Contra la mixtificación y el olvido de la historia
Carlos Javier Bugallo Salomón
Doctor por la Universitat de València
Últimamente está de moda la mixtificación histórica, asumiéndose la idea de que la historia avanza por sí misma e independientemente de la voluntad y de la participación de los seres humanos. Contra este tipo de fatalismo nos alertó hace ya tiempo Karl Marx,, quien dijo al respecto lo siguiente:
“La historia no hace nada; no ‘posee inmensas riquezas’, no ‘libra combates’. Son los hombres reales y vivos los que hacen, poseen y luchan. La ‘historia’ no utiliza a los hombres como medios para conseguir –como si fuese una persona individual- sus propios fines. La historia no es nada más que la actividad de los hombres para la consecución de sus objetivos.” (Karl Marx: Sociología y filosofía social. Textos compilados por Tom Bottomore y Maximilien Rubel, Barcelona, ed. Península, 1978, p. 83.)
A lo que también añadió: “... como dice Vico, la historia humana difiere de la natural por el hecho de que nosotros mismos hacemos la primera pero no la segunda.” (ibídem, p. 83).
Un ejemplo de este tipo de mixtificación lo pudimos observar en el estupendo Debate sobre Europa, promovido por Público.es. Ahí escuchamos a Manuel de la Rocha sostener que la Globalización era una suerte de fuerza histórica arrolladora contra la que nada podía hacerse, salvo reconocer su carácter ineluctable y manejarla de la manera más conveniente posible.
Por lo visto hay que explicarle a Manuel de la Rocha que la Globalización la han impuesto los partidos políticos y los gobiernos que creen, como él mismo, que sólo se pueden solucionar los problemas económicos de la desigualdad y el desempleo creciendo económicamente; crecimiento que vendría de la mano de una apertura comercial y un aprovechamiento de las ventajas comparativas de los respectivos países -como recomendara hace 200 años el economista liberal David Ricardo.
También hay que explicarle a Manuel de la Rocha que el crecimiento económico no es una condición suficiente ni necesaria para crear empleo. Lo primero, porque si el crecimiento de la productividad de la economía es superior a la del producto, el resultado neto es la destrucción de empleo. Y lo segundo, porque con una reducción y redistribución del tiempo de trabajo se podría conseguir el mismo efecto sin tener que crecer.
Tampoco dijo nada Manuel de la Rocha de que esa confianza ciega en las ventajas del comercio internacional fue un subproducto, para los partidos socialdemócratas, de su pérdida de confianza en el papel y la utilidad del Sector Público en la economía. Se empezó con el tópico de Carlos Solchaga de que “... la mejor política industrial es la que no existe” y se terminó con ese otro de Zapatero de que “... es progresista bajar impuestos.”
Por favor, seamos serios y no escondamos las propias responsabilidades históricas ante la gravedad de lo que está ocurriendo. Los promotores de la Globalización tienen nombre y apellidos.
Contra esta suerte de mixtificación histórica el profesor Vicenç Navarro ha escrito varios artículos -magistrales y siempre oportunamente ignorados por sus críticos-, donde señala la responsabilidad de las políticas públicas, promovidas por partidos de derecha y social-liberales (a estos últimos ya no se les puede llamar socialdemócratas), en el advenimiento de la situación actual.
Pero no sólo hay quien mixtifica la historia, sino también los que prefieren simplemente ignorarla. Un ejemplo de ello es el que acaba de manifestar el compañero de Izquierda Unida Eddy Sánchez. Y me voy a permitir polemizar con él, desde el respeto absoluto a su libertad de opinar.
Consideremos la siguiente afirmación suya:
“Alternativas de base exclusivamente nacional de base keynesiana o de planificación centralizada, no son viables. La apuesta por modelos autocentrados alternativos es más fácil en el ámbito europeo que en los estados respectivos.”
Esta afirmación tiene el mismo valor que una profesión de fe católica, ya que no se basa en ningún tipo de evidencia científica disponible. Sólo se basa en la presunción -en un juicio de valor-, de que lo grande es siempre y en todo lugar mejor que lo pequeño. Si eso fuera así, no se entenderían todas las revueltas anticoloniales del siglo XX que terminaron por arrumbar grandes imperios, como el británico.
Además, ¿cómo puede lograrse un modelo ‘auto-centrado’ de desarrollo en la Eurozona cuando lo propio de las relaciones de dependencia es, precisamente, que los pueblos periféricos pierden el control de sus destinos y pasan estos a subordinarse a los países centrales? ¿No resulta más razonable invertir los términos del problema, y buscar el desarrollo ‘auto-centrado’ comenzando por romper esos vínculos neo-coloniales? No faltan ejemplos históricos a este respecto: por poner uno sólo, podemos mencionar el caso de América Latina, totalmente involuntario, que según el economista Denis-Clair Lambert experimentó un despegue económico tras la Gran Depresión de 1930 al cerrarse los mercados internacionales y verse obligada a industrializarse.
Ahora dejaré de lado las lucubraciones históricas y razonaré como un simple militante de izquierdas. ¿Qué se supone que debe hacer el gobierno de Venezuela, abandonar su vía nacional al socialismo e integrarse en la NAFTA, como hizo México? ¿Qué debemos hacer nosotros, cuando Europa y Estados Unidos concluyan sus negociaciones secretas de libre comercio: las aceptaremos?
Como puede verse, las implicaciones políticas del debate son enormes, y me parece del todo inapropiado razonar sobre el asunto con tanta ligereza.
Por supuesto, aprecio en mucho las aportaciones de Manuel de la Rocha y de Eddy Sánchez, pero como dice el adagio latino: Amicus Plato sed magis amica veritas (Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad).