Intelectuales con estómago (o no)
Ramón J. Soria
Sociólogo y antropólogo experto en alimentación
Es un hecho, la mayoría de los españoles apenas cocina, se ha olvidado de la dieta mediterránea y los precocinados o la comida rápida va ocupando cada vez más espacio en la nevera, y los pequeños armarios-despensa de los minipisos que fabricó como churros, pero a precio de caviar, la burbuja inmobiliaria. Cada vez comemos peor y somos más ignorantes sobre las cosas del comer aunque sigamos con interés los cabreos de Chicote, le riamos los chistes malos a Arguiñano y nos espantemos con el repug-reality de Masterchef.
Pero los intelectuales españoles desde siempre han comido caliente tres veces al día, saben mucho de cocina y vinos de Burdeos, siguen a José Carlos Capel o a Carlos Maribona, rezan a Josep Pla y a Camba, admiran a Adrià y hasta fueron a comer alguna vez a su chiringo, saben hacer sferificaciones en la intimidad o un cocido desgrasado, un salmorejo de cerezas o unas patatas soufflé y guardan en sus enormes bibliotecas una buena sección de libros de gastronomía, cocina japonesa y recetarios incunables, de Sent Soví a la Pardo Bazán, de Santa Inés Ortega a lo último de los Arzak-Berasategui-Roca.
'Desde siempre', esa es la palabra, desde siempre, tanto los Pemán & boys de después de la guerra como la gauche divine pre y pos-Transición disfrutaron como nadie de langostinos buenos y guisotes preautonómicos, percebes gordos y cochinos asados, meros cazados por el arpón de Barral y cenas en Lhardy, Jockey, el Gijón o el extinto Lúculo de Ange García. De otra cosa no sabrían, pero de marxismo zen y merluza en salsa verde lo sabían casi todo, luego el marxismo trotski-yogui ya no estuvo tan de moda y se apuntaron a la socialdemocracia light o al extremo centro derecha, pero nunca dejaron el orgullo y la chulería macarra o hiperburguesa de saber de guisos y tener el paladar gourmet bien experimentado en caldos, sopas, psicoactivos con receta o el sexo de las ángeles.
Los intelectuales en España sabían comer, o a lo mejor no sabían comer pero comían muy bien. Hablo, claro está, de los intelectuales célebres y celebrados, con trabajo fijo, parroquia de lectores y palmeros, ya fueran en su día franquistas jubilados o arrepentidos, comunistas cabeza de chorlito, postsocialistas neoliberales o libertarios a la violeta. Para todos comer y hablar de comida era importante y hasta más importante que la militancia o los sueños y pesadillas del mundo que movía sus voces y sus letras.
Los otros, los llamados resentidos, perdedores, marginales y los pobres estilo La colmena, los muertos de hambre, exiliados de dentro o fuera, proscritos de las prebendas del régimen o el reciclaje en el antifranquismo suave, nunca supieron comer y mucho menos entender una carta de menú en francés y las añadas de los vinos caros porque nunca pudieron dejar de ser Carpantas soñando con croquetas de sobras de cocido, pollos asados y sopas canas. Es más, la cocina de pobres, la cocina de subsistencia, de los despojos o las sobras, luego, en la Transición, fue reivindicada, puesta en sazón y hasta expropiada con descaro por esos intelectuales pijos sin ningún miramiento ni demora. Ni siquiera ese placer humilde les quedó a los intelectuales invisibles de sardina prensada, sopa de ajo y alita frita. ¿Verdad, Max Aub?
Hubo excepciones, por supuesto, el gran Manuel Vázquez Montalbán los desenmascaró a todos y describió con pelos y señales tanto el hambre como la amnesia alimentaria tras la sopa de sobre de los 70, la reconstrucción de las extintas cocinas regionales, ahora autonómicas, el revival de la cocina de la subsistencia y el arrobo transideológico hacia la mariscada XXL y sus secuelas tecnoemocionales.
