Aquellos polvos trajeron estos lodos
La coyuntura o la situación en curso en América Latina, dominada por el fenomenal avance de la derecha, legitimada por los votos, tiene hoy (semana del 15 de octubre de 2018) su punto más álgido en Brasil, donde el próximo domingo 28 se dirimirá la elección de presidente y vice del país. De esto trata la presente nota, cuyo objetivo es plantear algunas hipótesis explicativas que necesitan ser validadas (o refutadas) mediante investigaciones rigurosas, sin pretensión de ser la única explicación posible.
El punto de partida es el enunciado de cinco premisas necesarias para cualquier análisis de coyuntura, y de una sexta específica para Brasil. Va de suyo que las mismas no pueden desplegarse ampliamente dentro de los límites disponibles editorialmente.
Premisa 1. Las situaciones o coyunturas por las que atraviesa cada sociedad sólo se explican adecuadamente teniendo el cuenta el coeficiente histórico (en los términos de Piotr Sztompka) y la historia de larga duración (conforme Fernand Braudel) de la sociedad en cuestión.
Premisa 2. Mal que les pese a muchos, las clases sociales y la lucha de clases aún existe, al margen de las modificaciones fundamentales del último medio siglo y del hecho de que la bipolaridad clásica burguesía/proletariado se haya modificado y que las clases se definan por algo más que su relación con los medios de producción. No nombrarlas no las hace desaparecer de la realidad.
Premisa 3. Izquierda y derecha también siguen existiendo, aunque algunos no lo creen, y no son sujetos políticos: son expresiones ideológicas de sujetos políticos y sociales. Sujetos políticos son los partidos, las corporaciones empresariales, los sindicatos, los medios de comunicación concentrados, en algunos casos (como en Brasil hoy), las Fuerzas Armadas. Los sujetos sociales son el pueblo, las clases(burguesía, campesinado, pequeña burguesía, obrera o trabajadora, clase media). La cosmovisión, la ideología, la práctica, el modo de ser de la burguesía son de derecha, pero su capacidad para crear sentido común de sus proposiciones ha permeado en las clases subalternas, incluyendo a los trabajadores o proletarios, como se prefiera.
Premisa 4. Triunfos electorales sucesivos y liderazgos personalistas firmes, no son lo mismo que construir y detentar hegemonía, aunque sean necesarios para ello.
Premisa 5. En situaciones de crisis de hegemonía, enseña Antonio Gramsci, cuando los grupos sociales se separan de sus partidos políticos, es decir, cuando éstos dejan de expresar a una clase o una fracción de ella (crisis de representación), se crean condiciones que posibilitan soluciones de fuerza y la actividad de “oscuras potencias” expresadas en hombres providenciales o carismáticos.
Premisa 6. No se explica la relación entre política y sociedad en Brasil si no se atienden a tres componentes del coeficiente histórico brasileño: la mentalidad esclava/esclavista, la importancia de la amplia religiosidad popular, la política de alianzas.
Al finalizar el domingo 28 de octubre de 2018 se sabrá quien será el próximo presidente de Brasil: Jair Bolsonaro, de extrema derecha, o Fernando Hassad, de centro-izquierda. En el sistema de balotaje, se elige en la primera vuelta, se opta en la segunda. Elegir y optar no son necesariamente lo mismo, menos en política. Por eso son más relevantes los resultados de la elección que los de la opción. Es altamente posible que el primero sea el vencedor, aunque existe una ligerísima esperanza -algo así como un triple milagro de dios, la historia y la naturaleza- de que lo sea el segundo, pues como decía Jorge Luis Borges, la esperanza nunca es vana, si bien, como agregaba, el coraje es siempre mejor.
