Crónica de una Dana anunciada
Salvador Pérez
Diseño y mentorización de proyectos de innovación socio ambiental
-Actualizado a
Lo que ocurrió aquella noche del 29 de octubre no fue un golpe de mala suerte ni un evento imprevisto. Tal vez sorprendió la magnitud del desastre, pero desde hace décadas, la ciencia nos había advertido de que algo así podía pasar. Aquel mismo día, desde temprano, ya había señales claras de que esto ocurriría. Sin embargo, más de 200 personas perdieron la vida innecesariamente.
Estas muertes no son solo números. Son personas, familias rotas, comunidades devastadas. Y lo más grave: podrían haberse evitado.
¿Dónde fallamos? Desde los años 70, expertos como el Dr. Millán Millán ya alertaban sobre el impacto del cambio en el uso del suelo y el ciclo del agua en el clima. Sin embargo, este mensaje quedó relegado, eclipsado por el enfoque casi exclusivo en el CO2 y el efecto invernadero.
Hoy, 50 años después, seguimos mirando hacia otro lado. ¿Has escuchado a alguien hablar sobre el estado de nuestros suelos y su papel en desastres como esta DANA? Probablemente no. Los medios apenas lo mencionan, y la sociedad parece preferir evitar temas incómodos. Pero las consecuencias están aquí: fenómenos atmosféricos cada vez más extremos y frecuentes que nos golpean con más intensidad.
He vivido en primera persona los efectos de esta DANA, afortunadamente sin daños personales directos. Durante días, trabajé codo a codo con mis vecinas y vecinos de Albal, el municipio donde resido. Fueron largas jornadas de limpieza, recuperando espacios propios y ajenos, siempre desde la solidaridad y el apoyo mutuo.
Han sido momentos duros, de esos que marcan y son difíciles de olvidar. Pero, si algo positivo me llevo, es el ejemplo increíble de las miles de personas voluntarias que, desde el primer momento, dejaron todo para venir a ayudar. Es difícil describir la emoción y la esperanza que estas personas han generado en todas nosotras.
Pasado más de un mes, surgen reflexiones distintas a las que tuvimos en los primeros días. Nos llevan a preguntarnos qué tipo de mundo estamos construyendo, qué legado dejaremos a las próximas generaciones y, sobre todo, cómo podemos prepararnos para la próxima vez que algo así ocurra.
La respuesta a las dos primeras preguntas, con la situación actual, es dolorosamente negativa. Sin embargo, todo puede cambiar. El mundo lo construimos entre todas y todos, a partir de aquello en lo que decidimos poner nuestra atención. Pero, muchas veces, vivimos atrapados en relatos que otros crean por nosotros.
¿Te has preguntado alguna vez cómo contribuye tu participación diaria a construir el mundo en el que te gustaría vivir? La verdad es que, en muchas ocasiones, ni siquiera lo pensamos. Nos dejamos llevar por el día a día, reaccionando en lugar de actuar.
Lo que es seguro es que enfrentaremos situaciones como esta una y otra vez. Necesitamos estar preparados. Esto exige cambios profundos en cómo vivimos, consumimos y actuamos. Porque lo que vivimos hoy no es solo fruto de lo ocurrido en el último año o la pasada década; es el resultado acumulado de siglos de impacto humano en el planeta.
La reversión llegará, pero será a muy largo plazo. A nosotros nos toca ser resilientes. Esto implica tres cosas: resistir, adaptarnos y transformar. Resistir requiere ser conscientes y tener planes de acción claros. Adaptarnos significa aceptar las consecuencias de desastres como este, sabiendo que llevará años lograr una verdadera recuperación. Y transformar implica cambiar cómo vivimos, construimos y tratamos a la naturaleza, para dejar a las generaciones futuras un legado digno.
La clave de todo esto está en nuestra relación con la naturaleza, en reconocer que formamos un único ente junto a ella. Desde esa conexión puede surgir un nuevo paradigma de pensamiento, uno que nos permita transformar sin miedo el sistema global en el que vivimos.
Este cambio no es una cuestión de ideologías. Es algo más profundo y transversal. El verdadero desafío está en cambiar cómo nos relacionamos: con los demás, con la naturaleza y, sobre todo, con nosotros mismos.
El ser humano cuida aquello que ama. Pero, ¿cómo puedes amar algo que no conoces? Empieza por ahí. Apaga la televisión, desconéctate de las redes sociales y sal a la calle. Ve más lejos: sumérgete en la naturaleza. Conócela, siéntela, enamórate de ella.
Solo así comprenderás que eres parte de la naturaleza. Y, cuando lo hagas, entenderás que cuidarla es cuidarte a ti mismo.
Vivimos en un sistema formado por elementos y relaciones. Hoy, te propongo un reto: cambia una de esas relaciones, tu relación con la naturaleza. Por pequeña que parezca, ese cambio puede iniciar un efecto mariposa capaz de transformarlo todo.
Lo ocurrido el pasado 29 de octubre volverá a suceder. Tal vez no te afecte directamente, pero otras personas, otras comunidades y otros territorios sufrirán las consecuencias.
Es nuestra responsabilidad, como parte de un todo, tomar conciencia y construir una sociedad resiliente. Una sociedad capaz de resistir los desafíos, adaptarse a las adversidades y transformar el presente para un futuro más digno y justo.
No volvamos a cometer el mismo error.

