Democracia ciudadana, participación y utopía
Concha Denche Morón
Socióloga. Miembro del Club de Debates Urbanos
Recuerdos del futuro[1]
La participación es un derecho humano porque es una necesidad. Julio Alguacil
La conmemoración reciente del 50 aniversario de la primera manifestación legal en Madrid (22 junio 1976), convocada por el movimiento vecinal con el lema Contra la carestía de la vida, ha sido una recuperación de la memoria colectiva que evidenciaba el olvido, el gran olvido del movimiento vecinal en la Transición política.
Una movilización disruptiva para miles de participantes que, con el clamor de sus quejas y demandas, abría una brecha en la clandestinidad de años de dictadura y mostraba la fuerza del movimiento ciudadano, un catalizador de los malestares de vecindarios que sobrevivían en la crisis urbana. Se estaba conformando un sujeto de cambio antihegemónico, un Nosotros con una voz que tiene la calle como escenario, un ejercicio práctico del lefebvriano derecho a la ciudad que exige su derecho a tener derechos ciudadanos.
En aquella ciudad se definió la cuestión urbana qué es el conflicto, motor del cambio social. La movilización cambió la ciudad y otorgó el poder a la izquierda en las primeras elecciones municipales (1979) activando dos instrumentos de carácter estructurante: el urbanismo y la planificación para corregir equitativamente el desarrollo territorial desigualitario y la participación ciudadana como factor de legitimación democrática de las políticas urbanas, ambos conllevan una cierta redistribución del poder.
La aspiración del movimiento vecinal a la ofensiva articula una demanda utópica, respuesta a unas condiciones de vida segregadoras y expresa la necesidad de impulsar otras vivencias urbanas. Pese a su relevancia, al ámbito local ni se le dio el reconocimiento institucional adecuado, a medida de su papel histórico (irrumpir) ni un marco de desenvolvimiento como vertebrador comunitario de primer nivel. Un drenaje meliorista desde lo público para paliar la vulnerabilidad social como dimensión múltiple de concentración de inseguridades y desventajas.
Cinco décadas después, en el marco tardocapitalista es imprescindible acumular recuerdos de lo que está por venir[2]. Reparar en la evolución de la gobernanza local y la configuración del campo de la confrontación social en la urbe. Desvelar manifestaciones de malestar social y luchas ciudadanas. Definir la realidad concreta a modo de la Gran Transformación, descrita por Karl Polanyi, que materializa el expolio de los bienes comunes, nuevos avances tecnológicos y primacía financiera, junto al retroceso de derechos democráticos en los ámbitos local y autonómico madrileños.
En materia de conflictos sociales se han modificado las posiciones antagónicas en el marco de la ciudad metropolitana que es Madrid, entre el bloque hegemónico dominante (a la ofensiva) que componen el conglomerado banca-fondos de inversión y la maquinaria de acumulación-expropiación generando una dinámica de crisis en espiral, cuyas dimensiones son inabarcables con un poder incontrolable y descontrolado.
Y frente a él, los sujetos contrahegemónicos que se oponen a la primacía de los intereses privados, los movimientos sociales que, como sujetos de derechos colectivos y agentes de cambio, desde posiciones defensivas tienen que enfrentar una situación cuasi imposible: encontrar soluciones locales a contradicciones globales.
Se trata de confrontar con el modelo de gestión empresarial de la ciudad de los gobiernos de la derecha, colaborador con el bloque hegemónico financiero, que apuesta por la externalización de servicios, contratos a medida de las grandes empresas, complaciente con los inversores que operan apropiándose del patrimonio público a discreción y la coerción de la participación ciudadana en una ciudad convertida en mercancía.
Hay que caracterizar el marco a transformar: un territorio con una reproducción exponencial de la desigualdad social, que refuerza las zonas más exitosas y prestigiadas, estigmatizando las más abandonadas (guetos directos e inversos), periferias espacios residuales donde dormitan conflictos latentes, piezas urbanas imprescindibles para la estructura de la rentabilidad urbana, barrios ocupados por el ejército de reserva de trabajadores precarizados, inmigrantes globales, mujeres, y en muchos casos racializados.
