Economía y geopolítica en la era Trump. Punto y seguido
Manuel Garí
-Actualizado a
La hiperglobalización bajo la hegemonía de Estados Unidos tuvo por objetivo revertir la tendencia a la baja de la tasa de ganancia del capital tomado en su conjunto. El fenómeno de una onda larga de estancamiento fue constatable a finales de los años setenta del pasado siglo. Tras la treintena de años de oro del capital -fundamentalmente norteamericano- posteriores a la II Guerra Mundial, aquel modelo de crecimiento capitalista acusó la “fatiga de materiales” de sus componentes.
Las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher tuvieron como objetivo interno abaratar los salarios y disciplinar a la clase trabajadora y como objetivo externo eliminar cualquier traba o norma contrarias a la expansión mundial del capital de las potencias imperialistas estableciendo largas cadenas de valor. Pero a partir de la crisis financiera (y económica) de 2007/2008 el modelo comenzó a mostrar síntomas de agotamiento y efectos contraproducentes con la aparición y fortalecimiento de competidores internacionales del calibre de China o la India. Aquellos países a los que el imperialismo occidental había establecido como fábricas con mano de obra barata y producción masiva, comenzaron a tener la capacidad de investigar e innovar. A ello se sumaron acontecimientos como la pandemia del covid-19 o la guerra de Ucrania que mostraron la vulnerabilidad de las citadas largas cadenas de valor en las que una perturbación en un nodo repercutía de forma ampliada en los suministros internacionales.
Dado que los mecanismos del sacrosanto mercado -ese interesado constructo ideológico burgués- no aseguran las tasas de ganancia requeridas por el capital, el Estado debe volver a ser un agente económico con objetivos y medios políticos para amarrar lo que el “libre comercio” no logra para la fracción dominante de la burguesía en cada país. Lo que, a su vez, es expresión de un proceso de oligarquización que se muestra tanto en la desigualdad económica creciente tanto en términos de renta como patrimoniales y tanto en el plano nacional como en el internacional.
Acorde con lo anterior, medidas como la subida de aranceles por parte de Trump, conlleva además de problemas internos -que no son objeto hoy de esta reflexión- reacciones del resto de actores económicos mundiales para defender y hacer crecer los sectores clave de su economía. Pero ello implica que puede abrirse una dinámica de conflicto económico, político y, desgraciadamente, militar.
Podemos afirmar que el escenario capitalista mundial está sumido en una soterrada, pero de momento imparable, crisis de acumulación a la vez que se producen en el interior del capitalismo fenómenos de “ganadores” bimilmillonarios reordenando las jerarquías nacionales e internacionales en torno a los sectores estratégicos de la economía mundial actual.
Acontecimientos políticos “subjetivos” como el Brexit y la misma elección en segundo mandato presidencial de Donald Trump fueron síntomas inequívocos de que las viejas recetas y los equilibrios existentes se habían convertido en inservibles para la recuperación económica, aunque las “recetas” que acompañaban tampoco parece que hayan servido. De hecho, años más tarde, el resultado geopolítico derivado de la nueva geoeconomía es que el comercio mundial se ha resentido y que diversos países en todos los continentes -pero especialmente en Asia- tienen ya como objetivo la autonomía estratégica en sectores clave. A la vez las cadenas de valor se han acortado y acotado preferentemente a los afines o partícipes en los mismos intereses y visión geopolítica.
A partir de 2019 se intensifican nuevas medidas de política industrial de naturaleza proteccionista en todos los países comenzando por las adoptadas por las anteriores administraciones norteamericanas, tal como constata el Fondo Monetario Internacional. Los motivos aducidos para este giro van desde preservar y aumentar la competitividad en los sectores clave de la economía (viejos como el crudo o nuevos como la Inteligencia Artificial) hasta el imperativo de la seguridad nacional en el marco de una vuelta a diversas formas de etnonacionalismo. A la vez y de acuerdo con lo anterior se trata de asegurar las cadenas de suministros tanto de bienes de equipo y componentes como de insumos agrarios imprescindibles como los fertilizantes o también el gas y el petróleo que siguen estando en el centro del modelo energético y de transporte. Y una novedad central: se trata de asegurar el acceso a minerales críticos -desigualmente repartidos en el mundo- para la economía digital, la espacial y la militar.
