América Latina en su laberinto
Héctor de la Cueva
Coordinador General del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (CILAS)
Sin duda, el hecho que marca la coyuntura latinoamericana e influirá, negativamente, por un largo periodo sus escenarios es el resultado electoral en Brasil. El de México, también reciente y en sentido moderadamente opuesto, lo hará quizá con menor impacto. En todo caso, son parte de las contradicciones que estarán tensando las fuerzas económicas, sociales y políticas en el continente.
El golpe en Brasil
El triunfo de Bolsonaro en Brasil coloca el peor escenario posible en la tendencia regresiva que se venía dando en Sudamérica. Aunque frecuentemente se abusa del término, pues no toda derecha o régimen represivo y autoritario lo llena, hoy no se exagera al calificar al régimen entrante de fascista. No son sólo las declaraciones y actos de Bolsonaro y de sus más fanáticos seguidores sino, sobre todo, la desafortunadamente amplia base social sobre la que se sustenta la que le da el perfil más peligroso. Aún está por verse si lo acompañará en todos los abusos y locuras de la dictadura que promete, pues desde luego gran parte de sus votantes están muy lejos de poder ser calificados de fascistas o incluso de derechistas.
En realidad, el resultado ya no fue una sorpresa; fue construido durante años, acelerándose en los últimos de Dilma hasta el golpe que la destituyó. Refleja, en primer lugar, una realidad presente en casi todas nuestras sociedades, divididas entre amplios sectores de la población cargados a la izquierda y la lucha social, y otros francamente conservadores o ganados a la ideología neoliberal, y una gran masa flotante hacia un lado u otro, según las circunstancias. Lo sorprendente en realidad fue el ascenso que consiguió Haddad en la segunda vuelta hasta llegar casi al 50%. Y ese 45% representará una gran resistencia contra el nuevo régimen, así como la derecha lo fue cada vez más contra el gobierno del PT. Aún no está escrita toda la historia de los próximos años en Brasil. Sobre las implicaciones estratégicas para la izquierda al asumir esta realidad de “hegemonía dividida” de nuestras sociedades, por sintetizarla de alguna manera, ya se ha escrito y no podré entrar de lleno al tema en este artículo.
En todo caso, el capital y la derecha hicieron su trabajo, socavando progresivamente en todos los frentes al gobierno del PT. Lo que es de llamar la atención es que lo que les funcionó es llevar el ataque al extremo, sin miramientos, usando todo el poder económico, político, jurídico y mediático que siempre conservaron, explotando las que consiguieron colocar como debilidades del PT, principalmente la bandera de la corrupción –aun inventada como en el caso de Lula y otros--, logrando culpar a la izquierda ante los ojos de la gente como responsable de la crisis económica, levantando una “salida” fuerte –no importa cuan grotesca. Parece increíble que en cosa de meses se haya podido pasar de la posibilidad de que ganara Lula con un 70% de la votación a la elección de un candidato fascista. Dejo de lado los pormenores de la propia “campaña” electoral, en la que la derecha usó con éxito expansivamente las mentiras más burdas a través de las redes sociales –sí, la derecha las sabe usar, no es el único medio sustraído a los movimientos sociales. Pero lo fundamental es que ante el hecho real, ganado por sí mismo o construido por la derecha, del desprestigio del PT, el conseguir sacar suciamente de la jugada a la única opción “fuerte” que tenía la izquierda, Lula, abrió finalmente la puerta para la salida dura. En épocas de crisis, muchas veces la masa indefinida se encandila fácilmente con una alternativa fuerte independientemente de su signo. Y si pueden mantener nada menos que a Lula en la cárcel, qué no pueden hacer. Por lo mismo, alcanzar su libertad debe ser en consecuencia no sólo un imperativo moral sino un objetivo estratégico de las fuerzas de izquierda y democráticas en todo el mundo…
Por supuesto, no podría haber triunfo de la ultraderecha sin fracaso, sin errores de la izquierda, sobre todo después de haber gobernado durante más de una década. Y no sólo es el desgaste “natural”. Múltiples reflexiones y lecciones deben sacarse de ahí, válidos no sólo para Brasil, sino para toda Latinoamérica, al menos, y para toda la izquierda en el mundo, incluyendo sobre las inercias que impidieron hacer esas reflexiones a tiempo. No puedo entrar en todas las que a mi juicio son pertinentes, es decir, sin extremismos fáciles. Pero en general se puede decir que hoy resulta clarísimo que confiar en que el “equilibrio” de fuerzas, de alianzas, de políticas económicas, etc., podría permanecer indefinidamente era una ilusión peligrosa. El discurso de “Brasil Potencia” se desmoronó rápidamente. El capital y la derecha esperaron agazapados el momento de recuperar el poder político directo, porque las otras esferas de poder nunca las perdieron. No profundizar el curso de la transformación, aún con el grado y la velocidad que fueran posibles realmente, no avanzar conscientemente paso a paso en minar esos poderes del capital y la derecha en todos los órdenes –económico, político, social, cultural, jurídico, militar—y, en sentido opuesto, en fortalecer a los destacamentos populares propios, en ampliar la educación política del pueblo aun sobre los beneficios económicos, entre otras cosas, terminó facilitando el regreso de la derecha. Imposible entrar en más detalles en este artículo.
