La cara brutal de la violencia patriarcal
Eulalia Lledó
Filóloga, investigadora de los sesgos sexistas e ideológicos de la Lengüa
La iluminadora ponencia previa de Soledad Murillo habla de una serie de elementos conformardores de la violencia machista que imprescindiblemente hay que tener en cuenta. Entre otros, afirmar que las relaciones personales, especialmente, las de pareja son relaciones de poder; que este tipo de violencia afecta al ámbito privado y al público; que es erróneo considerar que las mujeres son un colectivo o que sus problemas son inherentes al hecho de ser mujeres, así como la confusión entre derechos y necesidades. Incide en las dificultades para afrontar los procesos judiciales, entre ellas, la percepción de que la denuncia es un gran fracaso, el miedo, o, en otro orden de cosas, por ejemplo, los infundios sobre falsas denuncias
Al hilo de la ponencia, aprovecho el espacio disponible para enumerar sucintamente algunos aspectos ligados a ella o a otros que creo que son interesantes.
* La violencia de género (sigo la terminología de Murillo) es la cara más brutal de la violencia patriarcal. Es un extremo del continuum en que se insertan, por ejemplo, la feminización de la pobreza, los comentarios misóginos o el tratamiento del cuerpo de las mujeres en la publicidad, o que la presencia y el hacer de las mujeres, en general, de las profesionales, en concreto, no tenga apenas representación.
* La violencia de género no es algo que (extendida visión femenina) les pase a “otras”, todas estamos cerca de ella y vivimos en nuestra piel casos más o menos graves. No les pasa a “las mujeres” (extendida visión masculina); desde el momento en que ambos sexos están involucrados, es una violencia que atañe e interpela a todo el mundo. (En un anexo, tres ejemplos ilustrativos de distintos ámbitos inciden en la universalidad y cercanía de este tipo de violencia; el continuum del que se habla en el punto anterior.) Pensar que es una “cosa” o un “problema” de las mujeres, es lo mismo que pensar que la violencia ejercida sobre la población en las guerras es un problema de dicha población y no de los ejércitos ni de las guerras.
* Ligado a la idea de fracaso, se constata que estas agresiones y crímenes son los únicos en los que son las víctimas la que se avergüenzan o esconden y no quienes los perpetran (en el continuum, hay que insertar ataques verbales que tantas veces avergüenzan a las mujeres y no a quienes los emiten; chistes machistas en que si no te ríes es porque no tienes sentido del humor, etc.).
* No es raro, pues, que las mujeres sean remisas a denunciar. A esto, a la sensación de fracaso y culpabilidad (su agresor no es un extraño sino el ser a quien está ligada sentimentalmente), se le tiene que sumar la silenciada desprotección en que suelen quedar después de denunciar.
*Es un lugar común afirmar que las leyes fallan puesto que la violencia es un rayo que no cesa. Nadie espera que las penas, por ejemplo, contra los atracos, los impidan. Las leyes inciden sobre todo en el castigo no en la prevención. Las medidas de prevención son de otro orden.
* Para finalizar, cuando los medios informan de un atraco, de un robo, etc., no postulan que la razón del mismo, que la causa sea, por ejemplo, el hambre o la desesperación. Prescinden de hablar de la causa y se limitan a dar cuenta del delito. Es interesante ver que no se usa el mismo criterio cuando se informa de un maltrato.
Un apunte de lengua. Murillo opta —y explica por qué— por la expresión “violencia de género”; una expresión controvertida. Sin ánimo de criticarla pero para mostrar alguna otra opción y la riqueza que conlleva el debate, en el antes anunciado anexo, se citan una serie de fragmentos altamente interesantes de una ley catalana que, para abordar y explicar este tipo de violencia, opta por la expresión “violència masclista”.