Ante la ola ultra hay que reforzar la democracia
Pedro González de Molina Soler
Profesor de Geografía e Historia
Tras la caída de la URSS, y la aparición del “fin de la Historia” de Fukuyama, se produjo un primer embate contra la democracia a través de la gobernanza neoliberal, especialmente con el desarrollo de la UE y las instituciones comunitarias. Muchos de los aspectos que impactan en nuestra vida cotidiana son decididos en instituciones opacas, donde los lobbys tienen mucha influencia, y la participación ciudadana brilla por su ausencia.
El período de consenso neoliberal fue degradando la democracia por dos vías: una mayor penetración del neoliberalismo en los sistemas electorales, y una forma de gobierno tecnocrática basada en supuestas decisiones técnicas en materia económica que fomentaban el desarrollo y que iban desgastando el pacto socialdemócrata de postguerra.
El consenso neoliberal saltó por los aires con las protestas antiausteridad que se extendieron como la pólvora en muchos países durante la gestión de la crisis de 2008 encabezada por el gobierno de Ángela Merkel, y por la malhadada y temida Troika. En esa crisis se ensayó un intento de sustitución de las fuerzas de izquierdas tradicionales, inmersas en la Tercera Vía (socialiberalismo) con nuevas fuerzas antiausteritarias (Die Linke, Front de Gauche actual LFI, Syriza, Podemos, etc.), que, por motivos que se escapan al objetivo de este artículo, o lo lograron temporalmente, o no lograron sustituir a las organizaciones clásicas de la izquierda.
En la actualidad estamos viviendo una segunda fase tras el impacto del COVID19, que es la sustitución de las derechas tradicionales por los partidos de extrema derecha, que está siendo más exitosa, especialmente en dos países nucleares de la política europea: Italia y Francia. La derecha clásica está prácticamente moribunda y ha sido sustituida.
En esta fase el neoliberalismo ya no actúa por consenso, sino se impone con violencia. Hemos derivado en una fase autoritaria de un neoliberalismo más radical, que busca garantizar el poder a las grandes compañías y riquezas, fomenta nuevas formas de mercantilización y explotación, y pretende reducir la democracia a sus aspectos más formales mientras degrada irremediablemente el Estado del Bienestar y el contrato social imperante. Es una nueva extrema derecha que reacciona contra todo lo logrado durante el siglo XX por la clase obrera, los sindicatos y los partidos socialdemócratas y comunistas.
La estrategia la hemos visto en los EEUU y Hungría, lanzar sospechas sobre los sistemas electorales por si se pierde, socavar la confianza en las instituciones democráticas, controlar medios de comunicación y la judicatura, reducir la participación democrática a elecciones de tipo mayoritario, perseguir y criminalizar a la oposición, en resumen, ir derivando hacia regímenes iliberales. Al que hay que añadir que esta ofensiva está apoyada por la tecnoligarquía, que trata de subvertir nuestras opiniones y sistemas democráticos en favor de agentas ultraliberales, donde las bajadas masivas de impuestos y las desregulaciones de sus sectores económicos están a la orden del día.
Es por ello que los partidos de izquierdas y progresistas deben armar proyectos esperanzadores que respondan a los desafíos del siglo XXI: la crisis climática, la crisis de la democracia, y la alta desigualdad.
En lo local deben ensayarse formas de democracia más participativas impulsadas desde los ayuntamientos, desde los movimientos sociales, asociaciones culturales y sindicales. Desde los presupuestos participativos, pasando por cumbres sociales, asambleas de barrio, como la de implicar a los actores sociales y políticos en las decisiones estratégicas de los ayuntamientos, de tal manera que se reduzca el poder de los lobbys en la toma de decisiones.
Estas formas de democracia deberían ser presenciales. Espacios de encuentro de la ciudadanía y verdaderas escuelas democráticas. Las propuestas de construcción democrática online, al estilo la Democracia 4.0, no sólo son fácilmente manipulables, sino que no construyen ciudadanía, ni comunidad. Hay que huir de la atomización individualista en la que nos está encerrando la sociedad y las redes sociales.
Tanto las instituciones, como las prácticas de gobierno, así como los centros de trabajo, deben ser el objetivo de esta ofensiva democratizadora, y de esta manera tratar de frenar la ola antidemocrática y ultraliberal que pretende transformar nuestras sociedades en plutocracias revestidas de democracias de baja calidad.