También el otro Manuel Vicent se atrevió a apuntar con el dedo las barrigas bien nutridas de los que estaban construyendo la nueva España suarista, felipista, aznarista, zapaterista y ahora neoaznarista (ya que Rajoy no cuenta y lo que le ha tocado es disimular cuando comienzan a aparecer los costurones, las carroñas y los despojos del anterior festín). Por último, debo citar a mi admirado Rafael Chirbes, que describió con su minuciosa y descarnada cheira de gourmet arrepentido aquel desmán corrupto-ladrillista de festines sin Babette pero con Visa oro o black que nos llevó al desastre que ahora somos. También les dio manteca hace apenas un año Gregorio Morán y ahora Ignacio Sánchez-Cuenca.
Aclaremos lo obvio, por si acaso. Descriptivo: un intelectual es un señor con buena formación, un trabajo o unas rentas que le dejan bastante tiempo para pensar sobre los problemas del mundo y del país, documentarse bien sobre el asunto y proponer análisis, explicaciones y soluciones fáciles de entender para el gran público. Además tiene facilidad para la expresión verbal y escrita, acceso a los medios de comunicación, la subclase política, el mundo editorial y los saraos institucionales, de universidades o de fundaciones filofinancieras donde se dicen cosas para el bien general o el bien de algunos, no siempre los más, a veces los menos.
Y hoy un intelectual, más que nunca y como siempre, es un gastrónomo ilustrado que también sabe mucho de comida fina y opina, pontifica o teoriza sobre el chovinismo del Bocuse d’Or, la necesidad de militar en la dieta mediterránea pos-Pla y analizar con una buena herramienta posmoderna por qué el Pesquera era el vino preferido de los Aznares. Pero: ¿saben cocinar?, ¿cocinan cada día?, ¿hacen la compra?, ¿saben lo que vale un kilo de pan o cuarto y mitad de chipirones? No. Utilizaré una abreviatura más precisa: N.P.I. ¿Y si no saben cocinar? ¿de qué saben?, ¿de qué hablan?, ¿por qué les hacemos caso? A mí sólo me costa que Chirbes y Montalbán sí cocinaban con regularidad y criterio, se trabajaron bien la teoría y la praxis del fogón. También Vicent. ¿Y los demás? No, salvo algún guiso puntual proustiano de alcachofas con gambas de algún intelectual con Edipo.
Así que al gastrólogo le importan tres pepinos agridulces lo que digan los intelectuales desde que se enteró de que Sartre no sabía comer y dijo aquello tan bruto y conductista de que la comida y el sexo servían para tapar agujeros. Tras reírse un rato con El cura y los mandarines. Desde que leyó hace nada, en cierto periódico de gran tirada nacional, a un famoso intelectual explicar cómo se hacían mal los caracoles a la llauna. ¡Métete con Podemos lo que quieras pero no me maltrates al caracol! Ya desde hoy le digo: ¡Contigo no, bicho! Me ha gustado La desfachatez intelectual, de Ignacio Sánchez-Cuenca, pero he echado de menos una sección culinaria dedicada a la desfachatez gastronómica. Ignacio, cuenta conmigo para meter más madera en esa barbacoa. A los intelectuales de hoy habría que hacerles el riguroso examen del huevo frito con puntilla.
Nota: Todos los intelectuales citados en el libro La desfachatez intelectual han escrito de gastronomía pero nunca con profundidad o rigor de cultura gastronómica. Vuelvo a citar por enésima vez a Martín Caparrós y su ensayo El hambre como ejemplo de buen hacer intelectual. Manuel Vázquez Montalbán escribió de todo esto en su vitriólico ensayo Contra los gourmets, conviene releerlo pensando en el presente y poner nuevas caras a la desfachatez de los nuevos estómagos ¿agradecidos? que diría Rosendo Mercado.