Que un candidato racista, homofóbico, machista, enemigo de inmigrantes, de indígenas y de afrobrasileños, anticomunista, ultrareaccionario, defensor de la dictadura institucional de las Fuerzas Armadas (1964-1985), ponderador de la tortura, entre otras manifestaciones, haya obtenido en la primera ronda el 45 % de los votos emitidos es la cuestión más importante a analizar, incluso en el hipotético -milagroso- caso de un triunfo de Haddad. ¿Por qué una sociedad que vivió un proceso de movilidad social ascendente, que dignificó la vida de millones de personas, entre otros muchas conquistas, dentro de un marco reformista, ha elegido un candidato que es la antítesis de esos y otros logros? Los propios beneficiarios ofrecen una buena pista: según una encuesta divulgada hace un tiempo, más del 90 % de los entrevistados admitió haber mejorado sus condiciones de vida durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT); pero al ser preguntados por las motivos de ese ascenso, 80 % respondió graças a Deus. El dato es más que significativo. Es un ejemplo claro de cómo la movilidad social ascendente ocluye la lucha de clases, algo que histórica y sociológicamente no es una novedad. Traigo a colación un ejemplo temprano: en 1904, comisionado por el gobierno nacional, Juan Bialet Massé, recorrió Argentina para dar cuenta del estado de la clase obrera, con vista a un proyecto de Código del Trabajo, a la postre frustrado. Una de sus constataciones fue encontrar en la ciudad de Córdoba a una de las patronales más terribles, que lo era mucho más porque buena parte de esa patronal estaba constituida por ex obreros panaderos que habían ascendidos socialmente. Allí, en la importancia de la movilidad social ascendente, hay que empezar a bucear las razones del, para muchos, sorprendente resultado de las elecciones del pasado domingo 7.
No obstante, señales previas hubo muchas. Es curioso que políticos, intelectuales y científicos sociales -de los cuales Brasil tiene muchos y muy excelentes- no hayan advertido con antelación suficiente la proyección de un hombre que en las elecciones de 2014 fue el diputado federal más votado en el estado de Rio de Janeiro, y en 2017 FSB Pesquisa -organización que se presenta como “instituto especializado en la producción de estudios para decisiones estratégicas” (https://www.institutofsbpesquisa.com.br)- lo considerara el congresista más influyente en las redes sociales, el medio de proselitismo más utilizado, y con resonantes resultados, por buena parte de las derechas latinoamericanas (con las de Brasil y Argentina a la cabeza). con profusa apelación a fake news y trolls. Ahora proliferan los compilados de las múltiples declaraciones realizadas por el ex capitán a lo largo de su carrera política, una más aberrante que otra. No las pronunció desde que en marzo de este año anunció su candidatura: las hizo a lo largo de treinta años. Había muchas señales, imposibles de reseñar en estas páginas, que quienes debían estar atentos y alertas pasaron y dejaron pasar por alto. Es penoso leer a un distinguido colega reconocer que no le prestaron atención. Este es, también, un dato insoslayable. Aquí es donde la responsabilidad de los intelectuales y de los científicos sociales críticos se revela fundamental.
Hay en la sociedad brasileña un coeficiente histórico de larga duración, generado básicamente en el Imperio (1822-1889), si bien sus raíces son coloniales, pues fue entonces cuando se constituyó la principal matriz societal del país: la plantación esclavista. La esclavitud fue abolida en 1888, pero las mentalidades propias de la dialéctica amo/esclavo -es decir, la del dominador, pero también la del dominado- no desaparecieron y se prolongan hasta hoy, traducida en múltiples formas de exclusión social, de la cual escapan, relativamente, unos pocos hombres que sobresalen en el fútbol y eventualmente en la música popular.
El color de la piel se constituyó en clave de diferenciación social, incluyendo la establecida entre pardos (reemplazo de negros) y mulatos. Así, por ejemplo, el censo de población de Salvador de Bahia de 1950 distinguía entre pardos, pretos y brancos. Era una de las tantas formas de ocultar la cuestión negra, cuyo locus principal se encontraba (se encuentra) en la división social del trabajo. La emigración de hombres y mujeres del nordeste hacia los estados del centro-sur del país, donde siempre fueron “baianos/as”, el grado más bajo de la calificación social, como bien mostrara Francisco de Oliveira en O elo perdido (1987), libro en el que señala también que, históricamente, el elemento decisivo de la estigmatización no fue el color, sino el trabajo esclavo metamorfoseado en color.
