Revitalizar lo rural: Punto de partida en la ruta ecosocial
Francisco Maturana
Estudiante de Ciencias Políticas y miembro de la asociación universitaria LaEcoaldeaUCM.
Como adelantábamos en un artículo previo en Público, en el blog Mundo Rural Siglo XXI, los pasados días 14 y 15 de diciembre se llevó a cabo el primer #ForoDelClima convocado por el Grupo Confederal Unidos Podemos. En este marco, el día 15 se fue el momento para el trabajo de las mesas sectoriales que tocaron temas cruciales como la transición energética; fiscalidad, economía y modelo productivo; urbanismo y ciudad, entre otros, hasta llegar al mundo rural y la agricultura, eje de trascendental importancia para una transición hacia un modelo más sostenible para el planeta y las personas y de la cual rescataremos algunos elementos, reflexiones y propuestas que merece la pena valorar.
Las distintas ponencias e intervenciones en esta mesa dejaron buen sabor de boca y una sensación de que, por lo menos en el diagnóstico, se avanza por buen camino y se van aclarando los pasos a seguir para afianzar la transformación del mundo rural. Si bien fueron varios los temas que saltaron a la palestra, parece haber un consenso claro en algunos aspectos -sobre los que ahondaremos más adelante- como pueden ser la transición a un modelo de producción agroecológico, la relocalización de la economía, la protección del suelo agrario, la denuncia de los intereses corporativos y las puertas giratorias, y la necesidad imprescindible de una alianza estratégica urbano-rural que permita una retroalimentación positiva entre ambas esferas que parecieran desconectarse y aislarse cada vez más.
Recogiendo estos aspectos y partiendo desde la perspectiva estratégica de adaptación y mitigación, es necesario resaltar primero la particularidad del sector agrario como un sector altamente emisor, pero con un considerable potencial de mitigación que pasa en buena medida por el uso del suelo, siendo aquí donde radica la urgencia de un cambio en el modelo de producción agroindustrial, que no valora ni dignifica lo rural, sino que, por el contrario, contribuye enormemente a su degeneración, fomenta el cambio climático y propicia graves impactos como sequías, golpes de calor, alteración de los procesos biofísicos y ciclos naturales (agua, fertilidad de los suelos), aumento de precios y un claro empeoramiento en la calidad de los cultivos. Y es que, aunado a esto, existe un vínculo evidente entre el modelo de producción, el modelo alimentario y los patrones de consumo que inciden directamente en el mundo rural y su degradación, cuestión que relega al sector agrícola a una situación de vulnerabilidad.
Ante este escenario, se torna indispensable plantear una estrategia de adaptación ambiciosa que facilite, en primer lugar, el acceso a recursos a través de la relocalización de la economía tanto en el mundo rural como en los entornos urbanos y peri-urbanos para, posteriormente, avanzar hacia una agricultura sostenible basada en un modelo de producción agroecológico, diversificado y que facilite la reconstrucción de sistemas territoriales (re)localizados que sean más sostenibles y eficientes, potenciando la autosuficiencia conectada, sistemas alimentarios de producción y distribución locales, los mercados de cercanías y proximidad que, finalmente, contribuyan a revitalizar el sector primario y secundario de la economía. Así pues, la cuestión agroalimentaria aparece como un eje clave y punto de partida capaz de representar las capacidades de las apuestas de transiciones socio-ecológicas.
En la misma línea de lo expuesto anteriormente, queda de manifiesto la urgencia de una modalidad de adaptación transformativa, es decir, verdaderamente estructural y que resuelva los problemas de raíz, en detrimento de una adaptación incremental que se enfoque en ir paliando progresivamente las consecuencias negativas del cambio climático hasta llegar a un inevitable punto de no retorno. Por ello, se proponen medidas como el abandono del modelo de producción agroindustrial e intensivo en favor de una agricultura y ganadería extensivas sustentadas en la agroecología, la reducción de la cabaña ganadera y la reforestación ecológica de los bosques, así como la recuperación del agua que se encuentra en un 50% en manos privadas, siendo este porcentaje a su vez controlado casi en su totalidad (90%) por dos grandes empresas, por lo que podríamos estar hablando de un oligopolio encubierto.