Más intervenciones
La brecha de clase: el debate oculto
'CTXT' y Espacio Público nos invitan a debatir sobre la brecha existente entre la vieja y la nueva intelectualidad, la que ha hegemonizado la vida cultural y mediática durante las cuatro últimas décadas, frente a la que pugna por hacerse un hueco desde las redes sociales pero carece de la legitimidad y el prestigio que otorga el sistema a quienes llevan años siendo los fieles guardianes de las esencias de la Transición.
¿Queda algún lugar digno para los intelectuales académicos?
Hay pocas cosas tan difíciles como identificar a un intelectual: identificar a los intelectuales como grupo de manera concluyente, definir su mayor o menor complacencia con el poder, halagarles o criticarles, cuando ni su calificación ni su clasificación nos resultan claras. ¿Cuáles son las dinámicas, roles y funciones propias de los intelectuales? ¿De qué factores dependemos para localizarlos, contextualizarlos y juzgarlos?
Periodismo para tiempos corruptos
Decía Albert Camus que un país suele valer lo que vale su prensa. Por suerte para él, que tanto amaba España, no pudo ver la evolución de nuestros medios y talentos periodísticos. De la República de Pla, Ortega, Colombine, Camba, Gómez de la Serna y Chaves Nogales hemos pasado en menos de 100 años al reino de Inda, Marhuenda, Losantos, Buruaga, San Sebastián, Los Manolos, Ferreras y Pastor.
Nos queda la poesía
No he sido capaz de recordar el nombre de un intelectual español de prestigio claro que esté vivo o que no sea muy mayor.
Intelectuales: un recurso social indispensable
Habiendo sido profesionalmente profesora universitaria e investigadora, pero habiendo también estado, por azares biográficos, durante diez años en cargos de responsabilidad política, le he dado bastantes vueltas al tema de las diferencias y discrepancias entre ambas posiciones públicas. Recuerdo que, al comenzar a ejercer un cargo político, tenía la impresión física de usar una parte de mi cerebro distinta de la habitual, y de dejar la de profesora en barbecho.
Apuntes provocadores sobre la salud de los medios de comunicación
El periodismo vive contaminado por intereses ajenos al oficio de informar. Eso es así desde siempre. Al igual que tantas otras actividades socialmente necesarias, para existir necesita sortear a todos aquellos actores públicos y privados que lo intoxican, lo degradan, lo inutilizan, lo paralizan. Con demasiada frecuencia se ignora esa realidad, a pesar de que de un tiempo a esta parte el ambiente se ha enrarecido mucho más. La información tóxica es dañina, claro está, pero eso no impide que se consuma compulsivamente a toneladas, como si nada ocurriera.
Interpelación a Daniel Innerarity
Me ha gustado mucho su intervención, pues no se anda con vaguedades y es lúcida y pormenorizada. Sin embargo no termino de ver claro dos afirmaciones suyas que quizás convenga aclarar.
Las dificultades de ser crítico
A nadie se le oculta que la conciencia crítica pasa actualmente por un mal momento. Son malos tiempos para la crítica porque se prohíbe y reprime, pero también porque muchas veces no se ha hecho bien, con escasa observación y demasiada seguridad.
¿Hay algún intelectual en la sala?
En los grandes diarios siguen apareciendo grandes firmas de intelectuales que escrutan, analizan y valoran la realidad perspicazmente. Prestigiosos escritores, profesores, sociólogos, filósofos o economistas siguen formando la nómina de intelectuales, pero lo cierto es que la influencia sobre la opinión de los ciudadanos, que siempre fue tarea del intelectual en los medios, desde hace tiempo no la ejercen los intelectuales, sino quienes más presencia tienen en los medios más masivos de información y, por ello mismo, las cabezas y las cabeceras que les dan esa presencia. Es posible que aún haya intelectuales, pero es seguro que ya no tienen la influencia real que tuvieron sus antecesores.
La desfachatez intelectual: habitando la España vacía
La España vacía nos ha removido a todos. La entrevista en CTXT de Raúl Gay excitará a los que aún no se han acercado a ese territorio tan vasto de nuestro mapa geográfico o de nuestra identidad más íntima.
El intelectual como bufón
Cuando estalló el escándalo de la estafa financiera de las ‘preferentes’, el economista José Carlos Díez se encargó de difundir en la Cadena Ser la “mot d’ordre” -la consigna- que convenía a los banqueros y al poder: los jubilados habían sido víctimas de su propia codicia, y ellos solos eran los responsables de lo que había ocurrido. Adiviné al instante que este sujeto más pronto que tarde ocuparía un lugar destacado entre los ‘intelectuales’ oficiales, y no me equivoqué: enseguida encontró una tribuna privilegiada en el nuevo periódico de la banca española: El País, del grupo Prisa.
Crisis social, fabricación de consensos y cortocircuitos transmedia
Del debate patrocinado por Público y CTXT me interesa especialmente el papel de los medios como intelectual colectivo articulador de un flujo ordenado de mensajes que configuran, día a día, la agenda informativa y, mes a mes, año a año, la fabricación de los consensos sociales.
Propuestas para una ‘función intelectual’ democrática
El debate que está teniendo lugar en CTXT y Público comenzó con el quién: quién ha accedido al espacio público en las últimas décadas y quién no. Pero luego ha ido mutando hacia el cómo hablar en este espacio, y creemos que esa es la cuestión clave.
Poder mediático y derecho a la información veraz
Toda profesión brinda un servicio social al que la ciudadanía tiene derecho y, por tanto, no puede concebirse sin una ética del bien común. La labor profesional del personal docente, por ejemplo, está directamente vinculada al derecho a la educación del alumnado, la del personal sanitario, al derecho a la salud de la población, y así, sucesivamente.
Elogio de la vida política activa
Es preciso descorrer el manto de indignidad que sobrevuela la vida política activa. Para ello es necesario hacer otra política, saber valorar aquella otra que va más allá de los parlamentos. Y a la vez desmontar el prejuicio contra quienes toman partido públicamente.
Por un nuevo modelo educativo
En mi anterior intervención llamaba yo la atención del riesgo de considerar la ‘intelectualidad’ en abstracto, es decir sin atender a las relaciones sociales y la estructura social. Ahora quiero insistir en lo mismo pero prestando atención a las instituciones educativas, que son las encargadas, en gran medida, de desarrollar nuestras capacidades intelectivas, artísticas y morales.
Algunas preguntas a los intelectuales
Todavía me acuerdo del último artículo de Julián Marías en 'El País', de lo que pasó con él, y de sus razones fundadas para cambiarse al 'ABC'.
La nostalgia del intelectual público
Tras el 15-M, el reto actual y futuro consiste en construir algo que quizás no exista desde los tiempos de la República, un debate de ideas rico y plural.
Profesor de Filosofia de la UCM
El ocaso de una dictadura mediática
Cuando se habla de 'régimen del 78' muchos intelectuales mediáticos se rasgan las vestiduras, como si se tratara de una fórmula populista y demagógica propia de una impresentable extrema izquierda marginal y exagerada. Con tanto aspaviento lo que se ha logrado durante estos últimos cuarenta años es hurtar un necesario debate sobre la libertad de expresión y su papel en el orden constitucional.
Zarzalejos: invitación rechazada
Hace un par de semanas, José Antonio Zarzalejos escribió un artículo en el que criticaba mi libro 'La desfachatez intelectual'. En dicha crítica deslizaba afirmaciones inexactas que eran irrelevantes para la cuestión que se ventilaba y que además deformaban algunos datos sobre quien esto escribe.
