¿Más o menos Europa? Realismo frente a idealismos de izquierda
Ignacio Muro Benayas
Es evidente que estamos en un periodo en el que los ciudadanos están especialmente indefensos ante los poderes económicos. Aunque pertenecieran a un “Estado aislado”, sin pertenencia a ninguna organización regional, se encontrarían sometidos a una maraña de intereses que hacen imposible la soberanía en asuntos económicos o financieros. Y es que el capital (mercantil, industrial, financiero) disfruta de una libertad que le permite saltarse fronteras y reglas nacionales y está amparado por una legalidad supranacional construida a partir de acuerdos y convenios interestatales de obligado cumplimiento que privilegian los derechos del inversor sobre los del ciudadano.
Parecía que la Unión Europea era un dique contra esa debilidad pero no es así. La UE fue y es la primera experiencia singular de transferencia voluntaria de poder democrático hacia una estancia superior y una gran esperanza para todas las naciones del mundo que soñaban ejercer un contrapoder político al ejercicio de la ley del más fuerte. Pero hoy se encuentra en un momento en que las iniciativas elitistas y tecnocráticas favorables a los grandes lobbies hacen temer por su desnaturalizacion. Identificar sus pros y contras es esencial para orientar el pensamiento estratégico de las izquierdas periféricas, o mejor, de las izquierdas que aspiran a la centralidad de los países perifericos.
¿Pueden los paises del sur defender hoy sus intereses mejor fuera de la UE que dentro? Necesitamos, sin duda, más de otra Europa y menos de "esta" pero no basta con plantear objetivos ideales para que estos se puedan cumplir. Hay que combatir el idealismo de los que al describir “cómo deberían ser las cosas” nos hacen soñar con que acabaremos en esa dirección. No es así, en absoluto es así. Pero tambien hay que combatir el idealismo de los que creen que hoy la resistencia ante el capital se construye mejor desde la trinchera del estado nacional, que “la libertad” que concede disponer de moneda es hoy determinante.
Por eso, más que comentar la propuesta de ideas que nos ofrece EconoNuestra con la que es muy difícil estar en desacuerdo, me parece más eficaz abordar los temas candentes del momento europeo, aquellos que nos acercan al complejo realismo de la situación..
Europa: la desnaturalización de un proyecto
Mientras en las últimas décadas del siglo pasado la solución europea se presentaba como sólida y la única posible, la crisis actual ha convertido a Europa en un avispero y en el centro del problema. Europa representaba entonces dos cosas: una integración voluntaria hacia espacios soberanos de mayor tamaño y un modelo social basados en sólidos consensos entre el capital y el trabajo. Hoy lleva camino de no representar ninguna de las dos.
Aquel club de países voluntarios que defendía un poder institucionalizado y que caminaba desde el consenso hacia la ponderación de cada país, medido en número de votos, capaz de reconocer los desequilibrios del proceso y ofrecer compensaciones a los más débiles (los fondos de cohesión y territoriales), se desliza peligrosamente al terreno de “lo fáctico”, hacia la construcción de una Europa alemana, que impone sus soluciones unilaterales favorables a los acreedores mientras congela el presupuesto y debilita los esquemas compensatorios. Lo que era transferencia voluntaria de soberanía se parece demasiado a una “imposición externa” que homogeniza soluciones tratando como homogéneos (meros deudores), casos disímiles. Lejos de ser una solución única, atractiva e integradora se parece demasiado a la impuesta bajo el imperio romano, los Austrias o a la unión napoleónica.
La institucionalización del poder, retomar la sendas de los equilibrios, es imprescindible para que la UE nos siga siendo útil como instrumento de progreso social a los paises del sur. Esta legislatura, que determinará los consensos socioeconómicos de las próximas décadas, es probablemente, casi la última oportunidad para modificar la ruta. Y esa oportunidad solo podrá surgir, así lo intuyo, desde una gran conmoción, una gran crisis que obligue a cambiar el rumbo.
Crisis de deuda, crisis de confianza
Probablemente en el centro de esa futura conmocion estará el problema de la deuda.
Empieza a ser innegable que, por encima de las políticas de ajuste, la carga de la deuda público-privada es, en los países del Sur, la pieza que hoy bloquea el arranque de la economía productiva y que su solución (quita mas reestructuración de vencimientos) choca con los (des)equilibrios de poder y la ruptura de consensos en una Europa polarizada entre deudores y acreedores.