Los ejemplos de exclusión social de los afrobrasileños se ha manifestado y manifiesta en todos los aspectos de la vida cotidiana del país. Traigo a colación un ejemplo del mundo del fútbol, deporte tan asociado a Brasil: el del fenomenal O Tigre Arthur Friedenreich, que brilló entre 1909 y 1935, y que a despecho de nombre y apellido era, por hijo de alemán y de afrobrasileña, mulato, por tanto, para sus años mozos, preto, en tiempos en los cuales a los descendientes de africanos se los excluía -como bajo la presidencia de Epitácio Pessoa (1919-1922)- de la práctica del fútbol o bien, cuando se les permitía, las faltas que les cometían los jugadores blancos no eran penadas. Para burlar la prohibición, Friedenreich, que tenía ojos verdes, se ponía polvo de arroz en todo el cuerpo y se peinaba con fijador para esconder las motas. En 26 años de práctica convirtió 1.329, 1.354 o 1.379 goles (no hay acuerdo sobre la cifra exacta), siendo el máximo goleador mundial registrado, superando a Edson Aranto do Nascimento -o rei Pelé-, quien hizo 1.282 goles a lo largo de 21 años y rompió, finalmente a costa de rupturas identitarias, la exclusión. Adicionalmente, Friedenreich es considerado el iniciador del estilo brasileño de jugar al fútbol, o jogo bonito. No es un dato menor.
Un segundo ejemplo es el de lo que Oliveira llamó, en el libro citado, el mito da mulata, ese que se construyó en los años 1950 a partir de la elección de una bahiana como Miss Brasil (y luego casi Miss Universo). Significativo hecho: el cuerpo de la mujer negra/mulata como posibilidad de reconocimiento social, falsedad ideológica y expresión de lo que el mismo destacado sociólogo llamó la sutileza del racismo brasileño. La música popular también contribuyó en ese proceso de re-presentación/autorepresentación frente a los otros colectivos sociales. El mito de la mulata construido en los cincuenta es la forma contemporánea, menos brutal y más sutil, de la apropiación del cuerpo de la mujer negra, que en los tiempos de la esclavitud se expresaba en las defloraciones y los estupros de las esclavas. Pero siempre apropiación, dominación.
Un segundo coeficiente histórico es el de la religiosidad popular, que suele asociarse generalmente con la presencia de ritos africanos hibridados con cristianos, percepción devenida sentido común. Sin embargo, más importante ha sido y es la religiosidad popular derivada de la particular apropiación de leyendas europeas originadas en las luchas contra los musulmanes en la península ibérica, particularmente la de los Doce Caballeros de Francia y la del apóstol Santiago, el santo guerrero. No se entiende el mundo campesino brasileño, sobre todo nordestino -y por las migraciones internas difumadas por buena parte del país, sobre todo por los estados del centro-sur-, desde las movimientos mesiánicos de Canudos y Contestado hasta hoy, pasando por el bandidismo social, las acciones de Virgolino Ferreira (conocido como Lampião y "o Rei do Cangaço") y las del cura Cícero Romão, (el organizador del Batallón Patriótico para combatir, en los años 1920, a la columna Prestes), las treinta y dos “pequeñas guerras campesinas” del siglo XX (desde la del Pinheirinho, en 1902, hasta la de São Bonifácio o Guerra da Ponte, en 1987) y, en otro registro y clave, el papel de las Comunidades Eclesiásticas de Base en la formación del PT, sin descuidar el papel de la Teología de la Liberación. No son para desdeñar los hechos de que 1) la revuelta de la República dos Anjos, 1925, haya sido dirigida por una mujer, Benedicta Cypriano Gomes, una joven 19 años conocida popularmente como Santa Dica y como la “Lenin del sexo diferente” por los coroneles y la prensa adicta, y 2) la de São Bonifácio, por otra mujer, Jane Resende, y un homosexual asumido, Víctor Hugo Rosa.