“Ya jode tanto pan y queso”. Las intelectuales y la maternidad
Con su artículo 'Una madre poco ejemplar', Elvira Lindo -según su propia afirmación- no pretende presentar su maternidad o la de las mujeres de su generación como ejemplo. Más bien aspira a señalar que caen en un error las mujeres que hacen de la maternidad (no sabemos si por un tiempo o indefinidamente) la principal actividad en sus vidas. Lo que -según comenta Elvira Lindo- es la “teoría en boga”.
Carta de un mastuerzo del 15-M a Savater
Al inicio del 15-M, Fernando Savater tachó de "hatajo de mastuerzos" a quienes protestaban ante el Parlament de Catalunya. Los altercados, inducidos por la policía, acabaron con el desalojo violento de los manifestantes. Cinco años más tarde reproduzco la carta que publiqué en mi blog.
¿Pasó la época de los intelectuales?
Según José Antonio Pérez Tapias, sí. Yo, en cambio, tengo mis dudas, y pasaré a explicar brevemente por qué. Lo haré en términos afectuosos, pues considero además a Tapias como una de las personas con la mente mejor amueblada del socialismo español, y también de las más dignas.
Intelectuales, movimientos y medios
“Quienes ejercemos profesionalmente la función de ‘intelectuales’ queremos expresar nuestra admiración a este movimiento”. Así empezaba un escrito dirigido a Nuit debout por Tariq Alí, Elsa Dorlin, Razmig Keucheyan, Frederic Lordon, Leo Panitch y Wolfgang Streek, entre otras personas relevantes, publicado en 'Le Monde' el pasado 3 de mayo. En el mismo artículo reconocían que ese nuevo actor “no tiene ninguna necesidad de intelectuales para reflexionar. La producción de ideas es inmanente al movimiento, cada uno de cuyos miembros es un intelectual y el conjunto un intelectual colectivo”.
Intelectuales mistificados y crítica cultural
Hace poco más de un año entrevisté a Jordi Gracia, catedrático de Literatura en la Universidad de Barcelona y opinador de 'El País'. Quise invitarle a una reflexión sobre el poder que ese papel de intelectual público representaba. “El acceso a las páginas de opinión de 'El País'” le decía, “te confiere una autoridad, un poder social, un privilegio diferente que los del profesor de literatura colaborador en un suplemento cultural. También supone una responsabilidad diferente que, a su vez, te hace más vulnerable en la medida en que te expone a una crítica o cuestionamiento diferente. ¿Cómo asumes esa responsabilidad, esa autoridad? ¿Te incomoda? ¿Qué es lo que justifica, para ti, tu propio papel como intelectual público?” Me parece que a Gracia le molestó un poco la pregunta. O al menos no quiso asumir su premisa: que él ocupaba una posición de autoridad. Lo que justificaba actuar como intelectual público, respondió, era nada más que “la voluntad de hacerlo”.
De los intelectuales en la posmodernidad
Sobre el papel y la influencia de los intelectuales en los últimos cuarenta años, creo que deben diferenciarse al menos dos ámbitos: por una parte, su función como referentes ideológicos en los órganos directivos de los partidos políticos y de sus fundaciones, y, en general, en cualquier organización que haya pretendido ser un grupo de presión (un 'think-tank'); y, por otra, la función de los intelectuales como formadores de opinión pública en los medios de comunicación.
Una invitación a José Antonio Zarzalejos
Aunque tenga profundas diferencias ideológicas con José Antonio Zarzalejos, siempre he seguido con interés sus opiniones políticas. No he podido estar más en desacuerdo con la posición que adoptó como director de ABC, tanto en el fondo como en las formas utilizadas, a propósito de asuntos como el proceso de paz con ETA y el nacionalismo catalán, pero leí sus argumentos con atención y respeto, aprendí de ellos y me sirvieron para refinar los míos. Considero que voces como las suyas son fundamentales para que tengamos una esfera pública plural. Por eso mismo me ha causado tanta decepción un artículo suyo publicado en 'El Confidencial' ('La desfachatez intelectual: un ajuste de cuentas') en el que critica de forma poco rigurosa un libro mío titulado 'La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política' (Catarata, 2016).
