Más allá del Hipersanchismo
Alberto Tena Camporesi
Profesor investigador de la División de Estudios Multidisciplinarios (DEM) del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) en Ciudad de México
Andere Nieva
Asesora Parlamento Europeo - Bruselas
-Actualizado a
Hasta hace muy poco, el neoliberalismo funcionaba en dos planos a la vez. Uno interno: desregulación, privatización, reducción de impuestos y mercantilización de cada vez más áreas de la vida. Y otro externo: libre comercio, libre circulación de capitales, reducción de aranceles y una serie de organismos aparentemente multilaterales que administraban el conjunto bajo la batuta de Estados Unidos. En algunos de los países donde ha gobernado temporalmente la izquierda en los últimos años el plano interno se ha ido revirtiendo parcialmente. No son victorias suficientes, definitivas ni irreversibles, pero sí han sido un cambio de tendencia real en diferentes planos y en diferentes partes del mundo. La dimensión externa, en cambio, no la derrotó ninguna de estas victorias de la izquierda internacional, la dinamitó Trump al comienzo de su segundo mandato.
Desde principios de 2025, cuando la guerra arancelaria que Estados Unidos mantenía con China se extendió al resto del mundo, el orden comercial que había organizado la globalización durante tres décadas dejó de existir. No se trata de un ajuste ni de un ciclo proteccionista más, desde entonces lo que se ha acelerado es el final de un mundo organizado bajo la hegemonía estadounidense, un sistema en el que Estados Unidos funcionaba como garante último de las promesas que los demás países se hacían entre sí, en lo comercial, en lo militar y en lo institucional. La arquitectura que salió de Bretton Woods se ha ido quebrando pieza por pieza. La invasión de Ucrania demostró que la interdependencia comercial entre Rusia y Europa no impedía la guerra. El genocidio en Gaza demostró que el orden basado en reglas no se aplicaba a los aliados de quien lo había diseñado y que ya no había ningún límite moral a las atrocidades. Los aranceles de 2025 liquidaron la OMC como árbitro y el horizonte del "libre comercio" como marca de la globalización. El expansionismo israelí y el imperialismo estadounidense sin complejos dejan a la OTAN en una crisis de sentido, dividida entre su función defensiva europea y su instrumentalización al servicio de una política exterior que sus miembros ya no comparten. El uso del dólar y del sistema financiero como instrumentos de castigo y coerción ha empujado a los BRICS a buscar alternativas que, aunque incipientes, señalan que la hegemonía monetaria estadounidense ya no se da por descontada. No es el multilateralismo lo que está en crisis, es la hegemonía que lo sostenía. La promesa de que la liberalización comercial produciría estabilidad, convergencia democrática y prosperidad compartida llevaba décadas quebrada, pero mientras el garante mantenía la ficción esta podía seguir operando al menos como horizonte. Que ya ni siquiera sea necesario aparentar que las guerras imperialistas se justifican bajo algún tipo de legalidad internacional es la expresión de que eso se acabó.
Pero también en todo esto parece haber emergido otra novedad. Durante décadas, la línea geopolítica y la línea ideológica funcionaban como ejes separados, y cualquier gobierno de izquierda tenía que aceptar contradicciones frontales en política exterior porque seguir la lógica del interés nacional y seguir la lógica ideológica llevaban aparentemente a lugares distintos. Ahora el trumpismo internacional parece haber acelerado la convergencia de ambas en un mismo frente. Defender la autonomía europea frente a Estados Unidos y defender una agenda de cohesión social, transición ecológica y derechos han dejado de ser cosas distintas. No porque la geopolítica se haya vuelto progresista, sino porque la agresión exterior ha hecho que el interés estratégico europeo y la agenda de la izquierda apunten, por primera vez en mucho tiempo, en la misma dirección. La dirección la marcó el movimiento propalestino, que creó la presión social sin la cual difícilmente algún gobierno europeo se habría atrevido a romper con el alineamiento automático con Washington y Tel Aviv. La iniciativa ciudadana europea para suspender el acuerdo de asociación con Israel, que ya ha reunido más de un millón de firmas en más de siete países, mantiene estos días la tensión empujando a Sánchez a ir más lejos. La pregunta que tenemos ahora es si somos capaces de hacer con la integración europea lo que Maastricht hizo para el neoliberalismo de los noventa, pero en otra dirección.
La cumbre que Sánchez convocó en Barcelona los días 17 y 18 de abril, con veinte delegaciones y una quincena de jefes de Estado y de Gobierno, bautizó esa convergencia entre intereses geopolíticos y posición ideológica. La desastrosa situación en Irán ha hecho pensar a los gobiernos latinoamericanos en un giro aún más agresivo de Trump en el continente americano, lo que amplifica sus necesidades de reducir la dependencia en las áreas más fundamentales. El posicionamiento de España contra Netanyahu y Trump, las brechas concretas que se han mostrado en la guerra con Irán, la apertura controlada cada vez mayor con China, la propuesta de un ejército europeo, todo eso indica que hay voluntad de ocupar el espacio que la crisis atlántica ha dejado abierto. Un espacio que no se abrió solo. Varios de los ejes que hoy parecen propios de este nuevo centro, desde la transición ecológica hasta la ruptura con el alineamiento atlántico, fueron durante años horizontes minoritarios empujados desde la izquierda. Que la siguiente edición de la Reunión en Defensa de la Democracia vaya a celebrarse en México en 2027, a propuesta de Sheinbaum, indica que este dispositivo no se agota en la foto de Fira de Barcelona y que México empieza a ver estas alianzas también como estratégicas.
