El acto de votar

Alvaro Blázquez Jiménez
-Actualizado a
Posiblemente, uno de los mayores errores de la izquierda, y sobre todo a la izquierda del PSOE, es pensar que votar es un acto racional, es decir, un acto que el ciudadano realiza en defensa de sus intereses, un acto incluso ético de votar a los representantes más honestos y eficaces. No. El acto de votar en demasiada gente no es un acto racional, por el contrario, es un acto mezcla de sentimientos, en gran parte manipulados, apuestas simplemente estéticas o sensaciones muy espurias. Es, utilizando una palabra del inglés, un “feeling”, que podría traducirse por un sentimiento no meditado, incluso no muy bien auto-comprendido, que en todo caso posee una fuerza mayor que un voto razonado y reflexivo.
“Programa, programa, programa”, decía el bueno de Anguita, pero los programas no se los lee prácticamente nadie. De hecho, el PP de Madrid, en unas elecciones pasadas, distribuyó un panfleto en el que dejaba el programa electoral en blanco, un vacío en una hoja, simplemente. Es decir, que era importante que se viera ese vacío. Sacaron mayoría absoluta.
El mensaje que queda sigue siendo hoy en día demoledor. En ese panfleto había una cara atractiva, una “echá palante” con “mucho morro”, una apuesta puramente estética. Se pedía casi un acto de fe, empapado quizás con unas cañas en un bar. Como estrategia no fue ni siquiera novedosa. En una Italia de los 80 atenazada por la corrupción surgió otro corrupto, pero que por lo menos era divertido, y muy atractivo, eso es importante, y dueño del principal grupo de comunicación italiano. Eso fue aún más importante. Y así, mientras media Italia se escandalizaba por su desfachatez, la otra media le votaba.
En “La Rebelión de las Masas”, Ortega y Gasset afirmó algo que puede sonar clasista: “La característica del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tienen el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”. Una frase que, sin embargo, parece adelantarse un siglo al hecho político actual. José Luis Sampedro, por su parte, reflexionaba con su frase "Hay que vivir, para vivir hay que ser libre, para ser libre hay que tener el pensamiento libre y para tener el pensamiento libre hay que educarse", actualizando el pensamiento kantiano y pre-anarquista de la necesidad de “pensar por uno mismo”, pero desde el inicio de los tiempos hay muchos que prefieren que se piense por ellos, ahí tenemos las religiones monoteístas, llenas de mentiras, llenas de sentimientos, de ideologías, que son ideas empaquetadas, a veces bien intencionadas, otras veces simples símbolos de poder.
Es muy fácil engañar a la gente, y difícil convencerla de que se la han engañado. Otras, viven en la hipocresía; saben que, por ejemplo, la religión es un engaño, pero ir a misa todos los domingos es una marca de su clase social, y eso es lo que importa. Solo existen dos clases sociales, la clase alta y la clase anhelante de esa clase alta, aunque es cierto que todavía hay algún socialista despistado. Solo la clase alta tiene conciencia de clase, pues la izquierda se mueve hoy en día entre un montón de dudas y crisis de identidad. Cientos de mesas redondas debaten sobre el “futuro de la izquierda”, no se conoce unas solas jornadas que traten sobre “el futuro de la derecha”. El futuro para ellos está claro, convertirnos poco a poco en un país de cazurros y mamporreros; ellos, que no pasan de ser chulines de poca monta. Una sociedad, no liberal, sino pre-liberal, marcada por la impunidad (libertad lo llaman), con el apoyo no de la justicia, sino de la “gusticia”, justicia a gusto de los que realmente detentan el poder.
Ante este panorama, el voto se convierte en algo simplemente identitario, tanto a un lado como a otro: “voto a los míos, o como diría la mafia “a uno de los nuestros”, aunque haya detrás un genocidio, aunque ni siquiera se sepa siquiera definir qué es una mujer. Se vota también por odio, aunque no se sepa muy bien la razón de ese odio. Se vota incluso por anhelar ser quién no se es. Programa, programa, programa. No, Julio. Imagen, imagen, imagen. Y si se le echa “mucho morro”, mejor.