El capitalismo de Trump
Carlos Berzosa
Catedrático emérito de la Universidad Complutense. Presidente de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).
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El segundo mandato de Trump está siendo demoledor para la democracia, el derecho internacional, las reglas de la OMC, los inmigrantes, a la vez que la economía mundial ha entrado en una era de inseguridad incertidumbre mayor de lo que había sido hasta ahora. Se puede definir este nuevo panorama como un capitalismo totalitario, imperialista, proteccionista para las importaciones, ultraliberal en el interior, y represor para los inmigrantes. Unas decisiones que violan los derechos humanos y que están resultando muy dañinas para la seguridad de los ciudadanos.
El escritor Eduardo Lago, que lleva viviendo en Estados Unidos desde 1985, escribía en el diario El País (2 de enero de 2026):” Hoy Estados Unidos es un país fascista; no cabe llamarlo de otra manera. Pero hay estadounidenses que se resisten y crean refugios de belleza y cultura". Efectivamente por los hechos este régimen totalitario que se ha instalado se puede calificar de fascista. Se persigue a la disidencia. Se utiliza la fuerza bruta del ICE para detener a los inmigrantes y maltratarlos por lo que se introduce el miedo entre este colectivo. Una fuerza paramilitar que asesina sin ningún tipo de responsabilidad a los que defienden a los inmigrantes. No obstante, como señala Lago conviene precisar: "No es que el fascismo se haya apoderado de Estados Unidos de manera monolítica. En muchos lugares, Nueva York uno de ellos, hay un profundo sentimiento de repulsa hacia lo que está sucediendo, lo cual ha dado lugar a movimientos de resistencia".
El Estado de derecho ha desaparecido en Estados Unidos y el posible restablecimiento de la democracia en el futuro está en peligro. Los grandes intereses económicos apuestan por regímenes de estas características y rechazan la democracia. El capitalismo ya no necesita la democracia para funcionar, y es más se considera que es un estorbo para la obtención de beneficios de la forma desmesurada en el que lo están haciendo. Se cae un mito que se ha sostenido por analistas y empresarios de que el capitalismo y la democracia van unidos. No ha sido así en la historia y no lo es en el presente. Pero, el apoyo a estos planteamientos, se basan que en el único sistema en el que se han desarrollado los derechos humanos y las libertades ha sido en el capitalismo. No ha sido el caso de los países socialistas que han intentado ser una alternativa a este modo de producción, pero que han sido dictaduras, en muchos casos brutales.
El Estado liberal de Derecho surgió a finales del siglo XVIII con los orígenes del capitalismo industrial. Fue la era de las revoluciones burguesas tal como tituló uno de sus libros Hobsbawm. Era el resultado del ascenso de la burguesía frente a las clases privilegiadas del antiguo régimen. Este estado liberal de derecho era un avance frente a las monarquías absolutas, pero distaba mucho de ser una democracia tal como hoy la conocemos. La consecución del sufragio universal masculino y en el siglo XX el femenino, fue resultado de las luchas sociales de los trabajadores y clases medias reformistas. Así como la consolidación de los derechos sociales en el siglo pasado. No ha sido un proceso lineal, sino que ha estado sujeto a retrocesos y avances. Doy cuenta de todo ello en mi artículo "El contexto socioeconómico neoliberal y su repercusión en el ejercicio de la ciudanía". en el libro El arte de ejercer la ciudadanía (Icaria, 2ª edición, 2025).
La agresión interior también tiene lugar en la acción exterior. El imperialismo de Trump no es nuevo y nunca ha dejado de existir desde que en 1823 el presidente Monroe declaró la doctrina que lleva su nombre de “América para los americanos”. Ya en el siglo XIX hubo repetidas intervenciones de EE UU en Centroamérica. Pero fue realmente en el siglo XX y tras la segunda guerra mundial cuando de desplegó con mucha fuerza como resultado de la hegemonía que logró a escala mundial. Militarismo e imperialismo fueron de la mano. Un imperialismo que se ejerció desde el punto de vista económico, pero también con acciones directas militares en las que se derrocaban gobiernos y se implantaban dictaduras. En otros casos indirectamente apoyando y asesorando a los militares del país objetivo del golpe de Estado. La excusa que se daba para este tipo de intervenciones fue de que se trataba de impedir la implantación del comunismo.