La relación entre religión y política no es, por tanto, un hecho nuevo, como tampoco lo es el creciente y decisivo papel de las iglesias evangelistas, ahora tenidas como una de las razones explicativas del triunfo de Bolsonaro. En este sentido, las agudas observaciones de la latinoamericanista franco-tunecina Lamia Oualalou, autora del reciente libro Jésus t’aime. La déferlante évangélique (Les Éditons du Cerf, Paris, 2018), en el que analiza el proceso mediante el cual esas congregaciones religiosas se fueron infiltrando por todas las instituciones, sean ellas estatales -gobiernos locales, Poderes Legislativos (90 diputados) y Judicial, policías, sistema penitenciario- o de la sociedad civil -particularmente empresas de radio y televisión (Edir Macedo Bezerra, fundador, en 1977, de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD), y uno de los hombres más ricos del mundo, según Forbes, controla Rede Familia y es socio mayoritario de la principalísima Rede Record)-, con un nivel de eficacia tal que ha llevado a los sacerdotes católicos a imitar algunas de sus estrategias, como la de incorporar temas de rock and roll en los templos. No ocurre solamente que el mayor país católico del mundo está dejando (si no ha dejado) de serlo. Toda la vida cotidiana ha empezado a transformarse: la Coca-Cola, “bebida del diablo”, es reemplazada por la Judah Cola, cuya receta ha sido dictada por el Espíritu Santo; las radios proclaman “¡Jesús te ama!”, la televisión difunde telenovelas con contenido religioso; la policía ha modificado el mandamiento “No matarás” por “Dios retira la vida. Solo estoy apretando el gatillo”. En el Congreso, las sesiones se interrumpen para orar... Los pastores han devenido líderes en el seno de la sociedad civil y han ganado y ganan cargos políticos electivos. No se trata tampoco de un suceso inesperado. Ya en las elecciones de 1989, donde los medios de comunicación hicieron campaña sucia contra la candidatura presidencial de Lula, los grupos evangelistas jugaron un papel decisivo en el triunfo de Fernando Collor de Mello.
Las iglesias evangelistas han reemplazado la Teología de la Liberación por la teología de la prosperidad, cuya lógica es, señala Oualalou, internalizar en los fieles la convicción de que tienen derecho a todo -a la buena vida material, a la salud- en esta vida, no en la próxima. “ Y si no lo tiene ya es porque no sabe exigir”, un viraje en el modo de concebir y practicar la relación con Dios, que tiene que dar aquello y para lo cual “sólo tienes que saber pedírselo. Y para pedírselo debes formar parte del grupo evangélico, pagar y rezar”. Así, “la gente sólo escucha la radio evangélica, ve la televisión evangélica, acude a los grupos evangélicos de Facebook y WhatsApp (...), vive encerrada en ese mundo.”
Todo ello es grave, pero más lo es la constatación inequívoca de Oualalou, tal como lo ha señalado en la entrevista que le hiciera Eduardo Febbro para el diario argentino Página/12 (edición del 16 de octubre), “los partidos y movimientos progresistas, el PT por ejemplo, abandonaron a esta gente. Al final, lo que ocurrió es que se cortaron los puentes para dialogar con la gente humilde”. En momentos de crisis y miedo, Bolsonaro apareció con el discurso de orden, de “matar a los bandidos”, yuxtapuesto con el discurso de los pastores demonizando al PT al presentarlo como lo que no es, un partido radical, utilizando los templos para alimentar la idea de “que la crisis y la recesión son culpa de Satanás, y ese Satanás es el PT. (...). Distribuyen una retórica que nada tiene que ver con la realidad y la gente cree”.
En ese punto aparece la importancia de la cuarta premisa del inicio: no basta ganar elecciones y tener liderazgos consolidados: es imprescindible generar hegemonía, nuevo sentido común. Ello requiere llevar adelante una sostenida, continua, sólida tarea de educación política. En evidente que no la hubo. De haberla habido, las formidables conquistas sociales no hubiesen sido “gracias a Dios”, ni el lema“Brasil y Dios por encima de todos” se habría impuesto a “El pueblo será feliz de nuevo”.
El PT se creó en 1980 al calor de la lucha contra la dictadura militar, desde abajo (un dato novedoso en la historia política del país), por la convergencia de fuerzas ideológicamente heterogéneas, con fuerte presencia de las Comunidades Eclesiásticas de Base y, sobre todo, obrera (el novo sindicalismo antiverticalista y fuerte opositor del peleguismo derivado de la Consolidación de las Leyes del Trabajo, de 1943, inspiradas en la Carta del Lavoro fascista, de 1927). Surgió con una denuncia crítica del reformismo social demócrata, en una postura inequívocamente de izquierda, si bien su relativo radicalismo inicial se fue metamorfoseando, inclinándose hacia el centro, particularmente mientras fue gobierno. Esa transformación se ha manifestado (se manifiesta) en el abandono del lenguaje en términos de clases, de donde el abandono de políticas de clase. No abro juicio de valor: señalo un hecho.
