Nacional-imperialismo de EE. UU.
Valerio Arcary
Profesor titular jubilado del IFSP (Instituto Federal de São Paulo) y doctor en historia por la USP (Universidade de São Paulo)
-Actualizado a
Cien avisa, quien uno castiga. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
(A cem avisa, quem um castiga. A bom entendedor, meia palavra basta.)
Proverbios populares portugueses.
1. A partir de este enero de 2026 habrá un antes y un después. Estamos ante un giro en la situación mundial con una acelerada alteración desfavorable de la correlación de fuerzas para América Latina. Washington inició una ofensiva a escala continental, y Caracas fue solo el eslabón más débil. Semanas después de los bombardeos y el secuestro de Maduro en Venezuela, la evolución de la coyuntura ha sido terrible. Hemos asistido a reiteradas declaraciones de anexión de Groenlandia para garantizar el control de EE. UU. sobre el Ártico frente a Rusia y China, a amenazas de intervención militar dentro de México, aunque luego suspendidas, a chantajes contra Colombia, a la increíble provocación de que Marco Rubio sería un buen nombre para la presidencia de Cuba, a la reunión con María Corina para recibir la medalla del Premio Nobel y, finalmente, al anuncio de una posible agresión contra Teherán. Nacional-imperialismo externo y neofascismo interno, como el asesinato en Minneapolis.
2. El objetivo de la ofensiva es reducir a Venezuela a la condición de un protectorado. EE. UU. no reconoce el derecho a la soberanía del país. Fue una acción imperialista sin precedentes en América Latina desde 1989, cuando la invasión de Panamá para garantizar el control del Canal. Trump ya ha declarado incluso una posible ocupación e imposición de un gobierno títere, lo que responde al plan de recolonización mediante la apropiación de las reservas de petróleo por compañías norteamericanas, entre otras razones, para excluir el acceso de China. La superioridad militar de Washington confirmada en Caracas fue una brutal demostración de fuerza frente a Moscú y, sobre todo, Pekín: desde los bombardeos en Irán, pasando por el armamento entregado desde Ucrania a Zelenski hasta Israel de Netanyahu, el imperialismo yanqui quiso probar que es la única potencia con capacidad de ejercer poder militar a escala mundial. Y lo consiguió.
3. Venezuela fue el primer país atacado por tres razones igualmente graves:
(a) porque posee inmensas riquezas naturales de importancia crucial, entre ellas el petróleo más accesible;
(b) porque fue la nación que más lejos llegó, en América del Sur, en la afirmación de un Estado independiente desde la revolución cubana, en una posición geopolítica sensible;
(c) porque era el eslabón más débil de América Latina, debido a la fractura social y política interna y al aislamiento internacional, dependiente de las relaciones con China, Rusia e Irán.
4. Trump cambió la orientación del imperialismo yanqui hacia el continente. Han existido, en perspectiva histórica, dos etapas previas a la actual. La estrategia de Estados Unidos para América Latina fue, durante el intervalo entre 1948 y la caída del Muro de Berlín, defender regímenes y gobiernos que tuvieran una lealtad incondicional con sus intereses frente a lo que interpretaban como el “peligro comunista”, incluso si eran dictaduras militares implacables, en el contexto de la Guerra Fría con la URSS. Árbenz en Guatemala en 1952, Getúlio en Brasil en 1954, Perón en Argentina en 1955, Jango en 1964, entre muchos otros, fueron desplazados por campañas golpistas. Regímenes dictatoriales fueron defendidos tanto por republicanos como Eisenhower y Nixon o demócratas como Kennedy o Lyndon Johnson. Monstruos como Trujillo, Somoza, Stroessner, Médici, Pinochet y Videla fueron protegidos.
5. La posibilidad de regímenes democrático-liberales solo empezó a admitirse a finales de los años ochenta, después de los pactos con Gorbachov. Durante treinta y cinco años, entre principios de los noventa y 2015, prevaleció el apoyo a la consolidación de regímenes democrático-electorales con derecho a alternancia en el gobierno. Nunca existió un período tan largo y estable de libertades democráticas, legalidad para los sindicatos, movimientos sociales y participación de la izquierda en elecciones.
Hasta hace pocos años, gobiernos de izquierda moderada fueron elegidos, como las coaliciones lideradas por el PT en Brasil, el Frente Amplio en Uruguay, el kirchnerismo en Argentina, Rafael Correa en Ecuador, el Polo Patriótico en Colombia, el Frente Amplio en Chile, e incluso la más avanzada, el MAS en Bolivia. Esta estrategia cambió desde el primer mandato de Trump. Avanzó a escala mundial un movimiento político de extrema derecha que, a lo largo de diez años, desde la victoria premonitoria del Brexit en el Reino Unido, pasó a perseguir un cambio cualitativo en el orden mundial posterior a la restauración capitalista y la globalización. Una de sus prioridades es la recolonización de América Latina. Este nuevo rumbo está liderado por Trump, tiene inspiración neofascista y pretende imponer una derrota histórica con impacto durante, al menos, una generación.