El hecho es que Brasil entra a una nueva historia de horror y resistencia, de la que seguramente habrá de salir más temprano que tarde por la potencialidad que conserva el movimiento social y de izquierda, por una cosa fundamental a tomar en cuenta también, una que no hay que olvidar: aun con el trágico resultado electoral, no han sido derrotados.
El continente
Por supuesto, el triunfo de Bolsonaro representa una amenaza no sólo para el pueblo brasileño sino para toda América Latina. A escala continental, el triunfo de la ultraderecha en Brasil modifica desfavorablemente la correlación de fuerzas, contando en el extremo norte a Trump.
En la primera década del Siglo habíamos vivido de alguna manera en un continente polarizado entre un Norte dominado por las fuerzas neoliberales, incluyendo México, con algunos aliados en el Sur (principalmente Colombia), y un creciente bloque de países en Sudamérica, y en alguna medida en Centroamérica, que retaban la hegemonía del imperio y del neoliberalismo. La derrota definitiva del ALCA en Mar del Plata en el 2005 reflejaba y alimentaba esta tendencia.
Pero Washington, las clases dominantes en AL y la derecha no descansaron y replantearon su estrategia –hay que decir, exitosamente. Uno por uno fueron desmontando eslabones: Honduras, Paraguay, Perú, Argentina, Chile… Una campaña agresiva de cerco incesante sobre Venezuela… Ante la derrota del ALCA, vuelta a las negociaciones bilaterales. Fortalecimiento de la Alianza del Pacífico con Chile, Perú, Colombia y México como cinturón contra los procesos de integración regional alternativos que habían venido surgiendo. El péndulo se corría a la derecha. Y ahora un golpe brutal en Brasil.
El ascenso de la ultraderecha en el país y la economía más grande del subcontinente no sólo refuerza el bloque aliado a EU, no sólo acelera el debilitamiento de los procesos de integración alternativos, no sólo refuerza a la derecha en toda la región, sino que representa una verdadera y quizá inminente ofensiva intervencionista contra Venezuela. Y por supuesto, los otros países que aún escapan al control del imperio seguirán en la mira. Bolivia especialmente representa el bastión estratégico que hay que prepararse también a defender a toda costa.
En Centroamérica el avance d las derechas locales con apoyo de EU han disparado una descomposición social que se traduce, entre otras cosas, en una enorme ola migratoria. Nicaragua es un eslabón débil que casi se cae por sí mismo; la corrupción y descomposición autoritaria del régimen de Daniel Ortega y esposa la hacen indefendible aun con las mejores intenciones “geoestratégicas”. Triste historia la de la revolución nicaragüense. La corrupción de las izquierdas al llegar al poder es una de las mayores debilidades frente a la derecha y el capital, no porque éstos no alberguen corrupción, sino porque la saben capitalizar sobre todo porque se supone que el proyecto emancipador de la izquierda no debería incluirla. Hay mucho que reflexionar al respecto.
En Norteamérica, con consecuencias mundiales, el período ha estado marcado desde luego por el ascenso de Trump al poder en EU. Ya se ha escrito mucho. Nada menos que a la cabeza de la principal potencia imperial está un bufón siniestro –parece que ahora se están dando en maceta--, también xenófobo, misógino, homófobo, racista, de corte fascista incluso por tener una importante base social… La mancuerna ahora con Bolsonaro suena de lo más peligrosa. Ciertamente, el triunfo electoral de los Demócratas con el que consiguen el control de la Cámara de Diputados de EU resta poder a Trump y le pone un camino empedrado para su reelección. Nuevamente, como en todas partes, no está todo inclinado sólo hacia un lado. Pero la amenaza sigue ahí.
Uno de los “triunfos” que parecía haberse anotado Trump es el de la renegociación del tratado de libre comercio con Canadá y México. Aún está por verse si lograrán firmarlo y, sobre todo, si será ratificado por los Congresos y el Parlamento. Pero por lo pronto consiguió un triunfo político, incluso con el aval del nuevo gobierno mexicano, que intenta mantener buenas relaciones y conseguir a toda costa empezar con estabilidad económica. En realidad, ese nuevo tratado es un gran candado en el cuello de México. Pero México es hoy otra historia en el continente…
A dónde va México?
México está poniendo el contrapunto en el escenario continental y pareciera ser la esperanza de cambiar el sentido del péndulo. En efecto, quizá desfasada y tardíamente, después de más de treinta años de padecer un régimen de derecha neoliberal y a contrapelo de la tendencia general en el hemisferio, el 1 de julio el pueblo de México le asestó un golpe formidable en las elecciones presidenciales, de Congreso y de varias entidades federales. En realidad no surgió repentinamente, sino que es el resultado del descontento social acumulado, la persistencia de innumerables luchas de resistencia obrera campesina y popular en contra de la pobreza, el despojo, la injusticia y la represión. O sea, el hecho más importante, el que abre nuevas perspectivas y modifica el escenario nacional, no es quién llega al gobierno sino el sentido del voto ampliamente mayoritario de más de 30 millones de mexicanos.