Paradojicamente es este es único caso en que la UE se aleja de la logica y los principios mercantiles privados. Si cualquier concurso de acreedores conlleva un pacto deudor-acreedor con aplazamientos y quitas para asegurar la capacidad efectiva de pago del deudor, es porque se reconoce el principio del riesgo compartido omnipresente en toda operación financiera. Y tambien porque es la única solución lógica que permite la supervivencia de unos y otros. Sin embargo, ese principio natural se les niega a los países periféricos: aunque estén al borde de la suspensión de pagos, o de la insolvencia, no pueden aspirar a una quita sobre la deuda. Están condenados a asumir todo el peso de la reestructuración aunque el ajuste social sin límite les instale en una depresión del consumo que lastre el desarrollo de la propia UE.
La lógica actual de ajustes pangermánica traslada los costes de saneamiento, aquellos que pagan el pato por operaciones fracasadas, enteramente sobre la periferia, mientras que habla de compartir y mutualizar los segundos, los que generan nuevas oportunidades rentables. Los alemanes y el centro europeo se niega a que sus bancos sufran por sus ligerezas crediticias, mientras aspiran a aprovecharse de nuevos programas europeos, como el Plan Marshall que proponen los sindicatos alemanes, financiados con fondos compartidos.
Libertad de movimientos: fuente de asimetrías y concentración de riqueza
Con esas reglas no hay juego posible porque consagraría una Europa que lejos de propugnar la convergencia económica y social como objetivo, sería fuente esencial de asimetrías. Y, sin embargo esa es precisamente la tendencia dominante.
"El proyecto europeo está en su mejor momento...desde la perspectiva británica" señalaba recientemente Enrique Guerrero, un eurodiputado del PSOE. Efectivamente: esta UE parece mirarse exclusivamente desde la perspectiva del éxito mercantil, pero incluso desde esa perspectiva la UE es hoy un fracaso como indica su pérdida de peso en todos los ámbitos.
La tesis de fondo que hay que combatir es la que hace descansar el progreso, siguiendo la teoría neoclásica, en las bondades de la libertad de comercio, de capitales o del trabajo. Ni vale para el conjunto de las economías del mundo, ni vale para el interior de la UE. Esa tesis es falsa cuando las libertades de unos pocos se anteponen a los derechos de la mayoría. Por un lado, Europa debe recuperar en la OMC y en todas las instancias el debate del dumping social, el derecho a defenderse y condicionar la libertad de movimientos de capitales y mercancias cuando el competidor no comparte las mismas reglas democráticas y sociales. Sin embargo, lejos de hacerlo, la UE importa ese comportamiento mediante la Directiva de Trabajadores Desplazados que facilita que trabajadores polacos o españoles trabajen en Francia o Suiza con arreglo a convenios de sus paises de origen, haciendo dumping social respecto a las normas vigentes en los paises de destino.
¿Qué indica eso? Que el viraje dado por la UE en la última década no es, como en los 90, desregulador, que ya no representa el triunfo de las libertades económicas sin reglas, sino la imposición de una regulación (bancaria, energía, trabajo...) que favorece al poder financiero y la lógica de las grandes corporaciones. Esa es la esencia de la última experiencia europea y es esa dimensión reguladora la que pone en primer plano la politica en su relacion con la economía. Lo que está ocurriendo es que el entramado institucional europeo, con su sabia combinación entre impulsos reguladores/desreguladores, es extremadamente eficaz al favorecer los desequilibrios deseados.
En un debate público de Economistas Frente a la Crisis, un asistente pregunta a la mesa si estaríamos mejor defendidos del oligopolio energético si las competencias regulatorias estuvieran en la UE. La respuesta de Jorge Fabra fue contundente: hoy el poder del lobby eléctrico es mayor en Bruselas que en Madrid. Lo que está ocurriendo es que los lobbies han tomado las instituciones europeas.
Hablemos no obstante de los efectos de las libertades economicas en el espacio interior. Es obvio que la libertad de movimientos del trabajo es escasa en relacion con la del capital. Pero, con todo, cada 100.000 de nuestros ingenieros, informáticos, economistas… empujados al exilio económico (la “movilidad exterior” de la que tanto se enorgullece la miistra Bañez) significa una transferencia de capital humano valorada en 5.000 millones de euros, un 0,5% del PIB. Eso si solo contamos el coste de su formación en nuestras universidades y con nuestros impuestos (los de los parásitos del sur), porque, si contáramos el coste de oportunidad de no tenerlos aquí (menos ahorro, menos consumo, menos innovación) podríamos duplicar fácilmente esa cifra.