Territorio sobrante para mano de obra excedente
Hay una correlación directa entre estructura socioeconómica y articulación de los movimientos sociales. El panorama social muestra una estructura muy segmentada, donde la pobreza-exclusión presenta una distribución muy localizada (segregada) por la geografía social madrileña. Dispersión de los estratos más depauperados frente a concentración de las capas más solventes y, entre ambos, una creciente distancia social, junto a una clase trabajadora marginalizada, subempleada que, perdida su vieja homogeneidad, pierde también la cohesión social y asiste al debilitamiento de los movimientos, disipando la subjetividad del cambio entre niveles atomizados de privación, porque los fragmentos no se reconocen entre sí y carecen del aglutinante con objetivos comunes, esto favorece la desmovilización y limita la capacidad de respuesta confrontando para construir un imaginario colectivo de cambio y mejora.
La necesidad de una nueva gobernanza, marco de una democracia participativa, que permita proyectar una imagen de futuro y una construcción colectiva de alternativas, que se oponga a la narrativa global impuesta verticalmente con su relato univoco del deber ser que condiciona la vida de la ciudad. Ir más allá del sumatorio de agravios sueltos (malestar sin rebelión) mediante estrategias de decisión según los intereses de los grupos sociales, un sujeto de cambio complejo. Y el desafío es la absoluta necesidad de componer un nuevo horizonte igualitario colectivo, universal que incorpore la multiculturalidad étnica, las minorías, un aglutinante contra el malestar atomizado, la discriminación y estigmatización entre estatus y procedencias.
Mecanismos para el cambio
La participación democrática es un instrumento clave porque es el desarrollo de capacidades para acometer las decisiones sobre la gestión de los recursos de su ambiente físico, social y económico; y el poder de afrontar la resolución de los problemas que afectan a los sujetos con los propios sujetos. Y hay que disputar la hegemonía frent e a la colaboración público-privada, que pone la administración al servicio de los beneficios de los sectores parasitarios reforzando la extracción de rentas en la producción espacial.
La cuestión estratégica es identificar y articular a los sujetos antagonistas, su potencial de incidencia y transformación disputando la ciudad, el relato ciudadano frente al poder económico y la complicidad institucional modifican la correlación de fuerzas con protagonismo ciudadano y su plasmación del derecho a la ciudad igualitaria y la justicia socio territorial como principio rector. Un lugar propio, complejo y articulador desde la confluencia sobre vínculos de identificación común del malestar y conflicto social en el espacio de la lucha de clases en la ciudad, esgrimiendo otro orden de decisiones y el interés general, las demandas y necesidades de la ciudadanía.
Los movimientos sociales, imprescindible la organización del sistema de los agentes sociales (coyuntura de las relaciones de clase) con el fin de producir un efecto cualitativamente nuevo (más igualitario, más justo) sobre la estructura social. En la actualidad y, pese al contexto de crisis en que se desenvuelven los sujetos sociales, hay un potencial ciudadano que radica en la diversidad de entidades y experiencias, que conectan nuevas y viejas necesidades en la ciudad.
Esa pluralidad es la mejor esperanza para conformar e impulsar una fuerza social transformadora que revierta las relaciones sociales unívocas. El sentimiento comunitario y una cultura ciudadana capaz de desafiar y contraponerse al beneficio de intereses privados y la arbitrariedad administrativa. Aplicar el principio de la doble legitimidad, mutuo reconocimiento de las instituciones y los movimientos sociales, incorporando fórmulas de co-gestión en las administraciones local y regional.
La utopía es un ingrediente básico en cuantos procesos movilizadores se han producido, porque provee de horizontes para imaginar y procurar la materialización de un reparto igualitario de los atributos urbanos, ventajas, inconvenientes y oportunidades de la ciudad.
En suma, articular un nuevo sujeto transformador, la ciudadanía, que se recomponga y reconozca en sus conocimientos y aspire a organizarse como antagonista, frente a quienes ejercen un poder excluyente. Tomar parte (en las decisiones) y tener parte (del poder).
Notas
[1] Siri Hustvest
[2] César Vallejo