Mientras tanto, las decisiones ya se están tomando. La UE negocia acuerdos comerciales con medio mundo, el gasto militar ha crecido más de un 60% en cinco años, la Comisión destina la mayor partida de su nuevo fondo de competitividad a seguridad y defensa. Frente a todo esto, dentro de la propia izquierda europea conviven quienes celebran el rearme como autonomía estratégica, quienes lo rechazan de plano y quienes no saben qué pensar. Que esas tres posiciones coexistan sin resolverse no es pluralismo, es el síntoma de que faltan coordenadas compartidas. Si no sabemos qué Unión queremos para el futuro, cada una de estas decisiones se tomará por inercia o por rechazo heredado, porque la pregunta de fondo sobre qué integración política queremos y podemos empujar sigue sin convertirse en una verdadera apuesta estratégica para las izquierdas.
El mercado único prometía que la integración económica produciría comunidad política. No la produjo. Maastricht prometía que la disciplina monetaria generaría convergencia y terminó generando divergencia y una crisis de legitimidad que aún perdura en muchos sectores de la población. Los fondos Next Generation, nacidos de la emergencia pandémica, demostraron que era posible otra lógica, de inversión pública compartida y solidaridad fiscal. Ahora la emergencia es geopolítica y la ventana parece que se está haciendo aún más grande. Si Trump, Putin e Israel intentan dinamitar la UE, como parece que es el objetivo principal de todos ellos, actuando desde fuera pero también a través de las formaciones ultras que operan como correa de transmisión dentro del continente, el efecto puede ser paradójicamente el contrario, el de empujar hacia una integración más profunda y no solo hay que tener algo que decir, si no un plan para tener algo que hacer. La derrota de Orbán en Hungría parece que es el pistoletazo de salida a discutir, por ejemplo, leyes tan fundamentales de la arquitectura de la UE como es el derecho a veto de los estados.
Sánchez, con su oposición radical a Trump y Netanyahu y su firmeza en sostener a Ucrania, ha generado un capital político que parece decidido a usar para profundizar la convergencia del interés nacional y la posición ideológica frente al mundo que viene. Los discursos de su reciente visita a China dan una idea nítida de cuál es el mundo que ya está aquí, y la cumbre de Barcelona ha confirmado su capacidad de articulación en esa escala. Esta proyección internacional que algunos han llamado Hipersanchismo es un hecho político que hay que aceptar, aunque falte por ver qué rédito puede tener en política interna y qué permite y qué impide en la disputa por lo que hay más allá.
Durante la Guerra Fría, la izquierda pensaba la transformación fundamentalmente a escala nacional, o como suma de transformaciones nacionales. Lo que parece estar emergiendo ahora es otra cosa, que todavía no tiene nombre ni programa elaborado, pero que se puede describir por sus rasgos: un multilateralismo que asume la interdependencia entre países como hecho irreversible pero que no acepta que esto signifique sometimiento. Una lógica en la que ningún actor sea lo suficientemente fuerte como para dominar a los demás, ni ninguno lo suficientemente débil como para ser dominado. Algo que se podría llamar, a falta de mejor término, republicanismo internacionalista. La idea no es nueva, que la libertad de un pueblo depende de que ningún otro tenga poder suficiente para someterlo es una tradición que va de las repúblicas antiguas a las independencias latinoamericanas. Una libre asociación de productores y consumidores orientada a desmantelar los mecanismos institucionales —así como la propia arquitectura del comercio global— que hacen posible la explotación de unos países por otros. Los problemas que más importan, el cambio climático, la desigualdad dentro y entre países, las migraciones, son por definición globales y no van a resolverse dentro de un orden donde unos imponen las reglas a otros. Un sistema de interdependencia sin dominación no es solo más justo, es probablemente la condición para poder abordar todos los demás.
Para quienes quieran ir más allá del hipersanchismo y no solo reaccionar a él, lo primero es un diagnóstico sin autoengaño. Hay un giro real en la mirada multilateral, en el reconocimiento del sur global como interlocutor político necesario y no como periferia de la cooperación, y en el desplazamiento del alineamiento automático con Washington y la OTAN. Reconocerlo no es una concesión, es el punto de partida para poder empujar más lejos. Disputar para qué sirve la integración europea cuando no tiene hacienda ni deuda común, si las instituciones que gobiernan la interdependencia global van a seguir administrando jerarquías globales o si van a reorientarse hacia el desarrollo compartido, qué modelo productivo y qué política industrial se sostienen frente a la reorganización imperial del comercio, qué relación construimos con China y con los países del sur cuando Estados Unidos deje de ser el mediador único. Ahí es donde la izquierda tiende a ser en realidad sorprendentemente más conservadora, presa de marcos de pensamiento que ni ya existen, ni van a volver. La pregunta no es si ser rupturistas o continuistas respecto al sanchismo, porque esa dicotomía es en sí misma una forma de parálisis. Hay que dejar de confundir estrategia con posicionamiento al respecto del PSOE. La disputa real está en el contenido del orden que sustituye al que se está desmoronando.