¿Intelectuales? Ciudadanos que opinan
La palabra 'intelectual' tiene todavía su aura. Creo, sin embargo, que su uso la ha llevado a un punto en que puede resultar que tenga sólo eso, algo de aura, pero nada más. Es decir, se ha convertido, en gran medida, en un significante vacío, como esas palabras que justo por su vaciedad semántica juegan un papel determinado, de mucho rendimiento, en el discurso político, como bien destacó Ernesto Laclau, por ejemplo, o como han subrayado otros muchos, en la crítica de la cultura en clave psicoanalítica, de la mano, en especial, de Lacan.
LA TRANSICIÓN COMO RELATO MÍTICO
Aunque los temas de la Transición y de la Constitución sean, desde mi punto de vista, temas que únicamente nos sirven para contextualizar el debate que nos ocupa, la importancia de dichos temas así como los comentarios realizados por Bonifacio de la Cuadra y por Miguel Pasquau Liaño me han llevado a redactar esta réplica.
En defensa de Internet
Una de las últimas travesuras dialécticas del ocurrente Juan Luis Cebrián ha sido descalificar ‘in toto’ al fenómeno de Internet, diciendo que “la Red está llena de mentiras, calumnias, insultos y estupideces”, a la que contrapone el ejemplo de medios de comunicación como El País, “de independencia y calidad probada” (El País, 28/09/2015). Es cierto que no todo lo que circula en Internet es trigo limpio, pero lo mismo se puede decir de la prensa escrita y de la televisión. Además, el periódico El País ya no es ejemplo de nada: ni de independencia, al ser propiedad de accionistas-banqueros, ni de calidad democrática al haber dado cobertura moral a golpes de estado en Ucrania y en Venezuela. Con independencia de la opinión que se tenga de los Gobiernos de estos países, lo que se ha hecho con ellos es una canallada, similar a la de justificar el alzamiento de Franco. A Cebrián le sienta bien esa memorable afirmación del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela: “Las personas inmorales dan consejos morales”. Y me parece que Cebrián es ya un sosias del ‘Ciudadano Kane’ de Orson Welles, y ‘El País’, del ‘New York Inquirer’.
Pontífices o amurallados
A la hora de abordar este asunto a uno le gustaría ocultarse bajo un pseudónimo y ello por dos motivos. El primero tiene que ver con el hecho de que, si vamos a hablar de intelectuales, es seguro que nos disponemos a lanzar alguna piedra y un pseudónimo permitiría no tanto esconder la mano como garantizar honestamente que el destino del proyectil es también uno mismo. A los intelectuales no nos gusta que nos incluyan en una clase o en un grupo y cuando hablamos de 'los intelectuales' -como cuando las clases medias hablan de 'la gente'- es para afirmar nuestra singularidad frente a cualquier conjunto en el que se pretenda disolvernos. En este sentido, de 'los intelectuales' sólo deberían hablar -si queremos un poco de verdad y algo de criterio- los panaderos o los pescaderos.
Sobre los intelectuales y el poder
“Ahora uno publica en un periódico y nadie se queja” – declaraba Santos Juliá (según refiere el diario El País del 15 de octubre de 1999) en la lección inaugural de la Facultad de Periodismo de Sevilla. O no. La entrevista del hispanista Sebastiaan Faber al historiador Pablo Sánchez León publicada por su periódico parece desmentir esta idea: no sólo mereció una amonestación por parte de la periodista Soledad Gallego-Díaz, sino que ha dado lugar a una airada e irónica réplica de uno de los aludidos. Tal vez lo primero que habría que decir es que era una entrevista, no una tribuna. Se trata de una opinión y la única verdad de una entrevista es la opinión del entrevistado.
