La geopolítica del caos mundial
Francesc Casadó
Analista internacional
Sed de petróleo
Durante la campaña electoral Donald Trump hizo esta afirmación: “el foco estadounidense siempre ha estado en el petróleo”. Días después del secuestro del presidente Nicolás Maduro convocaba a las multinacionales petroleras para anunciarles que los hidrocarburos venezolanos son vitales en los planes económicos y estratégicos a largo plazo de su administración. La relevancia de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU en lo referente a la seguridad energética busca su supremacía global, operando incluso fuera de los marcos internacionales si considera que es necesario. La política de “paz armada” de la ESN ha conseguido finalmente el acceso al crudo de Venezuela, el país con más reservas del mundo, pero con una producción y venta muy limitada debido a las sanciones occidentales.
El orden económico surgido de los acuerdos de Bretton Woods en 1946 tuvo su primer revés cuando los gastos masivos de la guerra de Vietnam provocaron una inflación creciente y la depreciación del dólar vinculado al “patrón oro”. El nuevo patrón pasó a ser el petróleo. Desde entonces, la crisis del petróleo ha sido la crisis de un sistema monetario basado en el dólar, hasta que en 2018 China plantea el petroyuan como una moneda alternativa en las transacciones realizadas en Oriente Medio. Pekín es el mayor importador de hidrocarburos del mundo. Países como Rusia, Irán, Venezuela y, en parte, Arabia Saudita aceptan ya pagos en yuanes, especialmente aquellos bajo sanciones con las que Trump quiere imponer su dominio.
¿Nueva gobernanza global?
La ideología neoconservadora de la actual administración Trump no ha supuesto en ningún momento la ruptura con el globalismo neoliberal. Fueron Thatcher y Reagan, dos ‘neocons’, los que acuñaron el término de globalización. Republicanos y demócratas coinciden en lo esencial —libre mercado y desregulación—. Pero la actual cúpula en el poder impone la lógica del intervencionismo; el uso de la fuerza para defender los valores democráticos (Ucrania) y mantener el orden global (China). Incluso, si lo considera necesario, al margen de la OTAN, aunque sin renunciar a la presencia militar de sus bases en Europa.
Para uso doméstico Donald Trump entona el demagógico falsete romántico de “America First”. Lema populista que da prioridad a los intereses estadounidenses por encima del resto de naciones. Y le ha dado algún resultado, pero en política exterior. El presidente de EEUU ha conseguido un acuerdo con la multinacional taiwanesa TSMC, líder mundial en microchips, a cambio de defender a Taiwán de la invasión china. TSMC se ha comprometido a realizar una inversión multimillonaria en Arizona con la construcción de varias fábricas. Las empresas locales y la población insular temen que la multinacional pueda terminar desmantelada y en manos de Washington.
El presidente chino, Xi Jinping, ha denunciado que el proteccionismo y el autoritarismo no han desaparecido del horizonte político del siglo XXI y están llevando la gobernanza global a un callejón sin salida. Naciones Unidas y el resto de organismos multilaterales son desafiados provocando una turbia situación internacional. El líder del gigante asiático ha propuesto una nueva iniciativa de gobernanza global sobre la base de tres puntos: representación institucional más democrática del Sur Global; observar el derecho internacional y la Carta de la ONU; y mayor efectividad en cooperación por la paz y la seguridad.
Faro de libertad, ejemplo de democracia
Es difícil mirar hacia donde no esté Trump. La lista de sus acciones autoritarias es interminable: deportaciones; aranceles; despliegue de la Guardia Nacional; la ¿paz? en la Franja de Gaza; o el secuestro del presidente Maduro. Todas son muestra del ideario fascista que pretende trasladar a Europa. Las elecciones federales en Alemania de 2025 fueron una señal. Aparte del descalabro electoral de los socialistas alemanes por los gastos en el financiamiento de la guerra y la dependencia del gas ruso; la noticia fue el ascenso del partido de extrema derecha AfD como segunda fuerza más votada. El camaleónico Elon Musk —‘neocon’, ultracapitalista y tecnócrata— participó en la campaña electoral a través de X, conversando con la candidata fascista sobre los planes xenófobos y antisociales de su programa.
Hace unos días el reconocido ensayista indio, Pankaj Mishra, publicó en un diario nacional el artículo “Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo”. El autor aclara que no es contrario a EEUU, sino contrario a su hegemonía y al proceso de globalización que lidera. En particular a la hegemonía ideológica de las narrativas occidentales, todavía bajo una mentalidad colonial. Mishra defiende la necesidad de liberarse del dominio intelectual estadounidense y recuperar la identidad cultural en un mundo multipolar con gran diversidad de realidades históricas.
Groenlandia, paradigma trumpista
A causa del deshielo en el Ártico se han favorecido nuevas rutas marinas y la exploración de hidrocarburos. Parte de la costa del océano Ártico es territorio ruso, el presidente Putin ha afirmado que “los campos petrolíferos en alta mar, especialmente en el Ártico, suponen, sin la menor exageración, nuestras reservas estratégicas para el siglo XXI”. Groenlandia es un territorio autónomo de Dinamarca y sus gobiernos suelen ser favorables a la independencia de Copenhague. Mantienen buenas relaciones comerciales con China y esta apoya la causa independentista aunque las tensiones políticas con EEUU durante los últimos años han frenado proyectos estratégicos en común.
Lo que está sucediendo en Groenlandia puede considerarse el paradigma de la nueva estratégica de la administración. El presidente Trump anuncia cuáles son sus intenciones en tono amenazante: Hay que repartirse la tarta de Groenlandia. Está por ver si su plan será invadir o comprar todo el territorio; o si tendrá que conformarse solo con una parte después de un acuerdo regulador entre las potencias con intereses en la región (Rusia, Unión Europea y China). Aun teniendo que compartir el control insular habrá conseguido imponer su “política de cañoneras” por sobre el derecho internacional, devolviéndonos al siglo XIX. El retorno al imperialismo en África y Asia, ahora en el Ártico. Los europeos nos podríamos ver arrastrados a un conflicto armado o incluso a una “guerra proxy” o guerra subsidiaria donde dos grandes potencias midan sus fuerzas indirectamente, a través de terceros.