No obstante, los gobiernos del PT (2003-2016), caracterizados como de “nueva izquierda”, progresista, socialista democrático o de centro izquierda, sacaron a millones de hombres y mujeres de la pobreza, redujeron las desigualdades -logro más que considerable en un país de algo más 208 millones de habitantes-, ampliaron y fortalecieron la clase media, esquivaron la crisis de 2008, permitieron el crecimiento económico y transformaron a Brasil en un país relevante al integrarse, en el plano mundial, a los BRICS, al apuntar al fortalecimiento del Mercosur y de la Unasur...
Lula dejó la presidencia con una aprobación de alrededor del 80%. Preso, tenía una intención de votos para las presidenciales del 40 %, lejos del 29 % que obtuvo Haddad, lo que también es un dato revelador de la primacía del liderazgo personal por sobre el partido como colectivo, fenómeno que no es privativo de Brasil y sobre el cual bien vale un debate, más político que académico.
Una acotación más. ¿Cómo explicar que la ilegítimamente derrocada presidenta Dilma Roussef, sobre la cual ni siquiera los golpistas apelaron a perseguirla judicialmente con acusaciones de corrupción, como sí hicieron con Luiz Inácio Lula da Silva, resultara ¡cuarta! en la elección senatorial en su estado, Minas Gerais? Faltó trabajo político de base, faltó hegemonía.
Brasil es un país presidencialista, pero a diferencia del resto de América Latina, su presidencialismo se caracteriza, particularmente en los últimos treinta años, por ser de coalición. Lo es doblemente: por la fórmula presidencial, bipartidaria, y porque la que triunfa no tiene la mayoría legislativa, lo que obliga a continuas negociaciones, una práctica que es también parte del coeficiente histórico de las culturas políticas brasileñas, herencia de los tiempos en que la política era cuestión de caballeros y las masas estaban excluidas. El PT llevó a las masas a un protagonismo antes desconocido, pero nunca pudo tener mayoría propia y debió negociar permanentemente, como si la afirmación de Francisco José de Oliveira Vianna, hijo de dos familias fluminenses tradicionales y, a mi juicio, el mayor pensador de las derechas brasileñas -expuesta, no recuerdo si en Populações meridionais do Brasil (1920) o en Evolução do povo brasileiro (1923)-, pesara como una maldición: en Brasil, se gobierna con las 400 familias fundadoras o, sin ellas, no se gobierna.
Está claro que Bolsonaro gobernará con (y para) ellas, en tanto metáfora de las clases dominantes, no necesariamente hoy las mismas del pasado. No obstante, tendrá que negociar con el Congreso (si es que no lo cierra), pues su representación partidaria es de sólo 4 senadores (sobre 81, de 20 partidos) y de 52 diputados (sobre 531, de 30 partidos), Cámara ésta donde el PT es primera minoría con apenas 4 votos por encima del Partido Social Liberal de Bolsonaro. La cuestión de la gobernabilidad, no teniendo mayoría propia en el Congreso, obligará a negociar. Lo mismo ocurriría en el eventual triunfo de Haddad, que tendría, mayores dificultades para ello.