Aunado a esto, el mundo rural no se ve afectado únicamente por la crisis ecológica, sino también por otros factores no estrictamente climáticos como son la desigualdad, las redes de poder en el campo y una despoblación desoladora. Ante esta realidad, es necesario rebuscar alternativas y plantear seriamente una alianza estratégica urbano-rural que tenga como sello distintivo una doble dinámica: por un lado, el acercamiento del campo a la ciudad a través de una producción agroecológica urbana y peri-urbana que contribuya al cierre de los circuitos de proximidad y a la relocalización de la actividad económica, apoyándose en la ralentización de la ocupación y consumo urbano del suelo agrícola e impulsando así la ruralización de lo urbano que solo puede fortalecer la apuesta Municipalista, abastecerla y fomentar su autosuficiencia en aras de la añorada soberanía alimentaria; por otro lado, queda en evidencia que esta tendencia debe ser recíproca, lo que debe conducir a un acompasamiento de estas ideas con una fase de neo-ruralización que permita revivir el campo a través de proyectos lo suficientemente atractivos y sostenibles tanto en lo social como en lo ambiental para promover una vuelta al campo que se sitúe dentro de un proceso de transición más ambicioso, y es que, como comentaban compañeras y compañeros en el encuentro, el mundo rural no es exclusivamente el mundo agrario, lo que pone de relieve la necesidad de evolucionar en otros aspectos de la economía como el turismo ecológico y otras iniciativas transformadoras como el proyecto MARES Madrid, iniciativa del Ayuntamiento de Madrid en colaboración con la Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS) que combina la ecología, la transición energética y el feminismo bajo el paraguas de la economía social y solidaria con el fin de revitalizar la economía de los barrios a través de pequeños proyectos cooperativos, propuesta que sería muy interesante de replicar en el mundo rural, valorando todos los matices que correspondan y con la implicación activa de la población local, pero que podrían aportar un aire de renovación importante para el sector.
Dicho esto, son muchos los desafíos que permanecen aún sobre la mesa para la transformación del mundo rural y que se traducen en aspectos fundamentales para tomar en cuenta, como el derroche energético del sector agrícola que debe empezar a ser controlado a través de otros indicadores como la tasa de retorno energético que nos indica si el consumo de energía es sostenible o no; el factor transporte y el sector de la distribución en un mundo globalizado a los que el modelo actual les significa millones en ganancias y donde la Política Agraria Común juega un rol trascendental; así como la reversión de la despoblación en favor de una neo-ruralización ordenada y beneficiosa desde una perspectiva ecosocial.
Por último, cabe destacar que parece quedar de manifiesto la urgencia de nuevos planes, estrategias y acciones que consoliden el avance hacia estas transiciones y que requieren de dos elementos imprescindibles: en primer lugar, un ámbito que desde hace ya mucho tiempo se viene reivindicando en todo el Estado español y que pasa por la necesidad imperiosa de inversión e impulso del I+D+I, para así poder llevar a las zonas que más lo necesitan todos los avances científicos y académicos que ya existen, así como para poder profundizar muchísimo más en los nuevo retos que emergen, de la mano con la retro-innovación y la recuperación de los saberes tradicionales del campo; en segundo lugar, que todas estas transformaciones se enmarquen en un proceso más amplio y aglutinador que permita dotar de contenido y de los recursos necesarios a estos planes para el máximo aprovechamiento de sus potencialidades, como bien puede ser la Ley de Cambio Climático y Transición Energética propuesta por Unidos Podemos que puede actuar como faro para señalar los caminos y tiempos a seguir, pudiéndose convertir en ese marco amplio dentro del cual desarrollar estas propuestas y, en un futuro no muy lejano, implementarlas.