El trumpismo: la fase autoritaria del neoliberalismo
Pedro González de Molina Soler
Un espectro recorre el mundo, el espectro de la ultraderecha. La ola ultra parece imparable. La segunda Administración Trump está estimulando a los movimientos de ultraderecha de distinto pelaje que hay en el mundo. Tienen estrategias coordinadas, se apoyan, como en la época de los monarcas absolutos, y no tienen un contrincante que se coordine enfrente.
Los tecnoligárcas y otros sectores financian generosamente a Trump, y en otros países a sus imitadores o seguidores. La promesa de impuestos bajos, escasa regulación, frenazo de la lucha contra el cambio climático, mano dura con los sindicatos, y remover cualquier freno a la acumulación obscena de capital y de riqueza. Los tecnoligárcas han puesto su maquinaria a trabajar para los intereses concretos de Trump, como hizo el grupo META en el pasado con Cambridge Analytica, o lo que hace Musk, pese a sus desavenencias, con X en favor del candidato republicano y otras fuerzas de extrema derecha.
Personajes tan dispares, como Javier Milei, Bolsonaro, Abascal, Ventura, etc., ensayan tácticas y estrategias ensayadas ya en los EEUU, desde negar la limpieza de las elecciones, tratar de evitar un cambio de gobierno si es necesario por la fuerza, perseguir y/o señalar a los inmigrantes y colectivos progresistas como el enemigo, etc. En resumen, pretenden atacar los principios fundamentales de la democracia liberal y tratan de desnaturalizarla para que ésta quede en un cascaron formal y sin posibilidad de retorno tras sus gobiernos.
Hay que insistir en este punto. No estamos viviendo una fase de gobiernos neoliberales que iban desmontando el Estado del Bienestar, la fiscalidad y los derechos laborales del período de los “años dorados del capitalismo”, pero que mantenían la ficción democrática y de gobernanza. Estamos viviendo el ataque directo a las instituciones, a la prensa no afín, a la oposición, a los DDHH, y a la democracia. Es la fase superior del neoliberalismo, su fase autoritaria. Tras la crisis de 2008 y la del COVID19, el neoliberalismo como modelo de gobernanza y de gestión económica estaba tocado de muerte y no concitaba ya el apoyo de los años 90 y primera década del 2000. El consenso neoliberal se había roto con la gestión de la crisis por parte de la UE y otros tantos países que sufrieron los correctivos de la mal llamada “austeridad”.
Si la primera fase de la crisis fue el avance de las fuerzas alternativas de izquierdas que pusieron en cuestión el neoliberalismo y la gestión de la crisis, como el BLOCO, FG, Podemos, Syriza, Die Linke, Jeremy Corbyn como líder del Labour o el ala de izquierdas del PD con Bernie Sanders, la fase final estos partidos fueron declinando y la extrema derecha comenzó a despegar. Hay que hacer especial mención al experimento Syriza en Grecia, que tras un forcejeo con la UE, y una campaña de esperanza que recorrió toda Europa, fue castigada duramente por la Troika, lo que cerró la salida a la izquierda de la crisis del neoliberalismo. El resto de experimentos o quedaron lejos del poder, o fueron desbancados por maniobras internas de sus partidos, o entraron de manera subalterna a gobiernos con los Partidos Socialistas que habían experimentado un giro hacia la izquierda.
La condición de posibilidad, a mi juicio, se ha dado con la experiencia del COVID19 y del confinamiento. El miedo a la muerte se extendió. La ansiedad social de enfrentarse contra un enemigo invisible, el despertarse todos los días con un nuevo recuento de muertos, y las restricciones a poder salir de casa, generaron un trauma compartido y fueron el abono donde las fake news lograron expandirse a través del uso intensivo de las redes sociales. La crisis sanitaria del COVID19 ha sido un “acelerador de la historia” y de procesos de todo tipo que hubiesen tardado bastante más tiempo en imponerse, como las compras por internet masivas, que se reduzca drásticamente el pago en efectivo, o el uso extensivo de las redes sociales. Los movimientos anti-ciencia tuvieron su eclosión ahí, y apoyan a los grupos de extrema derecha.
El futuro es un lugar extraño y peligroso. Suenan tambores de guerra por el planeta. La invasión rusa de Ucrania y Gaza han brutalizado las relaciones internacionales. Trump ha secuestrado a un presidente de un país soberano, Nicolás Maduro, para hacerse con su petróleo y evitar que se instale un circuito de pago del petróleo alternativo al petrodólar. Trump ha amenazado a aliados a la OTAN, y en especial a Dinamarca, para ocupar Groelandia, aunque haya retrocedido finalmente. El cambio climático avanza y genera problemas serios, como la Dana de Valencia. La riqueza se polariza. El desorden global se instala. La ansiedad social crece. En ese contexto, muchas personas están virando hacia posiciones autoritarias. Se busca el líder fuerte que reduzca esas ansiedades.
Por otro lado, la economía neoliberal deshilacha las relaciones sociales y personales. La precariedad laboral y la incertidumbre se instalan en muchas vidas, y el mercado no es capaz de ofrecer soluciones a esos malestares ya que ofrece pequeños chutes de nuevas experiencias o productos que son efímeros. Eso hace que algunas personas busquen principios, valores, creencias, que se consideren “inmutables”, como la nación, la religión, o incluso el racismo disfrazado de la defensa de los valores culturales. Una mirada nostálgica con el pasado se ha ido instalando en una parte de la población, promovida por los partidos de extrema derecha y los tecnoligárcas. Se promueve la búsqueda de una especie de paraíso perdido en la época del Baby Boom, cuando había menos diversidad, menos impacto del feminismo, las relaciones patriarcales estaban asentadas, los países eran más homogéneos étnicamente que en la actualidad, y se podía aspirar a vidas con mayor estabilidad vital y metidas dentro de la sociedad de consumo.
Esta época tiene un aroma similar a la de los años 30. Una crisis del modelo democrático, una crisis de los valores tradicionales de la sociedad, la incertidumbre instalada en muchas vidas, un panorama internacional de creciente violencia, y unos partidos, y los intereses económicos que les sustentan, dispuestos a cambiar las reglas del juego en beneficio de las oligarquías, aunque en el proceso se lleven las democracias y las libertades por delante. Todo lo que les fue arrancado por el movimiento obrero y los Partidos Socialistas y Comunistas durante la gran coalición antifascista hasta los años 90, debe de ser eliminado y pasado a manos privadas: el Estado del Bienestar, la solidaridad social, los impuestos progresivos, las pensiones... y volver a un mundo más salvaje, más duro y dominado por élites globales que se hacen cada día más ricas.
Esta es la distopía a la que nos enfrentamos, al final del modelo de las democracias liberales y sociales. Nos debe llevar a la acción y a la lucha. La batalla no está perdida, aunque cunda el desánimo. Debemos estar a la altura del reto histórico, si no nuestros hijos e hijas nos podrán preguntar, como aquel cartel de propaganda británico de la I Guerra Mundial: ¿Y tú, papá, qué hiciste para parar al fascismo?