Una primera mirada a los retos materiales e históricos de un nuevo municipalismo

Alerce Fernández Sánchez
Polítologo (Concejal de las Candidaturas de Unidad Popular de C. Villalba en los mandatos 2015-2023)
-Actualizado a
La apuesta por el municipalismo y la construcción de movimientos políticos alternativos, democráticos y “de abajo arriba” resulta a todas luces un horizonte deseable que, desde hace décadas, demuestra un notable potencial, tanto creando estructuras que desbordan los límites del sistema político, como marcando dirección y objetivos a unos actores institucionales tradicionales, muchas veces “desnortados” e incapaces de abordar las cuestiones que realmente resultan relevantes, a veces incluso “vitales”, para una no desdeñable parte de eso que llamamos “ciudadanía”, y especialmente para aquella que constituye lo que entendemos como “masas populares” y/o “clase trabajadora”.
Si bien la historia reciente de los movimientos sociales en nuestro país demuestra un incuestionable éxito a la hora de crear redes, de desplegar estrategias organizativas y de acción eficaces a corto plazo, y de establecer objetivos políticos que partidos e instituciones no pueden obviar, con el tiempo las distintas y exitosas experiencias de organización de base, aquellas que podríamos identificar como más cercanas al “municipalismo”, han acabado chocando en la mayoría de los casos con un escollo insalvable, y que a la larga ha supuesto la pérdida de tracción, incluso de fuelle, para dichas experiencias, acabando en su lenta y silenciosa disolución y en la “muerte discreta” de sus otrora eficaces estructuras y estrategias. Ese escollo no es otro que el de su transliteración desde el ámbito del mero movimiento social al de entidad política con capacidad directa de acción e influencia como parte del “juego democrático” dentro del sistema.
Así, los movimientos populares, de trabajadores y vecinales que antes, durante y después de la transición jugaron un papel clave en la caída del franquismo y la llegada de la democracia representativa, no lograron mantener su fuerza y estructura de manera autónoma una vez que partidos, sindicatos e instituciones tomaron el relevo a la hora de dirigir el nuevo régimen político, siendo buena parte de l@s activistas -que habían tenido un papel protagonista- “integrados” o “cooptados” y no sabiendo, o no pudiendo dichos movimientos pre-institucionales, consolidarse como contrapoder efectivo al de los nuevos actores legales.
Realidad que, por otra parte, tampoco fue facilitada por un nuevo marco normativo que “encorsetaba” la participación política, además de mediante el voto cada cuatro años y un formato de referéndums prácticamente inútil, a través de una serie de entidades preestablecidas (asociaciones, sindicatos, partidos...) que relegaban la participación y organización social local, cotidiana, directa y “de barrio” (o “del pueblo”) a un plano “informal” sin capacidad de propuesta o influencia en la toma de decisiones.
Décadas después, el revulsivo social y político que supuso el 15M, que logró crear estructuras estables en todo el país, tanto a nivel territorial, con Asambleas Locales y Municipales que durante años estuvieron activas en todo el Estado, como a nivel sectorial, con las Mareas y otros movimientos similares articulando reivindicaciones y objetivos en ámbitos como la educación, la sanidad, el empleo público, etc., a la larga sufrió un innegable desgaste que acabó por enterrar toda su presencia y todo su potencial sin que buena parte de sus demandas se viesen realizadas.
En este sentido, el inmovilismo del sistema a la hora de lograr la materialización de dichas demandas tuvo un papel fundamental en la desaparición de aquél movimiento pero, también, los actores autodenominados “herederos” de ese espíritu que prometían representar sus reivindicaciones en las instituciones, como Podemos o las Candidaturas de Unidad Popular, no supieron o no pudieron superar las resistencias y el juego sucio del propio establishment, en el mejor de los casos, o se enfangaron en luchas internas que acabaron por desvirtuar su imagen de cara a la mayoría social y, desde luego, al movimiento popular que en los años previos había creado el caldo de cultivo adecuado para su éxito.
Las nuevas protestas sociales por la vivienda que a finales de 2026 han cristalizado en acampadas reminiscentes de las del 15M en algunas de las ciudades más importantes del país (teniendo, incluso, réplicas en ciudades de algunos países vecinos y coincidiendo con nuevas movilizaciones masivas en no pocos lugares de la geografía europea), enfrentan el mismo reto que sus predecesoras a la hora de consolidarse como actores a los que los partidos, las instituciones y el sistema en general no puedan ignorar o, pasado el tiempo, desmovilizar y/o enterrar, sin que nuevamente nada cambie en lo que toca a sus principales demandas.
Si se pretende apostar por un municipalismo que realmente pueda erigirse como contrapoder efectivo al sistema, y que realmente pueda superar las fases iniciales de auge y “éxtasis” social y crear estructuras eficaces que lo establezcan como un actor duradero exento del riesgo de disolverse ante líderes, partidos o instituciones, es necesario abordar las causas específicas que han llevado a dicha disolución en el pasado, así como a los elementos materiales, concretos, que se han erigido como principales obstáculos, internos y externos, para su supervivencia.
Urge, además, identificar los elementos indispensables para la consolidación de una práctica municipalista que sobreviva a las personas particulares, a los líderes carismáticos y a las “modas” políticas, así como al inmovilismo e incluso al juego sucio del sistema.
Solo de este modo será posible lograr el cambio político que tanto tiempo lleva demandándose desde la parte más “concienciada” y movilizada de la ciudadanía, y solo de este modo podrán combatirse eficazmente tanto los usuales, pretendidos y devastadores efectos del funcionamiento normal del sistema como el cada vez más preocupante y amenazador auge de una ultraderecha que pretende obrar en el sentido contrario al de la profundización democrática inherente al municipalismo: la vuelta del autoritarismo, el conservadurismo y la “mano dura” ejercida desde los de arriba hacia los de abajo.
Y este espacio de debate puede ser uno de los lugares clave para comenzar ese trabajo.