Es cierto que Bolsonaro podría zanjar el problema, sin demasiados costos políticos, optando por un gobierno militar. Un país puede llegar a tener un gobierno de carácter militar, aunque las Fuerzas Armadas como tales no participen del mismo, una posibilidad también prevista por Gramsci para situaciones de crisis orgánica. Brasil está ad portam de la misma, reforzada por el carácter militar de la dupla Jair Bolsonario-Antônio Hamilton Mourão, retirados con los grados de capitán y general, respectivamente. Como ironía, metáfora o catacresis, Bolsonaro fue, militarmente, antes de hacerse político, paracaidista. Pero si políticamente puede ser considerado paracaidista, eso es pertinente para sus inicios, en 1988, cuando saltó de los cuarteles a la polis y fue electo vereador (concejal) por Rio de Janeiro. Después se forjó como un típico político brasileño, de esos que transitan por una sucesión de partidos, otro dato no menor de las culturas políticas del país, donde nunca hubo sistema de partidos fuertes, ni tampoco, salvo contadísimas excepciones (como la del PT), partidos relativamente fuertes. El ex capitán pasó, entre 1988 y 2018, por nueve agrupaciones políticas, habiéndose iniciado en la Democracia Cristiana (DC).
Las fuerzas políticas de derecha han logrado un considerable éxito con la cuestión de la corrupción, que no es otra dato menor en las culturas política brasileñas. Ya en 1960, Jânio Quadros (también él iniciado en la DC) hizo de ella el núcleo duro de su campaña para la presidencia del país (que logró), mostrando como emblema una escoba, con la cual iba a “barrer la corrupción” de la política brasileña. En la actualidad, esas fuerzas de derecha han alcanzado, en varios de nuestros países, resultados formidables, en parte merced a la judicialización de la política y una cantinela, reiterada hasta el hartazgo, demonizadora del Estado como locus de la corrupción, frente a la “pureza” del Mercado. Una expresión devenida sentido común, manifiesta en Argentina, por ejemplo, es una muestra de ello: “un gobierno de ricos no roba porque, como son ricos, no necesitan hacerlo”. ¡Ja! La corrupción tiene, para decir una obviedad (pero no trivial), dos partes: corruptor y corrompido. En Argentina, hoy, sólo se investiga, posiblemente se condene, a los corrompidos (hombres y mujeres de la política), reales o supuestos, mientras los corruptores (hombres y mujeres del “Mercado”) quedan fuera. La figura del empresario “arrepentido” que denuncia a políticos (no importa cuan realmente cierto) beneficiarios de la “coima”, un aporte brasileño, está haciendo escuela en Argentina.
Cuando hay votantes que deciden su voto conforme el precepto “prefiero un presidente que incluso puede ser homofóbico y racista, pero que no es ladrón”, como dijo un funcionario bahiano, votante de Bolsonaro (https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-45781389), seguramente expresando un sentir hecho sentido común, se puede medir la eficacia del discurso derechista.
La Iglesia Universal del Reino de Dios se está expandiendo, por ahora, sobre todo en Argentina y Chile, y su programa televisivo Pare de sufrir se emite a toda América Latina y está ganando espacio en canales de Argentina (C5N y el muy popular Cónica), Bolivia, Paraguay y Uruguay. La presencia de la URD es creciente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y su conurbano, desplazando al catolicismo. A este hecho, constatable empíricamente, que para políticos y científicos sociales argentinos parece pasar desapercibido, se suman otros, preocupantes, como las múltiples agresiones a chicas portadoras del pañuelo verde, distintivo de quienes defienden la despenalización del aborto legal; la intromisión de un grupo de personas en una escuela secundaria (media) de la ciudad de La Plata, que, con sus pañuelos celestes (emblema de quienes bregan por mantener la penalización), trataron de impedir el desarrollo de una clase de Educación Sexual Integral; el atropello en la turística ciudad de Mar del Plata a un abogado y a un juez que trataron de impedir los malos tratos a una persona por parte de efectivos policiales que, al igual que un grupo de personas presentes, le reprocharon al juez ser “garantista”. Por añadidura, los policías fueron ascendidos por sus superiores. Hay cada vez más xenofobia en un país hecho en buena medida por inmigrantes..., claro, europeos, no latinoamericanos o africanos, o asiáticos. Ya hay políticos, de menor relieve (hoy) que se proclaman admiradores de Bolsonaro. Indicadores hay muchos y hay que prestarles atención, cosa que las fuerzas de izquierda, centro izquierda, nacional-populares y progresistas en general no están haciendo. No sea que cuando se lo haga, sea, como en Brasil, demasiado tarde. Más vale, reaccionar como en el viejo refrán: “Cuando veas arder las barbas de tu vecino, pon las tuyas a remojar”.