mano contra la democracia, encabezado por un partido dictatorial. Así se rechaza esa revolución como un mal sueño y sin entrar en el análisis, se hace imposible aprender nada de sus aciertos y errores ni, como nos propone Fontana, “sacar lecciones útiles para un presente de desconcierto e incertidumbre”.
Y sin embargo, en estos momentos en que el cambio social y político es imprescindible para la supervivencia de millones de personas y del propio planeta, no parece razonable afirmar que no hay nada que aprender de la mayor experiencia revolucionaria de la Historia.
[1] El discurso anticomunista atribuye a la naturaleza dictatorial de los bolcheviques el que la revolución implantara un régimen autoritario. Ese autoritarismo provendría de que, como marxistas, eran partidarios de la dictadura del proletariado y enemigos de una revolución democrática, representada por eseristas y mencheviques, el Gobierno Provisional y la Asamblea Constituyente. Desde luego, el relato no entra en sutilezas sobre la concepción que de la dictadura del proletariado tenían Marx y Lenin, como período transitorio que debía servir para la abolición del estado.