La UE necesita legitimidad democrática
Pepe Ribas
Escritor y periodista
Cuando la ciudadanía de un país acepta que las sentencias del Supremo y del Constitucional se dicten manipuladas por las presiones del poder político, la lealtad a la democracia se descompone y la corrupción de los poderosos campa a sus anchas. Eso es lo que ocurre en algunos países de la UE. Una unión imperfecta que ha sido poco cuestionada hasta hace bien poco, quizá porque en vacas gordas soltaba palas de dinero en forma de fondos de cohesión. Pero gran parte de estos fondos no han servido para modernizar los sectores industriales en decadencia y alentar el tejido productivo, ni para ayudar a la creación de empleo sólido, sino que se han empleado en inflar burbujas inmobiliarias gigantescas, o crear absurdas infraestructuras que facilitaban el pago de comisiones millonarias. Muchos de los que ahora denuncian han sido cómplices hasta ayer de su propia instrumentalización. La democracia, el Estado del bienestar y la prosperidad de un pueblo exigen la responsabilidad de cada uno de sus ciudadanos en el espacio común. No se puede votar una y otra vez a partidos políticos poco democráticos que además incumplen los programas electorales. Mantener el Estado del bienestar exige economía productiva y dejar de imitar a los países que viven de la especulación financiera y de la industria del espectáculo.
La irrupción de la crisis obliga a profundizar y ejercer la democracia en cada Estado de la Unión y democratizar y acercar al ciudadano los mecanismos que han hecho posible el desarrollo de la UE; un laberinto de complejidades y mestizajes en permanente contradicción. Pero esa construcción imperfecta, tras dos guerras mundiales, ha posibilitado una paz y una prosperidad sin precedentes. Europa se ha construido sin modelo pues no existe una aventura semejante en la historia del mundo; ha crecido a golpe de la voluntad entusiasta de algunos presidentes de los estados fundadores y de la necesidad de los sobrevenidos. Carece de instituciones adecuadas y el presidente de la Comisión y del Consejo son dos personas distintas, lo que provoca confusión ya que los ciudadanos no saben quién los representa en las instituciones europeas. Muchos de los estados miembros no son verdaderas democracias al no existir una verdadera separación de poderes, ni sus ciudadanos tiene las suficientes garantías de que la Justicia funcione con honradez. Decisiones importantes que afectan a millones de ciudadanos nadie sabe de dónde salen ni por qué se toman. Desde que el mercado global, que ninguna institución democrática controla y provoca una concentración de poder económico y tecnológico inconcebible, ha colonizado nuestros cuerpos y nuestras mentes, la cohesión social se está viniendo abajo. No comprendemos por qué no se imponen tasas a las transacciones financieras, o por qué no se gravan las importaciones de países que no respetan los derechos de los trabajadores. La UE necesita legitimidad democrática para imponer al mundo los derechos humanos y la justicia social.