¿La unión monetaria explica la crisis?
Fernando Luengo y Lucía Vicent
El debate sobre “Otra Europa” al que se nos invita desde Espacio Público está, lógicamente, centrado en la formulación de alternativas. Quienes pensamos que vivimos una situación de emergencia entendemos esta orientación. No debemos descuidar, sin embargo, la reflexión sobre las causas de la crisis, en absoluto cerrada, pues los diagnósticos condicionan crucialmente los caminos de salida de la crisis. Es, precisamente, en este punto donde queremos situar los comentarios que siguen.
La crisis económica es plural, en cuanto a su origen, global, por cuanto que ha afectado al conjunto del mundo capitalista, especialmente a las economías más avanzadas, y sistémica, en lo relativo a sus causas, en la medida en que es el resultado de la quiebra de los mecanismos de acumulación y distribución capitalistas en el periodo de la globalización financiera. La crisis no se circunscribe, en consecuencia, a las economías que habitan la zona euro.
Nuestro diagnóstico es que las causas de fondo de la crisis se encuentran en unos procesos económicos gobernados cada vez más por el dictado de las finanzas, una inequitativa distribución del ingreso y de la riqueza y un espacio productivo y comercial jerarquizado y desigual; todo ello, en un contexto más amplio de dinámicas de crecimiento depredador del entorno físico que las sustenta y de una progresiva oligopolización de los mercados.
Estos factores han caracterizado, con desigual intensidad, dependiendo de las regiones y países considerados, la dinámica económica capitalista desde las últimas décadas y también han atravesado el denominado “proyecto europeo”. Su articulación es lo que, en definitiva, da cuenta de la economía de endeudamiento, cuyo desbordante crecimiento provocó el crack financiero de 2008.
Así pues, para entender los efectos perturbadores de la Unión Económica y Monetaria (UEM) es imprescindible introducir e integrar en el marco interpretativo, en el diagnóstico, los vectores centrales de la dinámica de acumulación y distribución que han impregnado, al menos desde la década de los ochenta del pasado siglo, desde luego mucho antes de la implantación del euro, a los capitalismos europeos. Y es en este contexto más amplio, en esta dinámica capitalista, cuando los responsables comunitarios dan el paso de crear la UEM.
La principal singularidad de esta crisis en Europa tiene que ver con las consecuencias de la creación de un espacio monetario integrado -con las carencias institucionales con que se creó y, sobre todo, con los desequilibrios tanto macroeconómicos como productivos que promovió.
Se abren dos líneas de reflexión para entender las peculiaridades de la crisis europea, complementarias entre sí y, por tanto, ambas necesarias. De un lado, el libre movimiento de capitales –determinante en el impulso de la moneda única y revelador de su configuración institucional- que consagró la UEM, operando en un espacio caracterizado por estructuras productivas y comerciales bien distintas, sin instituciones capaces de supervisar y corregir los desequilibrios asociados al crecimiento de los movimientos transfronterizos de capital, tenía que dar lugar, necesariamente, a la intensificación de las asimetrías entre los países que integran la zona euro. Ello contribuyó de manera crucial a una espiral de endeudamiento -público y, esencialmente, privado-, que se desarrolló aceleradamente desde finales de los años noventa del pasado siglo y que culminó en la crisis financiera.
De otro lado, el referido diseño y la operativa correspondiente han sido funcionales al capital financiero y a las grandes corporaciones, han facilitado el redespliegue productivo y comercial de las empresas transnacionales, ha debilitado la capacidad de intervención de los poderes públicos, ha reforzado la posición prominente del capital frente al trabajo y ha entregado el denominado proyecto europeo a los mercados desregulados Todo ello ha abierto una segura y fructífera vía de enriquecimiento de las oligarquías.
Esta perspectiva, más allá de una dimensión estricta y limitadamente institucional y reconociendo que el euro surgió con un diseño insuficiente e ineficiente, pone el acento en ofrecer una caracterización estructural y sistémica de los procesos de integración monetaria.
En el caso de la economía española, la llegada masiva de flujos financieros –estimulada por el libre movimiento de capitales que consolidó la UEM, la reducción de los tipos de interés reales y las oportunidades de negocio asociadas, sobre todo, al boom inmobiliario- ha estado en la base de los déficit por cuenta corriente, del intenso crecimiento de la deuda privada, de la consolidación de un patrón de especialización productiva sustentado en actividades de medio-bajo perfil tecnológico y valor añadido, de la expansión del sector no comerciable -es decir, de aquél que se articula en torno al mercado interno- y de la propagación de la burbuja inmobiliaria.
Pero también en este caso conviene hacer una puntualización, pues una parte de esta problemática, sobre todo la que tiene que ver con las debilidades de nuestro aparato productivo, precede a la adscripción de nuestra economía a la zona euro y da cuenta de la brecha de productividad y del déficit de competitividad que la separa de los países más avanzados de nuestro entorno. La pertenencia de la economía española a la UEM ha agravado los problemas de fondo y ha contribuido a confinarla en una posición periférica, frágil y dependiente.
Dar por bueno este diagnóstico tiene, al menos, dos implicaciones. La primera es que una alternativa progresista a la crisis económica hace necesario un radical cuestionamiento tanto del entorno institucional como de la lógica económica que subyace en el mismo, pues ambos aspectos están conectados y se refuerzan mutuamente.
El euro no sólo es una moneda compartida por varios países, sino que, desde su origen, ha formado parte inextricable de un entramado institucional (sesgado, más que imperfecto) y de unas lógicas y dinámicas económicas que han estado en la base de una economía crecientemente determinada por las finanzas, que no sólo han ganado en importancia sino que han impuesto su lógica. Defendemos un planteamiento que, en definitiva, sitúa la moneda como expresión de las relaciones sociales y como vehículo de los intereses de la clase dominante.
En segundo lugar, la aceptación de este diagnóstico, supone que superar la crisis significa mucho más que reactivar la economía, por importante que sea este objetivo en un contexto de masivo desempleo. Es imprescindible abordar y resolver los problemas que la provocaron; para ello es obligatorio dotar de mayor complejidad y profundidad a las propuestas de salida de la crisis, que, además de un imprescindible plan de emergencia, dada la gravedad de la situación actual, necesariamente deben situar en la agenda política la problemática estructural que estuvo detrás de la economía del endeudamiento.
Estos asuntos no han estado en la agenda de Bruselas, ni en la de los gobiernos, o han tenido una presencia retórica. No en vano avanzar en esa dirección comporta una revisión en profundidad del proceso de acumulación capitalista y del proyecto comunitario y un cambio sustancial de la actual correlación de fuerzas.
Nada que ver, por lo tanto, con una perspectiva centrada casi de manera exclusiva en las reformas institucionales –por necesarias que sean- o que aísla la moneda de los procesos económicos y de las relaciones de poder que la determinan; o que pretenda hacer caer la responsabilidad de la crisis sobre los trabajadores por una supuesta incontinencia salarial en comparación con la envidiable austeridad alemana, o sobre las familias que habrían vivido por encima de sus posibilidades, o sobre una mala gestión de los recursos públicos, que, siendo cierta, no ha sido la causante del alto endeudamiento acumulado por nuestra economía durante los años anteriores de la crisis.