Especialmente importante es la búsqueda del despegue económico -en esta continuada onda larga que dificulta la recuperación de la tasa de ganancia- mediante el aumento del gasto militar y por tanto de la expansión de la industria al servicio de fines bélicos. Y en eso están todos los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos -y su palanganero mayor de la OTAN- pero también China, India, Rusia y otros estados. En ese marco el genocidio de Gaza, la expansión sionista en el Líbano, la guerra con Irán, pero también en otro plano de cosas la guerra de Ucrania (situaciones muy diferentes entre sí por sus causas, victimarios y víctimas) suponen un marco de experimentación de las ciber comunicaciones aplicadas a la matanza, de destrucción de riqueza y de futuro negocio en la reconstrucción. Pero especialmente están sirviendo para impulsar la industria bélica, aumentar el gasto militar y bajar el gasto social en una operación de disciplinamiento masivo de las poblaciones en aras a la realización de nuevas y mayores ganancias privadas.
Medidas que preludian las brutalistas del actual presidente de los EE.UU. Efectivamente se desnuda la política capitalista del halo de honorabilidad que justifica como generales y sociales los intereses particulares capitalistas y directamente se pasa a proclamar el uso de la fuerza en su amplia gama de expresiones para imponer los intereses de privados dentro del país y hacia fuera. Incluso ya no intereses de parte del conjunto del capital -como secularmente venían haciendo los gobiernos burgueses- sino los de facciones concretas del capital financiero o de los tecno-oligarcas. El posfascismo en marcha en nombre de la libertad se impone a costa de las libertades políticas y los derechos humanos. Ese es el lazo que une las viejas pulsiones autoritarias neoliberales presentes en Hayek con el actual movimiento ultra derechista de los Milei del mundo comenzando por el uso torticero y liberticida de los mecanismos de la democracia liberal norteamericana que hace el presidente Trump.
¿Qué instrumentos usan los gobiernos actuales de todo signo y latitud? Contradiciendo sus propias reglas hay un abanico de medidas que se aplican de forma desigual ajustándolas a los intereses de parte, sectoriales, nacionales: aranceles aduaneros, ayudas a la exportación y en su caso a la importación, subvenciones, préstamos y exenciones. Eso sí, lo aplican los gobiernos de los grandes ya que los de los países dependientes y/o empobrecidos son obligados al dictado de los EE.UU., Unión Europea o China y en menor medida una Rusia en decadencia con gran poderío militar pero con los pies de barro en lo económico (de momento). Si bien estas potencias tienen modus operandi bien distintos en sus relaciones comerciales que van desde la búsqueda de alianzas comerciales de Pekin a la política de cañoneras de Washington, con un Bruselas que perdió el rumbo. Aunque es claro que ambas potencias quieren tener el poder y hegemonía en sus respectivos “patios traseros”. Asimismo, en el caso norteamericano se trata de conservar su posición de hegemón mundial puesta en cuestión por el aspirante asiático.
La gran pregunta en este debate es si hay una ruptura y superación del neoliberalismo o nos encontramos ante un aggiornamento de los gobernantes y la plutocracia de cada país para hacer frente a los efectos negativos que haya podido tener el propio proceso de globalización que lejos de representar un win-win ha supuesto una reordenación de los frutos y ganancias. Realmente sigue vigente el neoliberalismo en el interior de cada país a la vez que desde los resortes del gobierno estatal se defienden los intereses de la fracción dominante de la burguesía (o en su caso del aparato político). El ejemplo más burdo y pornográfico es de la familia Trump.
¿Qué consecuencias tiene el actual proceso?: La exacerbación de la competencia inter imperialista que conlleva ineludiblemente nuevos conflictos directos o indirectos entre las principales potencias. Y cuando ello ocurre, como señaló en su día Rosa Luxemburgo, el riesgo de confrontación militar global se acrecienta, a la vez que proliferan guerras localizadas en las que se juegan intereses de los “grandes” sobre las espaldas de las y los de abajo mundial y localmente. Habrá que volver a los clásicos que a principios del pasado siglo combatieron la guerra imperialista llamando a no participar en la matanza entre las gentes de abajo e intentaron convertirla en oportunidad para la humanidad apuntando con sus fusiles hacía arriba.
¿Qué hacer? Esa es la pregunta clave y la dejamos en vilo porque requiere un futuro debate específico, por parte de muchas nuevas (y viejas) voces. Y tendremos que hacerlo en medio de una situación aceleradamente mutante: el signo de los tiempos.
Notas:
PD. Con este texto se cierra una larga, interesante y prolífica serie de artículos que se han publicado en Espacio Público en el debate que hemos denominado “Tras el vendaval trumpista”.
En el futuro deberemos revisitar muchas de las cuestiones planteadas. Y es nuestra intención realizar actividades divulgativas y formativas sobre los temas tratados dirigidas a la juventud. Y en ese marco tenemos el propósito de editar un cuaderno con los artículos que han aparecido estos meses.