6. Hubo golpes militares o institucionales contra los gobiernos de Dilma Rousseff en Brasil en 2016, Evo Morales en Bolivia en 2019 y Pedro Castillo en Perú en 2022. Como si no fuera suficiente, desde la pandemia la izquierda moderada perdió frente a la extrema derecha de Milei en Argentina, Kast en Chile, Noboa en Ecuador y Rodrigo Paz en Bolivia. Ganó las elecciones en México con Claudia Sheinbaum y en Uruguay con Yamandú Orsi, pero perdió en Honduras con Nasry Asfura, aliado de Trump. La candidatura de Iván Cepeda en Colombia encuentra enormes dificultades y, incluso en Brasil, donde las perspectivas son mejores, la reelección de Lula es incierta. La agresión contra Venezuela confirma que Washington decidió usar la fuerza en América Latina cuando lo considere apropiado, amenazando directamente a Bogotá y La Habana. Aunque por ahora no exista peligro real e inmediato de algo en la escala de lo ocurrido en Caracas, se logró el objetivo de difundir el miedo en Colombia, que tendrá elecciones presidenciales en mayo, e inseguridad en Cuba, que atraviesa un período agudo de desabastecimiento. Nadie debería dudar de que se trata del inicio de una ofensiva de larga duración, a escala continental.
7. La supremacía norteamericana ya no es la misma de hace treinta años, ante el ascenso de China a la condición de potencia. Pero es necesario calibrar el análisis de esta tendencia con un realismo riguroso. No existe un orden multipolar. Cualquier subestimación del poder de EE. UU. en el mundo tendrá consecuencias devastadoras, si no irreversibles durante un largo período. Sería imperdonable no concluir que cualquier gobierno de América Latina que contradiga los intereses de EE. UU. está amenazado por la disposición de imponer control sobre lo que Washington considera su derecho de dominio en el hemisferio occidental, el continente americano, incluida Groenlandia, desde Alaska hasta Tierra del Fuego en la Patagonia. La nueva doctrina de seguridad nacional de EE. UU., la Donroe, Monroe + Trump, explicita la nueva prioridad. El reposicionamiento de Washington responde a la necesidad de retomar el dominio económico y político ante la creciente presencia económica de China. En esta reorientación, el país decisivo será Brasil.
8. Venezuela está siendo un “laboratorio”. Las relaciones de intercambio en el mercado mundial son desiguales e injustas. Pero cualquier ilusión sobre la posibilidad de una “autarquía” en el mundo contemporáneo es peligrosa. Sin integración no hay posibilidad de desarrollo y, por tanto, de reducción de la pobreza. Los países periféricos, incluso los más fuertes, como Brasil, una nación con un grado más avanzado de industrialización, dependen de la exportación de materias primas de poco valor añadido y necesitan desesperadamente acceso a mercancías que incorporan tecnologías de punta como maquinaria de última generación y, sobre todo, capitales. Las relaciones de intercambio son asimétricas e injustas. La periferia vende sus commodities a precios que se establecen en bolsas, como en Chicago, por ejemplo. Los países centrales son exportadores de capital y acreedores, y los periféricos importadores y endeudados. Al bloquear el acceso al mercado mundial como castigo por la osadía de independencia nacional, los países centrales condenan a las naciones rebeldes a la asfixia económica.
Trump usa los aranceles como sanciones, pero también muestra los “músculos” para quien dude de lo que vendrá después.
9. ¿Quién puede contener el nacional-imperialismo de EE. UU.? El desenlace de la lucha antiimperialista en solidaridad con Venezuela dependerá, en primer lugar, de la capacidad de lucha del pueblo venezolano. El papel de la solidaridad internacional será también clave. Pero nada podrá sustituir el papel de la resistencia dentro de EE. UU. El neofascismo latinoamericano se alineará con Trump. El terrorismo de Estado es un arma de intimidación muy fuerte. El miedo es un sentimiento muy poderoso. Quien eventualmente no hubiera encendido la “luz amarilla” tras la interferencia en las elecciones argentinas, cuando Trump hizo un chantaje abierto y explícito a favor de Milei, ahora debe encender la luz roja. En Colombia en mayo y en Brasil en octubre, los intentos de manipulación del resultado electoral no prescindirán de las tácticas más sórdidas, en las redes sociales, pero no solo allí.
10. ¿Cuál será el papel de China y Rusia? No estamos en 1962, cuando la crisis de los misiles en Cuba. Ni Xi Jinping ni mucho menos Putin considerarán una intervención militar directa, ni siquiera disuasoria, porque sería un posible detonante de precipitación de una Tercera Guerra Mundial. Es necesario un balance crítico de la experiencia chavista. Pero nada es más importante para la izquierda mundial que la campaña “Trump, quita las manos de Venezuela”. Ningún gobierno necesita estar de acuerdo con la gestión de Maduro para reconocer que es un preso político y exigir su libertad. Nadie necesita ser chavista para defender la soberanía de Venezuela. No era necesario coincidir con el Congreso Nacional Africano (CNA) para defender la libertad de Mandela en la Sudáfrica del apartheid en los años ochenta. No era necesario ser comunista para defender el derecho de Vietnam a la unificación nacional en los años sesenta.