El PRI, partido que gobernó durante décadas, el PAN que representó la “alternancia” de derecha y el PRD, corrompido y quien desde la “izquierda” pactó la imposición de las últimas reformas neoliberales, han quedado devastados por el alto porcentaje de más del 50% del electorado que votó a favor de Morena, quien no solo obtuvo la presidencia de la república, sino también amplia mayoría en las Cámaras de Diputados y Senadores, 17 de 29 Congresos Locales que se disputaron y varias gubernaturas, así como el 80% de las alcaldías de la Ciudad de México y su Jefatura de Gobierno.
El problema comienza cuando analizamos al gobierno que llega. El gobierno nacido del hartazgo no es ciertamente un gobierno de izquierda, o surgido de los trabajadores o los movimientos sociales, ni responde directamente a ellos. Esto es un hecho más allá de otras consideraciones políticas. Incluso es necesario decir que antes del 1° de Julio quedó de manifiesto que la candidatura de AMLO se desplazaba hacia la derecha en la medida que matizaba su discurso y lograba la interlocución y la aceptación de los grupos de poder que han dominado al país.
Desde luego, esos poderes fácticos lo han aceptado con la condición de determinarlo, de acotarlo, de que no vaya más allá de lo que el capital y el neoliberalismo pueden consentir. Esto lo facilita el hecho de que el gobierno y Morena se vienen llenando de cuanto arribista y trepador de izquierdas y derechas pueda haber, sobre todo de tránsfugas del PRI y el PAN. La mayoría del gabinete y los principales operadores ciertamente no provienen de la izquierda. La mayor ironía histórica es que el PRI ha sufrido su mayor derrota pero el nuevo gobierno está lleno de ex priístas. El propio López Obrador viene del PRI.
Y ahí siguen los viejos poderes económicos y políticos listos para frustrar las aspiraciones populares y para inclinar a la nueva presidencia hacia sus intereses. Y ahí están también visibles las señales en el futuro gobierno y su partido de reciclar los residuos del viejo régimen y no trastocar de fondo sus políticas económicas neoliberales.
Como contrapeso a la continuidad económica, se perfila el despliegue de una política asistencialista orientada hacia los grupos vulnerables de la población que puedan constituirse en una sólida y amplia base social del nuevo gobierno. Ciertamente, como sucedió en Brasil, tales políticas sociales y económicas pueden estimular la economía y mejorar las condiciones de vida de amplios sectores en una primera etapa, pero a la larga no tienen un sustento transformador.
En su posicionamiento posterior a las elecciones, “La Nueva Central de Trabajadores asume que la lucha por una verdadera transformación democrática de México y por enterrar al nefasto modelo neoliberal aún está por delante. Advertimos del riesgo de que todo cambie para que todo quede igual, de que este acontecimiento histórico no conduzca a los cambios que está exigiendo el pueblo de México…
“La victoria electoral no significa que estarán garantizados los intereses y reivindicaciones del pueblo trabajador, de las comunidades y pueblos, de los jóvenes y mujeres, la democracia verdadera o el desarrollo soberano de la nación; ni siquiera es seguro que se reviertan las reformas neoliberales o se recuperen los bienes nacionales privatizados. En realidad, lo que significará es que se abrirá la verdadera disputa entre el capital y el trabajo, entre la democracia y el autoritarismo, entre la izquierda y la derecha, entre los movimientos sociales y los partidos, por definir el rumbo de la Nación…
“Ahí iniciaría realmente la famosa “transición”. Pero la transición siempre va para algún lado. La derecha, los poderes fácticos y las metrópolis imperiales jalarán a ese gobierno hacia sus intereses o lo harán caer; la clase trabajadora, los movimientos sociales, la izquierda, debemos actuar para que ese momento político de transición, ese cambio político derivado de las elecciones, conduzca hacia la izquierda, hacia un proceso de transformación real del país bajo un gobierno constituyente verdaderamente representativo de la mayoría del pueblo mexicano. Aun para quienes desde los movimientos sociales hayan apoyado esta candidatura esa será la disyuntiva.”
Por supuesto, no hay que engañarse tampoco del otro lado. Es decir, seguramente habrá algunos avances democráticos, en derechos humanos, en cierta mejora en diversas dimensiones. El escenario será contradictorio.
En cualquier caso, casi todo escenario probable conduce a una situación nacional altamente conflictiva, a una enorme crisis política, y probablemente económica en el mediano plazo.
Habrá que sacar las lecciones de las deficiencias y errores que facilitaron el regreso de la derecha neoliberal en Sudamérica. Entre ellas, romper con la ilusión de que las alianzas con las derechas o sectores del capital, el “equilibrio” político, no dura prolongadamente. El capital y la derecha no perdonan. Sólo avanzar en las transformaciones sociales, políticas y económicas, y la organización determinante del pueblo pueden prevenirlo. Ni el dirigente más capaz puede sustituir eso, menos quien pretenda desde arriba y desde el “centro” mantenerse en el poder.