Así, se produjeron el derrocamiento de gobiernos democráticos que lo único que pretendían era llevar a cabo un conjunto de reformas para favorecer el desarrollo económico del país y no la implantación de un régimen comunista. Estas reformas moderadas entraban, sin embargo, en conflicto con los intereses económicos de las grandes corporaciones americanas. De manera que hubo unos golpes de Estado detrás de otros. Están como ejemplos más significativos: Irán 1953, Guatemala 1954, Brasil 1964, Chile 1973, Panamá1989, Afganistán 2001, Irak 2003, así como el boicot y ataques constantes a Cuba. En Guatemala, por ejemplo, se trató de preservar los intereses de la United Fruit cuando el gobierno liberal de Jacobo Árbenz, intentó democratizar la propiedad de la tierra. Sobre este hecho ha escrito una novela excelente Vargas Llosa Tiempos recios en la que hace una crítica a EEUU por el golpe de Estado perpetrado.
Estados Unidos se convertía en el gendarme vigilante de los intereses de las grandes empresas transnacionales de este país. La expansión de las bases militares por el mundo era el intento de preservar el orden capitalista frente a la Unión Soviética y la lucha reflejada en la guerra fría que se desencadenó para disputarse áreas de influencia, sobre todo en el Tercer Mundo. La geopolítica de posguerra se caracterizó por la confrontación este- oeste con un imperialismo ejercido por las dos partes. Los países europeos, Reino Unido y Francia principalmente, perdieron sus colonias, y eso les provocó la disminución de poder ante el avance imperial de la potencia estadounidense. No obstante, los países europeos siguieron teniendo relaciones económicas y políticas son sus antiguas colonias con las que establecieron una situación de dominio y dependencia económica.
El panorama ha cambiado y se ha pasado de un imperialismo ejercido por Estados Unidos y en menor medida por países europeos dentro del sistema capitalista, y por el dominio llevado a cabo por la URSS con sus antiguos imperios y los países satélites, a una geopolítica internacional con tres actores principales Estados Unidos, China y Rusia, mientras la UE pasa a ocupar un segundo plano. De ahí la agresividad de Trump para competir con China en el plano internacional con el fin de controlar materias primas y tierras raras, necesarias para las nuevas tecnologías, fundamentalmente las que necesita la Inteligencia artificial. China supera a Estados Unidos en la competencia comercial, y se acerca en la innovación tecnológica al primer país del mundo. China penetra con sus inversiones en África, América latina y Asia, a la vez que inunda con sus mercancías los mercados de los países desarrollados. Todo esto descompone a Trump que se encuentra con una economía en declive desde los años setenta del siglo pasado.
El déficit comercial que sufre desde entonces y la desindustrialización han supuesto una pérdida de competitividad que pretende recuperar con una política comercial proteccionista que se basa en propuestas arbitrarias y sin ningún sentido económico. Trump amenaza a unos y otros con aranceles o con posibles intervenciones como las llevadas a cabo con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. No tiene ningún interés en restablecer la democracia en Venezuela, pues no puede ser que se preocupe de la democracia en otros países cuando la está destruyendo en el suyo. La única razón que entiende son los intereses económicos. Amenaza con anexionarse Groenlandia, el canal de Panamá, e intervenir en otros países, apoya a Israel en el genocidio de Gaza, al tiempo que ahoga a la economía cubana en un acto de consecuencias humanas terribles.
El control de los hidrocarburos supone no solo una fuente de riqueza, sino de apostar por el aumento de la producción de unos recursos que son en parte los responsables del cambio climático. Trump es un negacionista del cambio climático y una muestra más es que 12 de febrero puso fin a la limitación de gases de efecto invernadero. A medida que se muestran más los efectos negativos del cambio climático, fuegos, sequías, huracanes, inundaciones, se niega la evidencia de la ciencia y de los hechos. En suma, este capitalismo totalitario, imperialista, militarista, y negacionista del cambio climático pone por encima de los derechos humanos, y de la salvación del planeta, los intereses de las grandes corporaciones. Este es el verdadero rostro del capitalismo de Trump. Lo que lleva al senador Bernie Sanders de calificar a Trump como el presidente más peligroso de la historia de EEUU en una entrevista concedida a El País el 8 de febrero de este año. Así es, y ante todo esto gran parte de países atemorizados agachan la cabeza. El mundo está al borde del desastre.