El/la intelectual mediático/a
A los medios de comunicación les gusta el espectáculo, les agrada que cualquier tema se convierta en diversión pública, a base de producir comentarios maniqueos sobre la realidad. También lo hace con las llamadas hard news, las noticias sobre la economía, la política, los conflictos bélicos, el terrorismo y un largo etcétera de informaciones que en teoría hay que tratar en la vida pública de forma seria.La paradoja es que parece que así ocurre.
Escupir al cielo
Lo jodido de ser mayor –aparte el calendario que te acerca la muerte- es que no puedes hacer ninguna reflexión que no esté cargada de memoria. Es decir, que no puedes pensar el futuro, en el que sabes que no estarás, ni el presente, en el que eres consciente de que pintas poco, sin referirte a un pasado que, con mucha suerte, te justifica. Y que tampoco es cómodo. Con suerte, si no te han doblado, te han quebrado. En ese caso, sobre todo en ese caso, el pasado se ha convertido en el lugar de la frustración. Porque no nos ha quedado muy bien que digamos. Y tienes la espalda del alma rota y sabes que han ganado ellos, porque cada vez que escupiste al cielo, tardaría un tiempo, pero a la cara te cayó.
Una democracia resignada
No sé si en 1978 España habría podido darse una Constitución distinta, pero sí estoy seguro de que la que se aprobó es mucho mejor que lo que después se hizo de ella como consecuencia de un bipartidismo de intereses endogámicos que en algún momento comenzó a competir 'a la baja' con más interés en controlar la democracia que en desplegarla. Con cuánto agrado leí Democracia de papel, un ensayo de Bonifacio de la Cuadra en el que defiende esa tesis con el valor añadido de quien fue testigo directo de los necesarios equilibrios que se forjaron y del deterioro que se produjo a partir, más o menos, de la segunda legislatura de Felipe González.
El fracaso de los políticos de hoy frente al éxito de la Transición
A punto de repetirse la convocatoria de las últimas elecciones generales -las del 20 de diciembre de 2015-, de resultados políticos fallidos, en cuanto que los elegidos por la ciudadanía no han sido capaces de alumbrar un Gobierno, merece la pena recordar los tiempos iniciáticos de nuestra democracia, en los que los representantes políticos alcanzaron acuerdos sustancialmente más difíciles, en condiciones muchísimo más precarias.
INTELECTUALES: “CABEZAS DE ORO” Y PIES DE BARRO
Sí, como en la biblia, ídolos con “cabezas de oro” y pies de barro. Y entrecomillo lo de “cabezas de oro” por el simple motivo de que en el país de los ciegos, el/la tuerto es el/la rey/na. En un país donde el nivel cultural es de una mediocridad supina, cualquiera que sea medio leídx se transforma en intelectual. Triste pero cierto, causado por la herencia del franquismo que liquidó cualquier atisbo de intelectualidad y de pensamiento crítico u original. El país que ha mamado del “Muera la inteligencia” y que, consecuentemente, ha asumido el circo (en sentido romano) como máxima expresión cultural, bien sea fútbol, toros o famoseos y vanidades.
Sobre los intelectuales
Nunca he sentido la vocación de querer ser un intelectual, ni creo que reúna las capacidades ni los méritos para llegar a serlo. No obstante voy a atreverme a reflexionar en voz alta sobre qué entiendo yo que es, o debería ser, un intelectual. A mi parecer, debería reunir las siguientes particularidades:
Cerrazón política e intelectual
La crisis económica que golpeó a España a partir de 2008 no fue muy distinta de la que vivieron muchos otros países europeos. La principal característica diferencial es que en España la burbuja inmobiliaria había adquirido dimensiones colosales y el país se había endeudado fuertemente con el exterior. A lomos del crecimiento y el dinero barato, las grandes empresas se expandieron internacionalmente adquiriendo enormes deudas. Y aunque en menor medida, los hogares también se endeudaron con la compra de vivienda.
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