Lejos de recibir compensaciones que beneficien a la periferia por estos nuevos desequilibrios estructurales la lógica actual refuerza los mecanismos de transferencia de riqueza desde la periferia al centro. Esa es la realidad.
¿Quién sacará partido de esa situación cuando nuestros mejores profesionales se han desplazado allí para sobrevivir? Se trata de una salida de la crisis que consagra una Europa real de “dos velocidades”, con una distribución de recursos que favorecerá la recuperación del centro a través de programas financiados con fondos compartidos, mientras la periferia es obligada a asumir íntegramente su “pasado oneroso” sin poder contar con las transferencias de renta que homogenizan los derechos por pertenecer al mismo club.
Cambiar el sentido de esos flujos para que sea el centro el que vuelva a compensar a la periferia requiere una lógica federal en la UE (más presupuesto, más transferencias de renta) que los poderes fácticos centrales retrasan sistematicamente.
Solo el contrapoder judicial frena la insana concentración de poderes ejecutivos y legislativos.
¿Debe la izquierda favorecer entonces el alejamiento o la salida de Europa? No tan rápido. Lo que esta situación señala es la importancia de los retos de esta próxima legislatura, la primera en que el Parlamento se fogueará con nuevas competencias entre ellas decidir el nombramiento del presidente de la Comisión.
Ese detalle es solo un indicio de en qué medida el problema es político y especificamente institucional. De hecho, las carencias democráticas de la UE surgen de la no separación de poderes entre ejecutivo y legislativo: el Consejo, esto es el representante de la Europa de los estados, es el que tiene, de hecho el monopolio de la iniciativa lesgislativa y tambien el que concentra, de hecho, el poder ejecutivo.
Sin embargo, la izquierda suele olvidar en sus análisis la importancia que en los momentos presentes adquiere el poder judicial europeo, como fuente autonoma de poder regulador y de contrapoder. En menos de un año el Tribunal de Luxemburgo ha dictado varias sentencias, todas ellas beneficiosas para los ciudadanos. La más conocida ha concedido una sonora victoria al PAH al dictaminar que la legislación española sobre ejecuciones hipotecarias y desahucios contraviene lo indicado en las directivas de la UE. Hay otras sentencias que han supuesto avances o impedido retrocesos de derechos: el derecho a disfrutar y no perder las vacaciones cuando éstas coinciden con períodos de baja médica; la obligación de computar las cotizaciones de los contratos a tiempo parcial de forma no discriminatoria; la obligacion a tener presente las cotizaciones de trabajadores inmigrantes realizadas en otro país de la UE.
Son sentencias que muestran la importancia de los tribunales europeos en las resistencias democráticas. Como señalaba J Coscubiela en un artículo "en estos momentos la última línea de resistencia legal para evitar el despido libre sin controles que ha impuesto la reforma laboral del PP, la tenemos en la Directiva de la UE sobre este tema. Y espero que pronto podamos disfrutar de jurisprudencia que, interpretando esta normativa europea, ponga límites al poder absoluto que la reforma labora otorga a los empresarios."
La izquierda no puede construir sus analisis fijándose en una parte del problema e ignorando el resto. Hay que tener en cuenta que la naturaleza del Tribunal de Justicia de la Unión Europea es distinta a la de un tribunal internacional. Solo afecta a sus miembros, su poder emana de la cesion voluntaria de soberania de los Estados y ello le permite ser el garante de un ordenamiento jurídico propio, la fuente de un derecho compartido por la Unión que se ve asistido por los espacios jurídicos nacionales. Por un lado, acepta recursos tanto de los estados como de particulares, por otro, dicta sentencias que tienen carácter vinculante en los Estados miembros.
Decía antes que esta legislatura es quizás la última oportunidad para modificar la ruta. Así lo creo. Pero en el balance final deberán pesar todos los factores y no solo algunos, por muy importante que sean. El problema compartido con todos los ciudadanos del mundo es cómo organizar las resistencias contra el poder omnimodo del capital.
Ignacio Muro Benayas @imuroben